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¡Ah, Chihuahua, está temblando!

  • La moviola/ Gerardo Gil

La frase del título la decía la periodista y conductora Lourdes Guerrero durante la transmisión del programa Hoy Mismo al iniciarse el terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Ese jueves 19 de septiembre se anunciaba como estreno en los cines Real Cinema, Chapultepec, Variedades e Insurgentes la película Gavilán o Paloma filme que contaba la vida del cantante José José y protagonizada por él mismo, dirigida además por Alfredo Gurrola, en el Gloria y Germán Valdés continuaba el Karate Kid con Pat Morita y Ralph Machio. El Hipódromo anunciaba La Historia sin fin con varias semanas de éxito. Pero el rostro de la ciudad cambiaría para siempre a partir de ese jueves. Habría un antes y un después en la vida de los capitalinos.

En ese tono de referencia generacional transita la película 7:19 de Jorge Michel Grau (nacido en 1973) y protagonizada por Demian Bichir y Héctor Bonilla. El filme, si bien no es el primero que a manera de ficción toca el tema (basta recordar Trágico Terremoto en México de Francisco Guerrero en 1987) sí es la primera vez que un director nacido en los setenta lo aborda. Es decir, la generación que siendo niño o adolescente les tocó
vivir este hecho. Con un guion de Alberto Chimal (Toluca, Estado de México, 1970) y de Michel Grau, 7:19 es la perspectiva generacional del trágico hecho. Y el tema por lo tanto tendrá que pasar por la metáfora social, nunca con intenciones aleccionadoras, pero sí directa en su discurso: la corrupción y el envilecimiento social con sus
consecuencias.

“Fernando Pellicer” (Demian Bichir) es un alto funcionario público que llega a la secretaría donde trabaja, revisa su correspondencia, saluda amablemente al portero “Martín Soriano” (Héctor Bonilla), entablan una suerte de charla banal, protocolaria. En eso inicia el
terremoto y se ve en la pantalla de la televisión de “Martín” a la conductora Lourdes Guerrero decir: “Ah, Chihuahua, está temblando”. Enterrados en los escombros los dos hombres tratarán de sobrevivir y descubrirán cosas
el uno del otro.

Con diálogos que funcionan por momentos como una suerte de esgrima verbal, muy teatral incluso, el filme nunca pierde el tono social y tampoco –a pesar de varios momentos dramáticos- se desborda. Michel Grau por otro lado, contiene muy bien a sus actores, quienes no se exceden en sus tonos y matices.

Con un ambiente asfixiante por momentos, la cámara es una suerte de mirada intrusa entre los escombros que aplastan a los dos hombres que con su charla –en apariencia banal- y que mantienen a ratos para no sucumbir a la muerte revelan más de su vida por lo que escuchan y callan. 7:19 nunca alecciona en torno a la posición de los personajes, pero deja claro lo que cada uno representa y que deuda tienen con su entorno.

El filme no podría ser de otra manera, porque más que ser una crónica del terremoto (en realidad todo sucede entre los escombros) se antoja más un testimonio de cómo una generación ve los motivos y consecuencias de la tragedia.

En la oscuridad de los escombros los dos hombres escuchan las crónicas radiofónicas en un aparato de transistores. “Mañana será otro día”, remataba un día después la conductora Lourdes Guerrero al terminar el noticiero que daba cuenta de la tragedia. Y el filme se vuelve indispensable sobre todo para las generaciones más jóvenes.

En corto

Llega además el remake de Los Siete Magníficos, ahora dirigido por el habilísimo Antoine Fuqua, quien respeta de manera fiel los esquemas del western.

Esa fidelidad al género y al clásico hecho en 1960 por John Sturges, y que de manera concreta más que un western es un spaghetti (Hollywood no tardó en adoptarlo), le da fuerza narrativa y psicológica a la película protagonizada por Denzel Washington (coqueteo al público millennial tan políticamente correctos) con, Ethan Hawke, Vincent D’Onofrio, Peter Sarsgard, etc.

No se puede evadir el comentario de que la historia de unos caza recompensas venidos a justicieros para liberar a un pueblo de un explotador, se basa en Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa, pero lo más importante es que la nueva versión, tanto como la de 1960, transitan y se explican solas en sus apartados psicológicos y visuales, característica del western y derivados. Ahí encuentra su fortaleza. Porque además vuelve estética la violencia.

Un Spaghetti western, pulcro y sin tacha es lo que vemos en este remake. Para que los millennials se enteren que su gurú Tarantino no inventó el agua caliente.