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Alto poder

  • Manuel Mejido

Cuando en México los legisladores de todos los partidos acuerdan discutir y negociar reformas importantes que pueden resultar definitivas para el país, regularmente lo hacen en un restaurante de lujo en Polanco.

El escenario de esas discusiones, “para salvar a la Nación”, es un salón privado  para unos 20 o 25 comensales en el que se sirven los mejores vinos del mundo y los platillos más suculentos, que tienen por supuesto altísimos costos.

El valor del comelitón legislativo supera fácilmente los 100 mil pesos y, por supuesto, la propina que dan generosamente diputados y senadores, con dinero público, supera los 13 mil pesos.

Para que un trabajador mexicano que percibe un salario mínimo de 80 pesos con seis centavos diarios, y aspire a obtener el equivalente a la propina deberá trabajar 162 días.

Según cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un mexicano trabaja anualmente, en promedio, dos mil 226 horas y obtiene un ingreso familiar de 12 mil 850 dólares, es decir, 244 mil 150 pesos al año.

Mientras que en el resto de los países integrantes de la OCDE, los trabajadores laboran mil 765 horas con un promedio de remuneración de 23 mil 938 dólares por familia, o sea 454 mil 822 pesos.

El organismo internacional, en su más reciente informe sobre los ingresos por hora de los trabajadores ubica a México en el último lugar con un dólar y un centavo cada 60 minutos. Letonia, con 1.46; Chile, en tercer lugar, con 2.22; Estonia, en cuarto puesto con 2.49; y Hungría, con 2.58 dólares en quinto lugar.

En México los aumentos en el costo de la vida se han multiplicado desordenadamente y lo que gana un trabajador no le alcanza para dar de comer a su familia, ni frijoles con tortillas.

Desde hace varios años, en el país se libra una lucha sorda entre patrones y trabajadores, los primeros por no aumentar los salarios y los segundos por lograr un poco más de dinero por su labor.

La semana ante pasada, Miguel Ángel Mancera, jefe de Gobierno de la Ciudad de México, envió una carta al secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, donde le explica los motivos para incrementar el salario mínimo en la gran capital y le pide convocar a los sectores para discutir el tema.

La Confederación Patronal de la República, de donde salen multimillonarios mexicanos en Forbes, corroboró que México puede avanzar para garantizar que el salario mínimo alcance para cubrir, al menos, la canasta básica que al día de hoy es de 92 pesos.

Una familia de cinco integrantes consume un kilo de frijol, dos de tortillas, dos litros de leche, tomate, chiles, huevo y demás alimentos, que unidos y sumados su precio supera por mucho los 80 pesos que percibe el jefe de familia por ocho horas de trabajo. Y el resto de los gastos ¿con qué los cubre?

El pasado mes de diciembre, representantes de los sectores obrero-patronal y el gobierno de la Ciudad de México se reunieron para determinar el incremento del salario mínimo y se acordó un doble aumento. Uno de cuatro pesos sobre el ingreso mínimo que en 2015 estaba en 73 pesos con 4 centavos y otro del 3.9 por ciento sobre el incremento, que dio como resultado los 80 pesos con cuatro centavos.

En el país, el rezago salarial puede explicarse por la menor productividad de los trabajadores. En la mayoría de los países desarrollados pertenecientes a la OCDE, la especialización del capital humano hace que los trabajadores ganen más y laboren menos.

La realidad lacerante es que el salario mínimo en México apenas alcanza para malvivir.

Ante este escenario, el gobierno de la Ciudad de México ha encabezado una lucha por establecer un salario mínimo de 92 pesos. Sin embargo, el gobierno de la República asegura que un incremento superior al 10 por ciento ocasionaría un alza generalizada en el precio de servicios y productos de primera necesidad.

Salomón Chertorivski, secretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México, consultado por Alto Poder, negó categóricamente que esta alza de precios pudiera ocurrir. La liberación del costo de las gasolinas, conocida como “el gasolinazo”, sí generó considerables incrementos.

Además, “debe agregarse la relación incierta con los Estados Unidos tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ante lo cual se vuelve necesario fortalecer el mercado interno. La mejor fórmula es que ganen un poco más los trabajadores que menos perciben.”

Chertorivski dijo que “una vez que todos los argumentos han sido esgrimidos ante las autoridades federales, y que a cada una de las preocupaciones se les dio respuesta, como el hecho que ya no está indexado el salario mínimo a multas y otras medidas, que ya tuvimos un primer incremento muy tímido en diciembre y vimos que no pasa nada, cuando algunos argumentaban que venía el Armagedón.”

Desde hace más de una década el comercio informal en México se convirtió en la principal fuente generadora de empleos, pero sin ninguna seguridad social y, mucho menos, aportaciones al pago de impuestos. Así ha sobrevivido la clase trabajadora, entre sobornos a las autoridades y haciendo equilibrios para llevar a su mesa el alimento diario.

La falta de oportunidades y el bajo salario también han ocasionado el incremento de la violencia porque es mejor ser delincuente que obrero que apenas gana 80 pesos al día por ocho horas de trabajo.

Lo que ocurre en Venezuela, un tema eminentemente político, es presentado en México como un ejemplo de lo que no se debe hacer en las relaciones obrero-patronales porque allá en menos de seis meses se ha incrementado el salario mínimo en más del 300 por ciento.

Chertorivski aclaró que “la petición no se trata de un incremento de emergencia, no se refiere a Venezuela, y aún menos busca sembrar un miedo donde no existe (…). De lo que hablamos es de la urgencia de incrementar el salario mínimo. Nada más.”

Los trabajadores con más dinero para gastar, con el propósito de mejorar el nivel de vida de sus familias, al mismo tiempo son un importante motor de la economía nacional.

Por desgracia, en México todas las negociaciones entre patrones y trabajadores, se convierten en una lucha de clases en la que siempre sale perdiendo el más desprotegido. El pueblo, sencillamente, es ese factor al que le llegan pocos beneficios que acaparan el sector gubernamental y el patronal.

Por supuesto que las jubilaciones son un renglón siempre olvidado en cualquier negociación laboral.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.
manuelmejidot@gmail.com