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Alimentos

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Durante los cinco años que corren de 2011 a la fecha, México ha reducido su producción de granos alimenticios: maíz, trigo, frijol y soya. El promedio de la reducción anual es entre seis y ocho por ciento. Entre los países centro y sudamericanos México es el principal importador de granos. Al mismo tiempo México es uno de los 15 países del mundo con mayor producción. Antes era el sexto productor mundial. Ahora su lugar fluctúa entre el octavo y el décimo.

Las empresas de los 15 países de mayor producción de cereales son agroindustriales, es decir, su producción demanda capital intensivo: semillas mejoradas, manipuladas genéticamente y riego artificial. La protección de las plantas y la feracidad de la tierra se estimulan respectivamente mediante fertilizantes químicos. La producción se asegura con semillas manipuladas genéticamente. Este modelo de producción fue el legado de Norman Borlaug: un proceso que consiste en manipular la genética para mejorar e incrementar la producción de cereales mediante el empleo de fertilizantes químicos que se suministran durante el riego.

Borlaug fundó aquí, en los dos primeros años de la postguerra mundial II, el CIMMYT: el Centro Internacional para la Mejora del Maíz y el Trigo, cuyo primer portento científico fueron el maíz enano y el trigo enano, especies manipuladas de cereales que demostraron su resistencia a plagas como la roya. El impacto económico no tuvo precedentes. La producción de cereales al parecer mejoraría la alimentación de todo el mundo. México sería el beneficiario inicial. De aquí, invitado por la Fundación Rockefeller, se fue a la India, país al borde de una devastadora hambruna. El éxito ya no fue tan espectacular ni duradero. 40 años después, los plaguicidas químicos empleados, han contaminado ríos y acuíferos los cuales alteran la salud de los seres humanos. Las fotos que documentan los daños causados a lo largo de 40 años, fueron publicadas en el número seis del volumen 24 del National Geographic Magazine, de junio de 2009.

El mundo entero conoce la lucha que los diversos gobiernos han sostenido para resistir las pretensiones de las grandes compañías productoras de semillas “mejoradas” y plaguicidas químicos, para que les autoricen a abrir al cultivo transgénico, miles de hectáreas. Aquí, algún secretario de agricultura concedió hace unos ocho o 10 años permisos para abrir al cultivo experimental un buen número de hectáreas.

Aquí, un factor natural propiciaría autosuficiencia en la producción de maíz, trigo y frijol. Los descendientes de los naciones originales son los únicos que saben cómo cultivar la tierra en los pequeños valles y en las laderas de las montañas de la Sierras Madre Oriental y Occidental, donde permanecen confinados desde 1945 en las zonas de refugio cultural, que ideara el médico primero, y antropólogo después, Gonzalo Aguirre Beltrán. Son más de 15 millones de mexicanos, de conformidad con los números aportados en 2012 por el entonces Director de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Claro está que la autosuficiencia nacional podría dañar los ingresos de los grandes importadores nacionales, por cierto, muy conocidos.