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Acordanza

  • Acordanza: Tere Ponce De León

  • La obra de Tamayo al Museo de Arte Moderno
  • Una relación de toda la vida con Olga Flores

Conocí al pintor Rufino Tamayo (1899-1991) y a su esposa Olga desde que yo era una niña… La pareja era muy amiga de mis padres, tanto que la familia pasamos temporadas de vacaciones en su casa de Cuernavaca… Rufino se levantaba con la salida del sol y después de un frugal desayuno, se encerraba en su estudio horas y horas… Allí lo vi pintar muchas veces sus hermosos lienzos de caballete y aún murales cuyos bastidores extendía en una mesa de madera muy larga… Y el mago, pintor de los colores, comenzaba a poner sus veladuras de azules, lilas, rojos, tierras, añiles, rosas, verdes, amarillos, malvas… Recuerdo que me decía: “lo importante en la pintura es el matiz y éste solo puedes lograrlo superponiendo capas de color al color”… Y así con el mandil de pintor, la blusa de algodón con las mangas arremangadas, se pasaba las horas trabajando cada pincelada, cada tono, hasta llegar a la perfección que caracteriza su obra, a esa magia, a ese misterio donde el amor, la angustia o la soledad, están presentes. Entonces me llaman la atención las extrañas sonrisas de sus figuras y también la soberbia forma de alegría de las sandías, tema recurrente en su obra y que recuerda sus orígenes, cuando de niño y jovencito ayudaba a su tía oaxaqueña que lo crió, en el puesto de frutas del mercado de la Merced, porque él, hijo de padre ausente, -un zapatero de apellido Arellanes-, quedó huérfano de su madre muy pronto… Tenía en su estudio de Cuernavaca parte de su valiosa colección de arte prehispánico y los perros xoloescuicles de barro, con las cabezas levantadas, ladraban a la luna que veían reflejada en el cuadro que en ese momento pintaba Tamayo y sin querer saltaban al mismísimo cuadro convertidos en dos dimensiones fantásticas pues los guindas, los rojos, los azules, la luna en cuarto creciente o llena, o los violentos amarillos, los convertían en figuras fantasmagóricas, especie de nahuales oaxaqueños, de esos que se les aparecen a los despistados caminantes no solo en las montañas de Oaxaca, Guerrero, Puebla, Nayarit o Jalisco en forma de tigres, perros, lobos, zorros… En aquellas vacaciones, vi llegar a su casa, a indígenas del estado de Guerrero, de la cuenca del Balsas o del mismo Morelos con morrales llenos de “tepalcates”… Los extendían en la manta del mismo morral para que “el señor” escogiera cuál le interesaba… Con él aprendí a distinguir el arte olmeca de la rivera del Balsas, del solemne arte oaxaqueño de Monte Albán y Mitla; las figuras coloradas del de Jalisco y Nayarit con sus perros, sus hombres llenos de bubas y de piernas redondas como calabaza y con sus templos llenos de figuritas, del espléndido arte nahoa de Xochicalco o de Teotihuacán, que ahora todos los mexicanos pueden admirar en el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo de la ciudad de Oaxaca… Más adelante me enteré que su pasión por los “tepalcates” se inició cuando de joven trabajó en el Museo de Arqueología, primero como dibujante de las piezas que allí se encontraban y después como jefe de Artes Plásticas del propio Museo allá por 1921… “A todo lo hermoso que encontré en este museo le debo lo que he hecho de mi carrera; fue la reafirmación de mi vocación”, diría Tamayo en alguna entrevista… De Olga, su esposa, siempre peinada con un alto “chongo” recogido como un molote negro arriba de la cabeza, mi madre, la periodista Margarita Ponce -Radar- me contó su historia de amor singular con el pintor con quien formó hasta la muerte de ambos, una pareja muy unida, indispensable en la vida cultural, social y diplomática de México… Radar me dijo: “Cuando Olga estudiaba piano en la Escuela Nacional de Música, se enamoró de ese pintor de poderosa presencia física que en el recinto educativo pintaba su primer mural con el título de El canto y la música; Olga se le acercó para decirle que “no le gustaba su pintura” y él le respondió que “no lo interrumpiera”. Al día siguiente, Rufino la buscó y le regaló flores y dulces. Se casaron en 1934 y su amor duró toda la vida… Ya con muchos años encima, recuerdo a los Tamayo en su casa de San Ángel… Se preparaban para tener visitas, entre ellas al secretario de Educación y a su esposa (en ese entonces Miguel González Avelar y Tere Vale)… Olga estaba nerviosa preparando todo para que la comida estuviera en su punto y Rufino, atareado arreglando la sala de estar, que sus perros falderos habían desordenado, ese mismo salón que enseñoreaba el enorme retrato que le hizo a Olga en amarillos y donde el blasón de la figura es una suculenta sandía… La comunicación entre ellos era perfecta, como también ese amor acrecentado por los años de una vida en común donde el triunfo profesional de Rufino -le llovían reconocimientos, doctorados honoris causa, distinciones como la Legión de Honor- lo compartían los dos, pues ella fue quien lo impulsó en sus años juveniles para irse a Nueva York y después para “aguantar” las pobrezas en aquella ciudad, dando clases de piano para completar el gasto familiar tanto en México como en el extranjero… Después Olga se convirtió en la “art dealer” de él y nadie podía comprar una obra de Rufino sin la intervención de Olga, quien las tasaba y les ponía los precios como debían venderse… El ejemplo de Olga como promotora del arte de su marido fue la envidia de todos los pintores, quienes deseaban que sus cónyuges siguieran su ejemplo. Pero ellos eran únicos, porque el éxito residió en el talento de él y en esa obra fulgurante que nos sorprende por su mexicanidad y por lo universal y moderna… Pues bien, a partir del 10 de junio de este año, podrán admirarla reunida, en el Museo de Arte Moderno de esta ciudad… La inauguración se realizará a las 12:30 de la mañana… Un sábado con la gloria del verano mexicano… Termino este recuerdo de los Tamayo transcribiendo la aguda percepción del escritor Juan García Ponce de la obra de Rufino, artista sin par: “interpretando el desgarramiento vital del hombre contemporáneo, su separación de sí mismo y del alma de las cosas que despoja al mundo de su carácter sagrado, en cuadros en los que la soledad y la angustia se transforman en gestos furiosos y alaridos de color y en los que el movimiento adquiere un carácter demoníaco y enloquecido, o comunicándonos las más puras imágenes de nuestras nostalgias, haciéndonos regresar a la fuente original de la que las fuerzas de la vida fluyen imperturbables, Tamayo es siempre un creador para el que la pintura es esencialmente rito, ceremonia”.