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Aldea

  • Pablo Marentes

Pablo Marentes

Javier Cercas, el escritor, el certero comentarista español, inquietó el 29 de enero otra vez a sus fieles y numerosos lectores de El País al afirmar, con datos: “…el dominio casi absoluto que los medios de comunicación ejercen sobre la realidad: los medios no reflejan la realidad…la crean.  Lo que no existe en los medios no existe a secas. …una buena noticia no es noticia.” Por eso, ratifica Cercas, no fue noticia que “…100 millones de personas salieran de la pobreza extrema en 2016, o que las muertes por malaria –paludismo le llamamos en Tabasco, — descendieron en un 60 por ciento a partir del 2000.”

Marshall McLuhan, el profesor de la universidad canadiense de McGill anticipó, en 1962 en su libro La Galaxia de Gutenberg, el advenimiento de El hombre tipográfico. Enseguida publicó Las extensiones del hombre, libro al que siguió de inmediato una antología titulada Exploraciones sobre la Comunicación: artículos de predicciones relativas a los efectos de la comunicación colectiva publicados en la revista que él y su colega Edmund Carpenter fundaron en Boston.

Más o menos al mismo tiempo McLuhan pronosticó que el mundo se convertiría en una aldea: “La aldea global.” El inminente advenimiento de la Aldea Global la explicó en la modestísima revista Wired World un experto en comunicaciones eléctricas y electrónicas que también escribía cuentos de Ciencia Ficción. “Con tres satélites de comunicación colocados en la órbita geoestacionaria de la Tierra, el mundo podría estar comunicado permanente integral y sincrónicamente. La aldea global sería un hecho.”  Ya es. Pero no como alguna vez se pensó: para liberar de las esclavitudes propiciadas por la pobreza extrema y la falta de facilidades educativas a que está sometida la gran mayoría de la población de la canica azul.

Este avance tecnológico en la comunicación inmediata no se nota. Como lo afirma Cercas: la humanidad está en la mejor situación de su historia. Sin embargo, la mayoría cree que el mundo empeora.

Estamos mejor que en 1960. Los de la elite educada en universidades e institutos tecnológicos son quienes disfrutan de los mejores salarios y las ocupaciones más interesantes. El resto de la humanidad aún no ve la suya a pesar de que ya sea una gran mejoría que una ambulancia ocurra a la bocacalle donde yace atropellado un modesto peatón.

Durante muchos años más, las comunicaciones eléctricas y electrónicas serán las más influyentes. Miles de millones permanecerán adosados seis horas diarias a sus celulares. Tres horas más, al caudal de películas de hoy ayer y de siempre, y a los campeonatos mundiales de tenis, de futbol o de basquetbol y de los grandes premios de la Fórmula Uno.  Pero cada uno encerrado en su soledad e intimidad mientras lo aconsejan de mil cosas los oficiosos guías espirituales de todo tipo de actividades y de canalización pertinente de las particulares preferencias de cada telespectador en la aldea Global.

Pero sin hacer mucho ruido, el periodismo escrito vuelve. Y vuelve bien. En nuevos formatos, como las excelentes revistas semanales semejantes a las que publican los artículos de Cercas. El periodismo escrito, el diario, el semanal y el mensual, sin grandes ruidos, con discreción y con una renovada eficacia, está anulando día a día las enormes distancias que separan a la humanidad que vive en la tecnológica de la aislante aldea global.