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A dos días…

  • Rosamaría Villarello

  • Rosamaría Villarello Reza

El destino nos alcanzó. No hay fecha que no se cumpla. El día más triste de nuestras vidas. El día que cambió el mundo. Son algunas de las frases con las que como un drama jocoso se describe el próximo viernes 20 en que toma posesión Donald Trump como el 45° Presidente de Estados Unidos de América.

Es un hecho que el mundo sufrirá una serie de cambios ante la presencia y mando de un hombre que con base en sus tuits ha venido a trastornar y mover lo que, con todo y los problemas globales, significaba un “orden mundial” de la posguerra y más concretamente desde la caída del muro de Berlín y de la desintegración de la Unión Soviética.

Después de que uno de sus antecesores Ronald Reagan junto con Margaret Tatcher  inauguraron lo que todos hemos conocido como la globalidad moderna, en dos días llega a su fin, como lo demuestran las medidas que comenzó a tomar el candidato Trump y el todavía hoy presidente electo.

A nadie escapa que a partir de él, la política mundial será otra cosa (sin que necesariamente la anterior haya sido la mejor) teniendo también en cuenta los actores mundiales que hoy emergen nuevamente y que buscan su reacomodo en la escena internacional. Después del multilateralismo, de los bloques de poder y de las llamadas  potencias medias resurgen los proteccionismos, las fronteras, los muros, el racismo, la intolerancia y una nueva guerra por el control mundial. Como la mayoría, México no estaba preparado para enfrentar un
escenario inicialmente tan adverso como el que se nos recuerda día con día, desde que Trump decidió que los mexicanos fuésemos su punto central de ataque: su odio es más que manifiesto, lo que nos recuerda diferentes momentos de la historia de la humanidad en que una raza, nacionalidad o un conglomerado específico de personas han sido objeto de discriminación y violencia.

Lo que significó para México integrarse al bloque económico de América del Norte, como forma de insertarse en esa globalidad, hoy tiene consecuencias de catástrofe en lo que corresponde a Estados Unidos. De una esperanza que parecía realidad nuestra asociación hoy se ha convertido en una pesadilla de la que todavía no reaccionamos.

Pero puede que para los mexicanos esa política estadunidense del nuevo gobierno, sea una forma para aglutinarnos, unirnos  y tener como objetivo nacional la defensa de lo que con tantos trabajos se ha venido construyendo, aún con nuestros problemas internos. Creo que hay coincidencia en cuanto a que ésta puede ser una forma de reaccionar para que México crezca de otra manera, mirarnos hacia adentro, volvernos más productivos y ver hacia otros rumbos. Esto no quiere decir que se le tenga que declarar la guerra al nuevo Presidente o creer que podamos  dar una voltereta de un día para otro, sino de encontrar nuevos aliados, nuevas estrategias y nuevas formas de desarrollo.

Otras naciones también están abrumadas y pensando que podrán hacer en esta nueva era. No sería la primera vez que se formen frentes de países que luchen por su futuro y su civilización.