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Exigencia de competitividad internacional impulsa intensiva capitalización (I)

  • Alejo Martínez

Durante la época de la Revolución Industrial, cuando se dio una enorme transferencia de mano de obra de los trabajadores del campo y del servicio doméstico hacia las nacientes fábricas textiles y manufactureras, como lo plantea Peter F. Drucker en su estupendo ensayo “The Age of Social Transformation”, esos trabajadores poseían más habilidades de las que se necesitaban para operar una máquina en una planta de producción masiva y solo requerían de un breve proceso de capacitación para adaptarse a los nuevos requerimientos.

Todavía dentro de la etapa de la Revolución Industrial, a medida que la mecanización fue avanzando con sus impactantes incrementos en productividad, si bien surgieron muy relevantes movimientos de protesta ocasionados por el desplazamiento de mano de obra que propiciaba la incorporación de nuevas maquinarias, e hicieron aparecer figuras emblemáticas como la de Ned Ludd, la economía industrial fue logrando encontrar nuevas ubicaciones laborales para gran parte de los desplazados.

Según plantea el propio Drucker, a diferencia de lo que sucedió durante el paso a la Revolución Industrial, en la sociedad posindustrial o del conocimiento —en la que estamos viéndonos cada vez más inmersos, en particular los países avanzados, pero también parcialmente incluidos en esa dinámica los subdesarrollados— los trabajadores industriales de hoy no tendrán las mismas oportunidades de reubicación laboral que tuvieron los agrícolas o domésticos. Antes la reubicación laboral tendía a ser de un sector menos productivo hacia otro más productivo. En la actualidad en múltiples casos está siendo exactamente a la inversa.

La transferencia que el mundo experimenta hacia la sociedad posindustrial, exige de unas capacidades y preparación que implican considerables años de educación académica formal, que capaciten para adquirir y aplicar conocimientos científicos y técnicos especializados. El desplazamiento laboral del trabajador industrial puede ser más fácil de asimilar recurriendo a alternativas económicas poco atractivas. Quizá ello se esté reflejando ahora en el brutal crecimiento del comercio informal, así como entre otras muchas actividades de la galopante economía informal con sus inagotables variedades que incluyen viene-vienes, franeleros, traga-fuegos, faquires, “hackers», narcotraficantes, extorsionadores, sicarios, ingeniosos autoempleados, servicio doméstico, taxistas, etc.

No deja de ser impactante el que en la actualidad la mayor parte del personal que está laborando lo haga en la economía informal. En números redondos se trata del 60 por ciento de los trabajadores en activo. Pero aunque constituyen el sector mayoritario, su productividad es mínima y por tanto su participación en las ganancias y en el Producto Interno Bruto (PIB) es tan precaria como menguante: mientras en el año 2003 la economía informal participaba aportando el 27.2 por ciento del PIB, en 2014 aportó apenas el 23.7 por ciento. En contraste, solo el 40 por ciento de los empleados en el sector formal está generando más del 75 por ciento del PIB.

Desafortunadamente, los esfuerzos que en la actualidad está realizando el Gobierno federal para incorporar a la formalidad a los informales a través del programa hacendario denominado Régimen de Incorporación Fiscal (RIF), no tienen impacto sobre lo que sería verdaderamente trascendente, que consistiría en impulsar la productividad y modernización de ese tan cuantioso sector de la economía con tan escasa capacidad de generación de riqueza (salvo excepciones como la del narcotráfico).

Gran parte del problema estriba en que los sectores con más elevada capacidad productiva y de mayor rentabilidad están caracterizados también por un muy alto nivel de inversión de capital, de manera que para generar un empleo requieren de una mucha mayor cantidad de capital que el promedio general de las empresas, mientras que la abrumadora mayoría de la economía informal está caracterizada por un diminuto nivel de inversión por empleo generado. Y lo que el mundo está atestiguando es un creciente poder de las grandes empresas transnacionales con muy alta productividad y rentabilidad, garantizadas por elevados niveles de inversión con enormes costos por cada empleo generado.

Continuará.
amartinezv@derecho.unam.mx   @AlejoMVendrell

LA INTENSIVA capitalización provoca altos costos de generación de empleos y desplazamiento de mano de obra.