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Acontecer Político

  • José Luis Camacho

César Camacho en el diálogo; Arne, violento

A 71 años de la formación del PRI.

La mañana del miércoles 18 de enero de 2017 México se despertó con una de las peores noticias de sus años recientes. Y si la mala nueva es ya de por sí dramática por sus consecuencias directas, lo es aún más por su simbolismo. Un adolescente de un instituto privado de Monterrey atacó con impactos de arma de fuego a su maestra y a algunos de sus compañeros de aula antes de terminar con su vida.

La noticia no parece una novedad, pues escuchamos dramas del mismo corte importados con frecuencia de Estados Unidos, los cuales recibimos “sacando pecho” y nos consolamos pensando: “aquí no llegamos a eso…” Pues lamentablemente ya lo hicimos. Y lo más tétrico de esta situación es que nos hemos acostumbrado.

La violencia es ya tan común que parece una buena idea mostrar discordancia con alguien agrediéndolo a jitomatazos, los cuales no matan –dirá alguien escandalizado ante la comparación de la sangre con el jugo de jitomate–, pero al igual que lo acontecido en el Colegio Americano del Noreste, el simbolismo va más allá de los hechos. Una agresión es una agresión por donde se le mire.

El agravante podrá ser una bala, un jitomate o el pétalo de una rosa, pero el acto violento se mantiene intacto. La agresión sufrida este miércoles por el diputado del PRI, doctor César Camacho, es otra triste prueba de que la violencia se está imponiendo al diálogo para solucionar los problemas que nos aquejan.

“Ojo por ojo y el mundo se quedará ciego”, decía Gandhi, y lo cierto es que de entrada hoy ya no podemos ver claramente el futuro de nuestro país. Desayunamos violencia disparando el claxon a diestra y siniestra contra nuestros enemigos en el tráfico. Comemos violencia compitiendo ferozmente en el mercado laboral para estar por encima del resto y cenamos violencia cuando llegamos a casa y nos relajamos frente al televisor con una teleserie que idealiza y dota de heroicidad la vida de algún “capo” del narcotráfico. Y claro, con todo este agresivo coctel que nos tomamos inconscientemente, lanzarle jitomates a una persona por más antagónica que sea con nuestras ideas o principios, va a resultar simplemente un juego de niños.

La violencia no se mide por la persona agredida ni por el objeto con que se agrede. Para agredir a veces tan solo basta un puñado de palabras cuyo daño puede ser irreversible. México se acerca peligrosamente a un umbral de ferocidad que al no ser desconocido en nuestra tormentosa historia, tampoco son desconocidas sus brutales consecuencias. El problema se nos ha salido de las manos, pero precisamente por los traumáticos antecedentes históricos cuyas heridas no han cicatrizado del todo, tal vez podamos revertir la situación para no repetir esa historia.

Hoy más que nunca se hace necesario desempolvar nuestra capacidad de diálogo para combatir una idea, un abuso o una injusticia.

La valentía no es monopolio exclusivo de la violencia, para dialogar se requieren agallas y arrestos; pero al contrario del inacabable círculo mortal que se produce al combatir la violencia con violencia como quien busca apagar un fuego con gasolina, en una contienda marcada por el diálogo nuestro contrincante repelerá nuestros argumentos de la misma manera que lo hicimos nosotros: hablando; y en lugar de que nuestra disputa dé como resultado un indeseable baño de sangre, dará como resultado un debate, que constituye uno de los pilares de la democracia.
camachovargas@prodigy.net.mx

@jlcamachov