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Agenda Ciudadana

  • Rebecca Arenas

  • Rebecca Arenas
  • Festividad de muertos, una metáfora de la vida

 

En los días que corren, de gran intensidad política, de intereses encontrados entre los protagonistas, y lesa omisión por parte de quien por ley tendría que establecer el orden, con el resultado injusto que ya conocemos, que quien paga los platos rotos se llama Juan Pueblo, cambiar de tema nos viene bien. Hacer un breve repaso sobre la conmemoración de muertos, tan añeja y tan nuestra, además de oxigenante, en una de esas, nos da la clave del porqué de todo lo que estamos padeciendo.

Como todos los años, en las diferentes regiones de México, las comunidades celebran los Días de Muertos, es decir, el regreso temporal al mundo de los vivos, de sus familiares y seres queridos difuntos.

Para muchos mexicanos, sobre todo del ámbito rural, que aprendieron esta tradición de sus padres y abuelos, los altares y ofrendas a sus difuntos, son el espacio de reencuentro, en una dimensión mágica, con los seres queridos que ya no están.

Desde una perspectiva antropológica social, el hecho de que siga vigente esta tradición milenaria, que además es integradora, es representativa y también comunitaria, debiera interpretarse como el reconocimiento de un pueblo a sus raíces, o un factor de cohesión social que fortalece a la comunidad. Una tradición de enorme valor, dada la fractura del tejido social que estamos padeciendo.

El ritual a los muertos nos habla de edades y formas de morir, de Todos los Santos y de Los Fieles Difuntos, que son los adultos. Se trata de una festividad en donde la sociedad comulga consigo misma, se abre, participa, comulga con sus semejantes y con los valores que dan sentido a su existencia religiosa o política. Y si bien pareciera incongruente que un pueblo tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas. Su frecuencia, el brillo que alcanzan, el entusiasmo con que todos participamos, pareciera revelar que, sin ellas, los mexicanos estallaríamos.

A diferencia de lo que ocurre en otras sociedades, la fiesta mexicana no es nada más un regreso a un estado original de indiferencia y libertad; el mexicano no intenta regresar, sino salir de sí mismo, de sobrepasarse. La festividad de muertos es una explosión, un estallido, y una forma de mostrar como decía Octavio Paz: “Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entre devorarse” y completaba: “No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo”.

Muchos años han pasado y muchos han sido los cambios en la sociedad mexicana desde que Octavio Paz retratara a los mexicanos en su ensayo “Todos Santos, Día de Muertos” en donde describe con crudeza implacable, el más logrado sincretismo entre la cultura prehispánica y la religión católica; entre los rituales religiosos católicos traídos por los españoles y la conmemoración del día de muertos que los indígenas realizaban desde los tiempos prehispánicos. Un sincretismo magistral porque retrata el mestizaje que somos; el que nos lleva a actuar muchas veces de forma contradictoria; el de la herencia de amor-odio al dominio español y amor-odio a la mansedumbre del mundo indígena. Un mestizaje de enorme fuerza, intensidad, de gran riqueza cultural y talento creativo, pero plagado de ambivalencias, que derivan en actitudes contradictorias.

Para el mexicano actual, señala Paz, la muerte ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intranscendencia de la muerte no nos ha llevado a eliminarla de nuestra vida diaria. A diferencia de otras culturas en que se evita siquiera mencionarla el mexicano la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.

La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”.

En la sociedad actual, el más acabado ejemplo de lo que describe Paz lo advertimos en la actitud cuasi suicida de los grupos delincuenciales que hoy hacen y deshacen a su antojo en el territorio nacional: “Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor.” y en efecto, vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intranscendente.

La festividad de muertos, es una metáfora de la vida que se materializa en el altar ofrecido. Una celebración a la memoria. Un ritual que privilegia el recuerdo sobre el olvido. Una manifestación de la fortaleza y la debilidad del mexicano. La contradicción que somos.
rayarenas@gmail.com