imagotipo

64 / Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

Llevo horas buscando en todos mis espejos qué significa cumplir 64 años. Como si fuese posible encontrar una respuesta lógica al paso del tiempo que todo derrumba, menos la esperanza. Que todo derrota, menos la pasión. He vivido, no necesito confesarlo, he vivido a tope. Y, tal vez, por eso resulta muy complicado parar, detener, incluso desaparecer a los ojos de todos quienes viven el culto a la juventud que todo permea.

En pocos años este sistema político no tendrá dónde poner a los viejitos, a esta generación de “adultos mayores” a la que pertenezco, que ha cambiado las plumas y las minifaldas por trajes negros para asistir a los velorios. Mi generación no pensó en el futuro, en esos lejanos 64 años que jamás habríamos de cumplir, no ahorramos, no exigimos una pensión en ningún trabajo, ni siquiera firmamos contratos. La libertad, la libertad, la libertad bendita cantamos entusiasmados dueños de todo.

Era más importante romper esquemas que imaginar la realidad, que sabernos mortales y vulnerables. Fuimos la generación que salió a la calle, fuimos las mujeres con conquistamos las sábanas de todas las ciudades. Fuimos los que íbamos a cambiar el mundo. Y en alguna partecita lo hicimos. Las mujeres ya somos, peleamos todavía por ser, pero ya ninguno se aterra ante una madre que trabaja hasta tarde.

La canción dice si alguien te va a amar cuando cumplas 64 años. El Gobierno, definitivo no. Nada garantiza un cuidado de salud que contemple la edad mayor, ni ha previsto techos que cobijen los sueños rotos de la edad mayor. En una sociedad que cambia vertiginosamente, donde la pareja trabaja fuera del hogar, hay poco espacio para los ancianos. Y, obviamente, menos paciencia.

Yo todavía quiero bailar, sin pareja para la pista, sin rodillas que me lo permitan, pero neciamente todavía quiero bailar. Soy la misma que recorría el mundo en busca de una guerra, de un hecho importante que reportar, antes del internet, antes de la magia de lo inmediato en la noticia. Pienso, me agobio por lo que le sucede a mi país, sigo estando en la trinchera que escogí, pero debo bracear angustiada para tomar aire cada día ante la inmensa ola de la modernidad.

Cuando prendo la televisión no veo al importante conductor de televisión, sino al “teacher”, a mi amigo reportero Joaquín, sin el pelo blanco, recorriendo las tiendas de la frontera a media noche para llevar juguetes a nuestros hijos y amaneciendo de noche para tomar el siguiente autobús. Cuando habló con el importante director Jesús Michel, no veo a mi jefe, sino al reportero que me llevó, literalmente cargando su libreta, al primero de mis muchos encuentros presidenciales, para deslumbrarme con el poder.

Cuando veo a mi hijo, triunfador sin desgarrar su vida ante el espejismo del éxito, pensante, crítico, más duro que yo, más valiente en su denuncia cotidiana del abuso, más flexible en comprender que yo, no veo al hombre que es Bruno, sino al niño que me subió a la rueda de la fortuna apanicada, al niño que tomé de la mano para subirlo al tren de la política porque preguntó dónde estaba cuando los días sin fin de una campaña política se comían todo.

Cuando escucho al Secretario de Turismo, no veo sino a un muchacho rubio escuchando atento, detrás de todos, en el templete de su padre Miguel. Cuando el gobernador de Quintana Roo me llama tía querida, yo sigo viendo al Beto que estaba esperando que su jefe llegase y me llevaba a comer mostrándome fotos de su amor. Veo al joven Sesma para confrontar los rostros fuera de mácula de mis amigos políticos que, como él, hace cuarenta años querían lo mismo, ¿verdad Manlio Fabio?

Esa es la edad que todo se lleva y que todo te ha dado. Un mensaje maravilloso de mi primer novio, que conocí cuando cumplí catorce años en el Tabasco del imaginario, dice que celebra haber compartido. Yo también celebró haber compartido las vidas de mis muertos, las historias inacabables de pasión, los cuentos que nos leímos para poder dormir, la vida que como dice el poeta Sabines tanto nos enriquece y tanto nos devasta.

Mi casa llena de flores, mi nieta Jorja vestida de fiesta que todo encarrila, que todo tranquiliza en mi corazón, cumplo 64 años sin entender mucho del futuro, sin saberme vieja, sin escuchar otra razón que aquella del corazón…

En Twitter: @isabelarvide

Blog: EstadoMayor.mx