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Acabo con dieciseis… y ¿que sigue?

  • María Antonieta Collins

María Antonieta Collins

Desde Miami

Había que analizar la imagen para entender lo que estaba sucediendo. Millones vimos a Donald Trump salir en medio de semejante producción de música y video en la noche final de la Convención Republicana para que las mentes grabaran esa imagen que recorta su figura, desde el copete hasta el gesto con las manos y los ojos que se hacen pequeños para agudizar la óptica y observar mejor al enemigo.

Era finalmente él, Donald Trump dando su discurso de aceptación para la candidatura, y el “humildemente acepto” sonó más falso que un billete de cuatro dólares.

He observado como periodista a muchos candidatos en las convenciones republicanas antes que a él, a Ronald Reagan, a George Bush padre, a George Bush hijo, a John McCain y quedé boquiabierta y triste al ver el espectáculo de un hombre, que, a falta de programas reales, hacía promesas que en la práctica habría que ver cómo podría lograr sin un consenso, sin una conciliación.

Estados Unidos no es un proyecto residencial de lujo como los que el está acostumbrado a construir. Estados Unidos es un país con gente que pensamos, sentimos y sufrimos.

Está bien que el multimillonario tenga aspiraciones presidenciales.

Está bien que quiera cambiar a los políticos mentirosos, pero basta ya de ataques y es tiempo de presentar soluciones reales que sean diferentes de lograr votos exacerbando sentimientos en contra de los hispanos, por culpa de aquellos –los menos- que vienen a robar y matar exactamente igual que hacen muchos otros grupos de inmigrantes.

Pero la noche del jueves fue diferente de cualquier otra noche que haya vivido una convención republicana. Lo más atrevido que se había visto era sin lugar a dudas, la candidatura de Ronald Reagan, a quien el ejercicio de haber sido gobernador de California le dio currículo.

Con Ronald Reagan los sarcásticos decían “que era el actor de Hollywood llegado a la Casa Blanca”, pero la realidad es que superó cualquier papel que le hubieran dado y a la posteridad es uno de los presidentes más amados de este país.

A él se debe la más generosa reforma migratoria que se haya dado. A él, los hispanos que hoy somos la amenaza de los políticos truqueros y que saben que necesitan nuestro voto, le debemos que nos haya concedido muchas cosas.

Recuerdo hoy más que nunca, aquella convención donde Reagan aceptó la candidatura a la presidencia de un país que estaba plagado por el desastre de la política de Jimmy Carter con Irán y que desembocó en los rehenes de la embajada norteamericana en Teherán, que finalmente estuvieron 444 días en cautiverio de los ayatolas y que fueran liberados entre que Carter dejaba el poder y Reagan entraba en la Casa Blanca.

Eran unos Estados Unidos dañados por la política internacional equivocada, pero sedientos de que un presidente recuperara el honor nacional.

Hoy Ronald Reagan caería desmayado al ver que un aspirante a la presidencia de este gran país sostiene su popularidad insultando a México cada vez que abre la boca.El no necesitó de atacar a nadie para obtener el voto de sus conciudadanos. Necesitaba mostrar quién era él en realidad. Y le funcionó. Pero estos son otros tiempos.

Me fui a dormir pensando en algo que nadie debe descartar: nadie lo creía capaz de vencer a dieciséis contrincantes. y lo hizo. Ahora viene la prueba final, como cualquier edificio que construye: la prueba que demuestre si su estructura puede resistir terremotos y huracanes.