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  • Rebecca Arenas

  • Veracruz: Un pozo sin fondo
  • Rebecca Arenas

Javier Duarte, hoy recluido en una prisión de la capital guatemalteca, en espera de que la PGR solicite oficialmente su extradición, constituye el más bochornoso ejemplo de latrocinio político, desde el retorno del PRI a la Presidencia de la República en 2012.

Su atraco al erario a través de una compleja ingeniería de simulaciones para enriquecerse, y las alarmantes cifras de desapariciones, secuestro, robo con extrema violencia, tortura y muerte, derivados de su aquiescencia con el actuar discrecional de las corporaciones policiacas estatales, coludidos, no pocas veces, con la delincuencia organizada, no tiene parangón. Tampoco lo tiene, el grado de tolerancia de las autoridades federales, que a pesar de las pruebas fehacientes de irregularidades en el Gobierno de Veracruz, nada hicieron para impedir la rapiña del sátrapa mandatario.

La punta de la hebra de esta incomprensible madeja nos remonta a los días de la primera alternancia que llevó al PAN a la Presidencia de la República en el año 2000. El PRI se vio obligado a refugiarse en los Gobiernos de los estados, la mayoría de los cuales controlaba, al igual que la mayoría en las Cámaras de Diputados y Senadores. Esto le permitió impulsar y aprobar una política de descentralización del gasto, canalizando crecientes recursos fiscales a sus gobernadores, sin que éstos rindieran cuentas a la Federación.

Transformados en poderosas autocracias, los gobiernos estatales hicieron y deshicieron a su antojo, controlando los Poderes locales sin que hubiera manera de meterlos al orden, y, menos aún, de castigarlos. Doce años de total discrecionalidad en el gasto público por parte de los Gobiernos estatales, y de clara incapacidad, por parte de los Ejecutivos federales de extracción panista, para transparentar ese manejo financiero, constituyeron “el caldo de cultivo” de emancipación pervertida que alcanzó su máxima expresión con el Gobierno de Javier Duarte.

Lo que ocurrió después es del dominio público. La Auditoría Superior de la Federación formuló sendas observaciones a Javier Duarte, desde el año 2011, luego en 2012, y de nueva cuenta en 2013, siendo ya Peña Nieto presidente, en donde queda evidenciado que las irregularidades del Gobierno de Veracruz se habían disparado un cien mil por ciento, respecto al año anterior. Sin que, tampoco entonces, se produjera la reacción esperada y obligada del Gobierno federal.

Javier Duarte tuvo que perder las elecciones, tuvo que renunciar a la gubernatura de Veracruz y tuvo que darse a la fuga, para que la Procuraduría girara una orden de aprehensión en su contra. A pesar de todo, el cínico exmandatario continúa en Guatemala, y en el ánimo de los veracruzanos, hay desconfianza sobre si la justicia le hará pagar sus excesos y desvío.

Las especulaciones crecen, insistiendo en que el marrullero exgobernador se supo proteger acumulando pruebas de complicidades de todo orden y dimensión, para forzar un acuerdo con beneficios colaterales, familiares. Esto, por la libertad de su esposa, su principal cómplice. Pero aunque cobra sentido, tampoco pasa de ser mera especulación.

La imagen de Veracruz hoy, es la de un pozo sin fondo del cual podrían seguir apareciendo nuevas atrocidades. La política veracruzana atraviesa por su peor momento, y la ciudadanía agraviada responderá en las urnas en unas cuantas semanas. Eso es todavía más preocupante.

rayarenas@gmail.com