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Letras al minuto | Sonia Silva-Rosas

  • Letras al minuto: Sonia Silva Rosas

Un pozo. Ahí, en medio del paisaje, a mitad de algún paraje, en medio de un pueblo; un pozo que brinda el líquido vital, que promete la permanencia de la vida. La vida misma es un pozo. El Ser, es un pozo, hondo, profundo; una especie de contenedor que conduce al espíritu en este plano y, tal como pozo, el cuerpo tiene sus divisiones que lo mismo conducen a lo más elevado de ese espíritu, como a lo más oscuro y bajo, semejante al tope de ese pozo en sus profundidades.

La vida va presentando, durante su transcurso, infinidad de pozos que, tal como hiciera Isaac en Génesis 26:11 al 33, se debe decidir si se permanece en alguno por largo tiempo, o si se avanza para –de alguna manera- recibir lo que se le tiene destinado en este plano.

“El Pozo”, de Víctor Jiménez, es un libro de cuentos que contiene varias vidas en sus páginas: historias en las que la soledad es la protagonista real, en las que la imaginación de un niño vence lo cotidiano y monótono de los días; historias que se descubren en un departamento en el que nadie te espera. Cuentos en los que la realidad de un país se desmenuza y nos confirma que la situación no está nada bien desde hace ya algunos años. Víctor Jiménez toma su bisturí y, con sumo cuidado, disecciona cada parte de este país que es un pozo en el que todos estamos inmersos, en el que todos vivimos así, amontonados, unos sobre otros; buscando sobrevivir a pesar del dolor, la depresión, la monotonía y una lucha que no parece tener fruto dulce, sino al contrario, pura hiel que de amargura embarra esta vida que se bebe de ese pozo tan lleno de rutina, tan repleto de hastío, tan harto de la vida y de lo mismo… Tan jodido por la repetición.

En el simbolismo de algunas cofradías iniciáticas, el pozo es símbolo del alma humana y, siendo líquido, el conocimiento que se ha de beber, sin temer a la oscuridad del conducto que espera nuestro descenso. Los bordes de ese pozo son las fronteras entre los límites del consciente y del subconsciente. El espacio silencioso y oscuro del pozo, y las paredes que lo encierran, se conciben como un estrecho sendero de misterio que es inevitable recorrer, mientras que en el origen de su profundidad, rebasando sus aguas, se percibe el umbral del atávico Inframundo (“Tir Andomain, Anumnos”) y el mundo espontáneo del inconsciente.

Víctor Jiménez nos presenta un pozo en el que la vida de sus personajes buscan aferrarse a algo que les permita saberse vivos y, sin embargo, él sabe que la esperanza no les bastará para lograrlo: conoce su estado de abandonado, los concibe solos, predestina su derrota ante sus luchas diarias… Pero no se los dice, ni siquiera se los avisa. Aun cuando el autor observa que a sus personajes ya se los cargó el payaso, continúa, les deja hacer, les deja luchar, les deja avanzar más y más a la profundidad de un pozo que les espera con sus aguas turbias y frías, con aguas sucias, porque esa es la vida que llevan esos personajes: vidas tan en la miseria, tan en el fracaso, tan en el juego de los poderosos que se pasan sexenios y trienios y nada hacen por ayudar a esos seres para que –al menos- floten, para salvarles de las aguas negras de ese pozo.

En el pozo que Víctor Jiménez nos muestra no hay esperanza, sin embargo, algunos de sus personajes se resisten a aceptar esta idea y se escudan en el tan trillado “Dios aprieta pero no ahorca”, para recibir como respuesta la total ausencia de ése a quien invocan: de nada sirve que se encomienden a un dios que escribe su historia, él ha destinado que mueran electrocutados después de haber conseguido un trabajo, justo cuando todo parecía indicar que la vida sería otra, justo cuando la suerte sonreía, justo cuando la fortuna había sonreído, caer, sentir cómo una descarga eléctrica le sacude igual que a un muñeco entre los cables de alta tensión.

Los pozos son parejos. Desde mi punto de vista no tienen tres niveles, todos los pozos son exactamente iguales: son la sentencia de que así estés hasta arriba o en medio, al final de cuentas caerás y te hundirás en las profundidades de ese agujero que se llama vida. No hay esperanza en un pozo, y la Fe de nada sirve cuando se encuentra uno en sus aguas.
Al final, llegarás al abismo, al final te devorará la tiniebla.

dsoniasilva@hotmail.com

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