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¡Ahora fue el pasajero del asiento 36-A! / Ma. Antonieta Collins

  • María Antonieta Collins

Desde California

¿Qué un rayo no cae dos veces en el mismo sitio? Ja Ja. Que me platiquen eso para seguir riendo.

Hace menos de tres semanas que le contaba en este espacio, como los pasajeros de un avión de American Airlines de Miami a Dallas vivimos aterrorizados minutos por un pasajero que fuera de control, entonces sentado en el asiento 15-A trepaba sobre su asiento por encima de los pasajeros que ayudaron a contenerlo, queriendo salirse del avión. Aquello nos pareció terrible, toda vez que una vez que aterrizó el avión, el hombre aquel salió campante por el aeropuerto, a seguir quizá otro vuelo donde haría lo mismo sin que nadie le detuviera.

No imaginé lo que me tocaría vivir nuevamente, también junto a la productora de televisión Wilma Román-Abreu que volvía a viajar conmigo en esta ocasión.

El vuelo 2283 de Dallas a San Diego estaba completamente lleno, tanto, que el mejor asiento que tuve fue el 35-A… ¡es decir, dos filas antes del baño!

Subí en prioridad al avión y me acomodé esperando los demás pasajeros. Una mirada hacia atrás me hizo ver que la fila 36, detrás de mí, tenía los tres asientos vacíos. Pensé en cambiarme apenas despegáramos, pero mis pensamientos fueron cortados por tres pasajeros que venían. Literalmente dos de ellos empujaban al tercero, al que lograron meter a la fuerza como si fuera un bulto en el asiento de la ventanilla… el 36-A y ahí comenzó el jolgorio.

El hombre quería salirse. Flaco, altísimo, gritaba desesperado pidiendo ayuda para librarse de los dos hombres que lo estaban conteniendo a la fuerza. Los pasajeros nos quedamos helados.

El hombre trató de trepar por el respaldo de mi asiento, mientras los dos hombres lo agarraron y lo sentaron. La escena ya había provocado caos entre los pasajeros.

Me levanté de mi lugar porque materialmente estaban cayéndome encima los que trataban de sentar al hombre aquel que ya estaba totalmente fuera de sí.

Alcancé a tomar una foto porque nadie de mis amistades, si lo cuento, me lo hubiera creído.

Fui donde las asistentes de vuelo que calmadamente me respondieron que sabían lo que estaba sucediendo porque ya se los había advertido el personal de tierra.

Uno de los hombres, mientras lo sujetaba dijo algo que me partió el corazón cuando le pregunté si eran familia y por qué trataban de llevarlo en contra de su voluntad…

“Hasta hace cinco años era un gran neurocirujano. Tiene problemas mentales y no sabe dónde se encuentra. Lo estamos llevando a Tijuana a una clínica donde van a darle un tratamiento con inyecciones. Es su última oportunidad”.

No pudo decir más porque el hombre se les soltó, brincó hasta el pasillo y salió corriendo. Lo volvieron a sujetar mientras los pasajeros cuestionaban por que no inyectarlo para calmarle.

El avión no podía partir en tanto no se tomara una decisión, que aparentemente seria, llevarlo en esas condiciones durante casi tres horas de viaje. Afortunadamente, el sentido común reinó entre los acompañantes de aquel enfermo que decidieron por ellos mismos no seguir dando espectáculo y desembarcaron. Las preguntas entre los espantados pasajeros fueron las mismas: ¿Cómo es posible que haya reglas estrictas para la seguridad al embarcar, y no las haya para pasajeros en claro descontrol y que pueden ser un inmenso peligro en un vuelo?

No hubo respuestas ni explicaciones. Al salir del avión di las gracias al capitán, quien sin palabras, solo haciendo un gesto de preocupación con su rostro, me lo dijo todo.

El resto del día me quedé pensando en aquel desdichado neurocirujano enfermo que quizá perdió en el vuelo 2283 a San Diego… su única oportunidad.