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Alto Poder / Manuel Mejido

  • Manuel Mejido

  •  Hay pobres que las cifras oficiales ocultan, pero ahí están
  • Para vergüenza, las remesas superaron ingresos petroleros
  • La frontera no se inventó para unir, sino para separar: Bustamante

Con los precios del petróleo por los suelos y una industria nacional privatizada; un sector turístico resquebrajado y un mercado cambiario con el dólar y el euro al alza, la economía de millones de mexicanos pende de las remesas que envían los “braceros” (ahora llamados emigrantes) que luchan contra la discriminación y el hambre en un país que les es ajeno.

En las mediciones sobre la pobreza en la nación hay contradicciones. Mientras el Gobierno dice que hay 53 millones en esas condiciones, los investigadores independientes, como es el caso de Julio Boltvinic, del Colegio de México, estima que los desposeídos superan la escandalosa cifra de 75 millones de seres humanos que, regularmente, ya no viven como tales.

Pero estas cuentas que no cuadran entre las que presentan los gobernantes y los investigadores, son incompletas, porque si se trata de medir la pobreza de los mexicanos, deben incluirse a tres millones de pobres que abandonaron el país y malviven en Estados Unidos.

El grupo de olvidados que deja su esfuerzo y su sudor en los trabajos más despreciados de la Unión Americana, deben incluirse en las estadísticas que se elaboran en el Gobierno nacional, aunque se trata de los hijos de nadie, los que se fueron de aquí y no son de allá, de los que nada importan, ni en inglés ni en español.

La forma en que se mide la pobreza no considera la de todos los mexicanos. Excluye a la cuarta parte de los 12 millones de connacionales que viven ilegalmente en Estados Unidos.

Sus remesas sostienen una economía tambaleante. En el año 2000 enviaron a sus familias, en todo el país, seis mil 573 millones de dólares y este año, hasta septiembre sus envíos de dinero ya alcanzaron 23 mil 647 millones, una cifra superior a las ventas del petróleo que son de 12 mil 726 millones de dólares.

El éxodo de mexicanos que emigran a Estados Unidos en busca del “sueño americano”, del paraíso, muchas veces “se convierte en pesadilla”, porque atravesar la frontera los convierte en ignorantes, pobres y hasta analfabetas en dos idiomas.
Si EU está en crisis, aumenta persecución migratoria

El porcentaje de mexicanos que vive en la Unión Americana pasó del cinco por ciento de la población de ese país en 1990, alcanzó su punto máximo en 2007 con el 12 por ciento, y actualmente es del 10 por ciento. La crisis del sector vivienda en la Unión Americana de 2008 afectó de manera directa a los miles de albañiles mexicanos que, además de incrementar su persecución migratoria, también perdieron fuentes de empleo.

En estados como Carolina del Norte y Georgia, el nivel de pobreza de las familias mexicanas es más alto que en el resto del país, ubicándose en el 40.3 por ciento y 35.6 por ciento, respectivamente.

Hasta el 2013 los hogares de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos alcanzó cuatro millones 388 mil 917, de los cuales solamente un millón 956 mil 434 reportaron tener una casa propia.

En tanto, en México los pobres que hay (reconocidos o no por el Gobierno), que no tienen un hogar propio son 36 millones, que sumados a los casi tres millones de emigrantes desposeídos de una propiedad son 40 millones, que existen, les duela o no a los que maquillan las cifras oficiales para esconder un problema social de tal magnitud.

El salario mínimo en México, que ni siquiera perciben los más pobres, es de 70 pesos con 10 centavos, que multiplicados por los 365 días del año (si es que tiene la suerte de tener trabajo todo ese tiempo) es de 25 mil 586 pesos con cincuenta centavos, por persona.

Mientras que en Estados Unidos, un trabajador indocumentado gana al día 51 dólares (que al tipo de cambio de 16 pesos, asciende a 816) y al año suma 18 mil 710 dólares, es decir; 299 mil 360 pesos.

No obstante esta diferencia de 25 mil a 299 mil pesos, se trata de uno de los ingresos más bajos en los Estados Unidos comparado con otros países expulsores de fuerza laboral y se encuentra únicamente por encima de las percepciones que reciben los guatemaltecos y por debajo de los salvadoreños y hondureños, entre otros países de Iberoamérica.

La diferencia entre las percepciones de los “braceros” mexicanos enlos estados de Carolina del Norte, Georgia, Arizona y Arkansas y los de Indiana, Illinois y Michigan,  que es en donde más dinero obtienen por su trabajo.

El movimiento migratorio del sur al norte, que llevó la pobreza mexicana a Estados Unidos, se debe especialmente, según me informó el doctor Jorge A. Bustamante, catedrático de la Universidad de Notre Dame, a una iniciativa del Gobierno de Washington para buscar en su vecino del sur la mano de obra requerida para la producción agrícola, a finales de la década de los años cuarenta.

Esas fuerzas e intereses siguen hoy tan vivos y vigentes como entonces por su “capacidad de producir riqueza con la vitalidad de la juventud mexicana y la productividad de sus brazos.” De ahí la denominación de “braceros”.

En la frontera, porque la pobreza de los mexicanos permea de un lado a otro, se mueven, conviven y comercian más de 12 millones de seres humanos que se comportan como si la línea divisoria no existiera y no hubiese ocurrido nunca el 11 de septiembre de 2001, que llenó de miedo y precauciones al Gobierno de Washington.

La mayor parte de los migrantes mexicanos tienen parientes, hijos, madres, hermanos de un lado y del otro de la “línea”. La geografía humana no podrá nunca ser cambiada por la geografía política.

El doctor Bustamante me explicó que la línea divisoria no se inventó para unir sino para separar. Pero de Tijuana a Nuevo Laredo es una frontera para unir aunque el Gobierno de la Unión Americana pretenda aislar a las poblaciones estadunidenses a lo largo de más de tres mil kilómetros.

En la riqueza o en la pobreza y lo quieran o no, los presidentes Enrique Peña Nieto y Barack Obama, la frontera no es un hecho de la naturaleza sino la construcción social de un invento del hombre para marcar la diferencia en cuanto a la nacionalidad o adscripciones institucionales.

Pero la pobreza es la misma que allá que aquí y tiene carta de naturalización en ambas naciones.

La realidad simple y llana de la pobreza en aumento de México y sus emigrantes es la de todas las regiones del mundo donde hay un país sin recursos y uno pleno de dinero. Lo que nadie puede dudar es que los pobres mexicanos que cruzan la frontera, en busca del sueño americano, no es para cometer delitos sino para trabajar en el campo o hasta lavando retretes para mandar el sustento a las familias que dejan atrás.

Lamentablemente Estados Unidos, cuando ocurre un delito, a los primeros que eligen para investigarlos son a los morenos con bigote, que no se parecen en nada a los anglosajones y que, por lo tanto, los consideran capaces de todas las felonías. Así de triste es la realidad.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.
manuelmejidot@gmail.com