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Adversidades que vuelven todavía más difícil poner en orden a México

  • Alejo Martínez

Alejo Martínez

En este espacio me he expresado en términos pésimos de la atrabiliaria CNTE y muy mal de nuestros pusilánimes Gobiernos que han incurrido en excesos de lenidad. A pesar de que no hay retracciones en cuanto a lo expresado, es de justicia reconocer que existen ciertos factores que juegan un muy influyente papel como catalizadores de los conflictos pero, aunque tienden a radicalizarlos, no pueden ser tan directamente imputados a los citados actores centrales: CNTE y Gobiernos.

Por un lado, nos encontramos que desde la crisis financiera que estallara en EU durante diciembre de 2007 y se expandiera por el mundo a lo largo de 2008, el conjunto de la economía planetaria no ha podido recuperarse para retomar niveles aceptables de crecimiento, sino que se ha estancado. Ese estancamiento económico que afecta al conjunto del planeta contrasta radicalmente y choca con un marcado fenómeno moderno: el extraordinario incremento de las expectativas de mejoría; el mundo ha vivido un largo ciclo de constante mejoría económica, ¿por qué las nuevas y viejas generaciones tendrían que resignarse a que ya no les toque seguirlo disfrutando? ¿Por qué quienes pierden un empleo o ya no tienen acceso a uno formal por efecto de los intensivos procesos de mecanización, automatización y robotización, tienen que ingeniárselas para obtener ingresos menores que les permitan subsistir? Ello genera inconformidad y explosividad sociales.

Tenemos además una percepción más directa y sensitiva de que hay un reducido núcleo de privilegiados que cada vez concentran en mayor medida la riqueza, y no son el 1 por ciento como sostienen algunos lemas. En realidad, los propietarios de los grandes capitales de máxima rentabilidad y sus cúpulas de altos dirigentes constituyen una minoría inferior al 1 por ciento. Quienes resultan afectados por el fenómeno en veloz expansión de lo que Keynes denominaba “desempleo tecnológico”, en estrecha conexión con información sin precedente de lo que sucede en el mundo y exaltados por la acentuada crítica que se expande a través de las cada vez más penetrantes e incisivas redes sociales, se sienten agraviados y les brotan impulsos de rebeldía.

Existen diversos indicadores que le dan viabilidad a la evaluación que considera que por vez primera los egresados de las instituciones de educación superior de las nuevas generaciones ya no alcanzarán un nivel de vida superior o ni siquiera similar al que lograron sus padres y tomar consciencia de la reducción de sus expectativas de vida propicia tanto disgusto como que busquemos alguien a quien inculpar del deterioro de nuestras expectativas de futuro y de nuestras limitaciones económicas del presente. Los más viables culpables que tenemos al alcance son sin duda nuestros Gobiernos, los cuales, adoleciendo además de graves deficiencias resultan idóneos blancos de la rampante indignación.

Desde la brutal devaluación de febrero de 1982 y hasta la fecha de hoy la economía nacional ha venido padeciendo un severo estancamiento. Podemos sostener que desde hace más de 34 años el país ha vivido en una prolongada crisis económica y que las nuevas generaciones desconocen por completo una etapa de crecimiento y auge económicos. No han podido vivir los ritmos de crecimiento sostenido del PIB, mayores de 6 por ciento anual, que experimentamos en los sexenios de Lázaro Cárdenas del Río, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez y el propio José López Portillo, responsable de la citada devaluación de 1982, último año de su Gobierno.

Mientras entre 1934 y 1982 México creció al ritmo más elevado de América Latina, en contraste, al menos durante los últimos tres sexenios, de acuerdo con la CEPAL, hemos tenido un ritmo de crecimiento mucho más bajo que el promedio de América Latina. En tanto que nuestro subcontinente logró entre 2001 y 2014 un promedio de crecimiento anual del PIB per cápita de 1.8 por ciento, México apenas consiguió un crecimiento de 0.7 por ciento. Todo ello y varios elementos más han venido construyendo una pradera con abundante pasto seco fácilmente incendiable. El desafío es enorme pero por desventura las capacidades mostradas por nuestro actual régimen están sumamente rebasadas.
amartinezv@derecho.unam.mx   @AlejoMVendrell