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Abonemos a la igualdad

  • Raúl Aarón Pozos

  • Raúl Aarón Pozos Lanz

De acuerdo al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Enrique Graue Wiechers, en México hay 55.3 millones de pobres, y una tercera parte de la población se encuentra en condiciones de vulnerabilidad.

Esto lo dijo al inaugurar el Seminario Internacional “Medición de la distribución del ingreso y la desigualdad”, organizado por el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Otros datos proporcionados por el rector Graue son verdaderamente preocupantes: 35 millones de mexicanos están en rezago educativo: solo seis de cada 10 jóvenes tienen acceso al bachillerato y tres de cada 10 a la educación superior.

Su conclusión es una urgencia: definir los mecanismos que midan adecuadamente la lacerante desigualdad en México, y que sirvan para diseñar políticas que brinden soluciones.

Al respecto, el coordinador del PUED, Rolando Cordera Campos, explicó que importa llegar a la excelencia en la medición de la desigualdad, pero sobre todo entender sus dinámicas, cómo evoluciona e impacta en el resto de la actividad humana.

La desigualdad, añadió, es una preocupación institucional en el actual mundo convulso y exige construir perspectivas de mediano y largo plazos que permitan generar nuevas políticas y estrategias para enfrentarla.

Los datos y las reflexiones al inaugurarse este Seminario nos llevan de vuelta, a quienes estamos hoy en el servicio público, al México que pisamos, ya no digamos al que pisan nuestros connacionales en otras partes del mundo, particularmente Estados Unidos de Norteamérica, donde padecen desigualdad por antonomasia.

Independientemente de las conclusiones de este Foro, que ojalá sirvan para construir mejores políticas públicas, sabemos que la meta más elevada del mundo es la justicia social. Alcanzar ese ideal, en el que todos los seres humanos tengan lo que requieren para vivir con dignidad, para desarrollarse, ser productivos y felices, pasa obviamente por la igualdad.

Es cierto, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas, se han dado algunos pasos para combatir la pobreza, pero la desigualdad llega a niveles insostenibles. Hay un dato que nos ilustra: “… de todos los recursos generados después de la crisis 2008, Bernardo Kliksberg estima que 50 por ciento ha ido a parar a los bolsillos de las mil familias más acaudaladas del orbe; es decir, casi todo sigue siendo para los ricos y casi nada para los pobres, lo que evidencia que aún después de la mayor crisis financiera de los últimos 100 años, poco o casi nada se ha modificado estructuralmente a favor de los más necesitados”.

Tomamos otro dato, de Inspiraction: las principales consecuencias de las desigualdad social: pobreza, por desigualdad en la distribución de los recursos; derecho a sanidad, por las condiciones sociales en que la gente nace; desnutrición, afecta a 146 millones de niños en el mundo, por falta de recursos económicos en sus familias; inmigración, por motivos económicos principalmente la gente busca escapar de situaciones de hambre y miseria; enfermedades, los niños desnutridos mueren más fácilmente por enfermedades comunes; falta de educación, más de 550 millones de mujeres en el mundo son analfabetas; falta de inserción laboral, por pobreza, exclusión social y desigualdad en renta.

La serie de factores que intervienen pareciera hacer casi imposible lograr la igualdad y por consecuencia la justicia social. En la medida que la civilización avanza, que la educación nos sensibiliza y resalta valores, pareciera más lejana la meta. Lo cierto es que no hay, y probablemente no haya jamás, recetas que nos lleven a la igualdad y a la justicia social. Hay que caminar con los ojos abiertos, con el ánimo siempre dispuesto, de ayudar al prójimo, sin desmayar. Valorar los datos, convencer a los líderes mundiales, a quienes pueden generar más y mejores apoyos, que vale la pena ayudar a los que menos tienen.

*Senador