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Acudir a las urnas

  • Raúl Aarón Pozos

  • Raúl Pozos Lanz

Basta enterarnos, de acuerdo a datos que circulan en medios de comunicación, que en el Estado de México el abstencionismo alcanza los cinco millones de personas, o sea, que en las últimas tres elecciones solo han ido a votar 5 de cada 10 mexiquenses con credencial vigente, para preocuparnos como ciudadanos.

En Coahuila y Nayarit, donde también habrá elecciones de gobernador, el fenómeno del abstencionismo rebasa el 50 por ciento, y en Veracruz, cuyos ciudadanos elegirán a 212 alcaldes, la participación ciudadana no ha sido mucho mejor.

Nos preocupa –más allá de que como militantes de un partido político queramos y participemos de alguna manera para alcanzar el triunfo electoral– que el fenómeno del abstencionismo nos esté advirtiendo sobre lo que no hemos hecho, o lo que hemos hecho mal, para que 50 por ciento o más de los ciudadanos que pueden votar no vayan a las urnas.

Hoy día podemos encontrar análisis, hipótesis, tesis y múltiples estudios sobre las razones del abstencionismo. La primera, que hemos observado a través de años de experiencia política, es la del tiempo y esfuerzo que debe hacer cada ciudadano para ir, primero, a inscribirse al padrón y obtener su credencial; segundo, la ubicación de la casilla para ir a depositar el sufragio el día de la elección.

Son esas las dos primeras razones del abstencionismo y tal parece que tanto estudiosos del fenómeno como políticos y servidores públicos coincidimos en ello. Entre la primera y segunda razones consideradas encontramos el espacio de los partidos políticos para postular candidatos y el tramo durante el que los ciudadanos deben considerar (al menos en teoría) qué candidato presenta las mejores propuestas o llena mejor sus expectativas. Ese espacio o tramo es la tercera razón.

Hoy día es durante la segunda y tercera razones donde se pierde la mayoría de los votos. Aunque el ciudadano está prácticamente obligado a obtener la credencial de elector pues le sirve como identificación para casi todos los trámites legales que deba hacer en su vida cotidiana, hace el tiempo y el esfuerzo para ir a obtenerla. Es su principal razón para obtenerla, no participar con su voto en elecciones.

Actúa otro fenómeno, el de las comunicaciones inmediatas a través de la internet y las redes sociales, que han colocado a los ciudadanos como parte activa de la vida política y social. Las nuevas tecnologías de la información lo ubican, ahora sí, en el centro del interés político y gubernamental y, por tanto, como actor principalísimo.

Así, el ciudadano se informa (a veces bien, a veces mal) de quiénes son los actores políticos, qué han hecho y cómo lo han hecho; también, de que intereses privan o se mueven entre los partidos políticos y sus vínculos con los gobiernos federal, estatales o municipales. Es ahí donde el ciudadano toma la decisión última de acudir o no a las urnas.

La reflexión tiene que ver con nuestra obligación desde los partidos políticos, desde las instituciones y el Gobierno (en los tiempos permitidos por la ley) de alentar al ciudadano a acudir a las urnas. Que su inasistencia sea fortuita, por razones imprevistas, no por una decisión que subraye su desencanto, su incredulidad y con ello, consciente o inconscientemente, su reprobación a nuestro sistema
democrático.

Por buenas razones, incluso por malas, el ciudadano debe estar convencido de acudir a votar porque es su instrumento de participación política-democrática. De hecho, el abstencionismo en cada elección es también nuestra derrota democrática.