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Agenda Ciudadana

  • Rebecca Arenas

  • Rebecca Arenas
  • ¡El horno no está para bollos!

Desde tiempos inmemoriales, la política ha sido considerada el arte de lo posible. Es decir, un consumado ejercicio de realismo, acompañado de un acertado manejo de la información, una buena dosis de serenidad y otra más de sentido de la oportunidad. La suma de todo lo anterior ha logrado encontrar puentes donde solo había muros y construir acuerdos en donde la estridencia y el encono los hacían ver  imposibles.

En los días que corren, sin embargo, ese arte de la política al que nos referimos parece haberse ido extinguiendo, dejando en la palestra a seres obtusos y arrogantes, que investidos de rango de la noche a la mañana no valoran el poder político ni entienden su propósito.

Porque el talento y el oficio político no se adquieren por ósmosis, ni se transfieren por decreto. Los ilusos que han heredado el poder a un incondicional, con la intención de mantenerlo para sí, muy pronto se han dado cuenta que lo primero que se daña con el poder político es la memoria.

Abundan los casos que sustentan esta verdad; personajes que no entendieron jamás el propósito del cargo, porque no lo buscaron, menos lo merecieron, les llegó simplemente. Pero al poder se acostumbraron muy fácilmente, pasando del uso al abuso, olvidando que no les pertenece ni dura para siempre.

Ésos, son los gobiernos en extremo peligrosos, porque no se mantienen en la torpeza inicial, sino que evolucionan con arrogancia creciente a la alucinación y finalmente a la locura. Eso es lo que estamos viendo en Veracruz, en donde cada día que pasa, la crispación y los riesgos crecen para todos, para el gobierno saliente que deja devastada a la entidad, para el gobierno entrante, que apenas tendrá tiempo de gobernar y para Juan Pueblo, los desdichados de siempre, que atenidos a su suerte, solo esperan no estar en el lugar equivocado de un fuego cruzado.

Ante estos descompuestos escenarios, Veracruz no es el único caso, José Elías Romero Apis, el connotado jurista, propone una serie de reglas para evitar caer en la enajenación de la realidad, a la que está expuesto todo hombre del poder, dado que vive una vida prestada y, por lo tanto, ajena y ficticia. Porque el ejercicio del poder siempre es prestado, siempre es transitorio y siempre es relativo.

La primera de esas reglas es no caer en la ilusión desmedida, es decir, que las ambiciones y los compromisos se construyan sobre supuestos sólidos y factibles. No nada más con las puras ganas.

La segunda regla es no caer en el engaño, presa del artificio de los jefes, los asociados o los subalternos. Una instrucción precisa, puede ser una forma de distracción, para que desvíe la vista o no estorbe el paso.

La tercera regla es no caer en la promesa fácil: “Te voy a dar”, “Te voy a designar”, “Te voy a postular”, “Te voy a ascender”, “Te voy a heredar”. Con eso, muchos entregan hasta el alma, y todo por suponer que se puede atravesar el Sahara sin camello.

La cuarta regla es no caer en la adulación. Esta forma interesada y malintencionada que es la gran perdición de los altos jefes, y todo por llegar a creer que es verdad, “el cultivo del ego”; la forma segura de tener contento al jefe.

La quinta regla es no caer en la confianza. Ese virus que afecta más que todas las epidemias y pandemias: “Que ya vencimos la pobreza”. “Que ahora venceremos la delincuencia”. “Que ya erradicamos la corrupción”. “Que ya instauramos la democracia”. Ese triunfalismo ramplón que los hace suponer que son vencedores e invencibles.

Se trata de reglas simples, fáciles de recordar, no tan fáciles de llevar a la práctica, porque aunque el poder político siempre es prestado, transitorio y relativo, también es sumamente seductor y nos puede llevar a todos al despeñadero. El horno no está para bollos.

rayarenas@gmail.com

@RebeccArenas