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A 45 años del Halconazo

  • Mireille Roccatti

«Caveant consules ne qüiddetrimentirespúblicacapiat»**
Hoy 10 de junio se cumplen cuarenta y cinco años de una de las más negras páginas de la historia reciente de nuestro país. No existía ninguna justificación y menos “razón de Estado” para agredir y matar a los jóvenes estudiantes que ese lejano -en el tiempo- jueves de corpus fueron masacrados por el gobierno mexicano para evitar que volvieran a movilizarse como lo habían hecho en el 68.

En una breve contextualización general habría que recordar que el viejo sistema político mexicano hacía agua, por el agotamiento del modelo de desarrollo creado tras el triunfo de la revolución armada de 1917. Iniciado por Calles y perfeccionado por Cárdenas, el corporativismo crujía y se manifestaba con las insurrecciones de los obreros: petroleros, ferrocarrileros, telegrafistas, maestros; mismos  que a fines de la década de los cincuenta fueron reprimidos por el ejército en respuesta de sus demandas de mejores salarios.

La década siguiente en los sesenta, tocó el turno de las clases medias y algo impensable aconteció, los médicos salieron a las calles a protestar y también fueron duramente reprimidos y luego vino el movimiento estudiantil de 1968. Y en paralelo, así como, antes y después, vivimos movimientos revolucionarios armados con guerrillas rurales y urbanas, que fueron exterminados a sangre y fuego.

La coyuntura especifica de ese trágico 10 de junio de 1971 fue la realización de una marcha estudiantil en apoyo de los estudiantes y maestros de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que se había solucionado unos días antes con la expedición de una nueva Ley Orgánica para esa casa de estudios. Ante esa circunstancia, aunado a la muy reciente represión del 68, los líderes estudiantiles se dividieron, incluso los históricos del Consejo Nacional de Huelga del 68, aunque ganó la línea de volver a las calles.

Los estudiantes universitarios y politécnicos recobraron la algarabía luego de tres años de la matanza de Tlatelolco y coreando la consigna de “no que no, ya volvimos a salir” y cuando los contingentes caminaban por la calzada México-Tacuba, fueron agredidos salvajemente por grupos de jóvenes armados con varas de bambú, pelo corto y evidente adiestramiento militar y hubo también disparos de armas de fuego. Este grupo paramilitar denominado “Halcones” había sido organizado y entrenado por miembros del ejército mexicano, en instalaciones del entonces Departamento del Distrito Federal y habían prestado sus servicios en la Olimpiada y usados previamente en actos de represión selectiva.

La agresión y dispersión de la marcha era el objetivo, pero la persecución fue feroz, los hospitales donde habían sido llevados los heridos, vivieron la irrupción de los integrantes de los halcones, quienes llegaron a rematar a los heridos. El entonces Presidente de la República buscó deslindarse de los hechos y buscó chivos expiatorios como el jefe del departamento del DF y el propio titular de la PGR.

La verdad es que todos sabemos que en el viejo sistema, no se movía una hoja del árbol de la cosa pública, sin la autorización del presidente, por ello, nadie aceptó que Echeverría, rehuyera su responsabilidad. Y algunos intelectuales orgánicos que lo apoyaron públicamente cargaron todo el resto de su vida ese estigma.

A pesar del tiempo, aún es temprano para hacer la Historia de ese negro suceso, más que todavía viven varios de los actores principales, como el propio Echeverría y algunos líderes estudiantiles.
** «Que los cónsules tengan cuidado, para que la república no sufra ningún daño»