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Alto poder

  • Manuel Mejido

  • Los mexicanos ante el desamparo de las autoridades y gobernantes

  • La ola de sangre que baña a toda la nación y nadie se salva

  • Imposible imponer la pena de muerte en un país corrupto

Nacer en México es hacerlo con un pie en la cárcel y otro en la tumba.

En tanto los grupos criminales se organizan mejor, el aparato policiaco del país se encuentra profundamente penetrado por el soborno de los capos y mal armado, equipado y entrenado para enfrentar la creciente ola de inseguridad que inunda al país y tiene sobrepobladas las cárceles.

Guanajuato, un estado tradicionalmente en paz, en los últimos cuatro días del pasado mes de julio registró 40 asesinatos y en los últimos siete meses sumaron 710 los homicidios perpetrados solo en esa entidad, para convertirla en el más violento de la nación, dejando atrás a Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán y Guerrero. El miércoles se registró otra cifra alarmante, siete muertos.

La escalada criminal no tiene freno, porque la policía en todos sus niveles han sido penetradas por el crimen y encubiertas por la corrupción gubernamental unida a la impunidad que se obtiene desde los puestos de mando y los gabinetes políticos.

La sangre escurre en toda la geografía nacional. De Baja California a Yucatán. Las cárceles están sobrepobladas de tal manera que una cama la comparten hasta cinco reclusos y en el interior se trafica lo mismo un gramo de cocaína que un cigarro de marihuana o una botella de tequila.

Ciertamente que las prisiones están llenas de delincuentes, pero definitivamente son quienes no tuvieron para pagar un soborno, contratar abogados o traficar con influencias.

Está desvergonzadamente descubierto en varios reclusorios del país que los internos controlan todo lo que acurre al interior y los funcionarios encargados del sistema penitenciario simplemente callan, estiran la mano y huyen cuando son descubiertos.

Es escandaloso lo ocurrido en el penal de Acapulco, donde 28 internos fueron apuñalados con saña por sus propios compañeros de prisión ante celadores ciegos, sordos y mudos. Hasta el momento no se sabe a ciencia cierta qué originó esa masacre.

El 12 de febrero pasado, en el penal de Topo Chico de Monterrey resultaron muertos lo mismo con puñales que con pistolas, 49 reos. Sigue sin conocerse las causas ni descubrirse y castigarse a los culpables.

DESDE EL ARRESTO
UNA PERSONA ESTÁ
EN VULNERABILIDAD

Las voces de la ciudadanía ya se escuchan en todo territorio nacional exigiendo de los políticos corruptos que gobiernan el país, poner un alto a la barbarie que desborda las prisiones y llega a las calles de las ciudades y del campo.

Diversos grupos están tratando que se imponga la pena de muerte en México como la hubo en las constituciones de 1824 y en la de 1842, para aplicarse a los salteadores de caminos, incendiarios, parricidas y homicidas con alevosía, premeditación y ventaja.

Sin embargo, desde 1857 se eliminó de la Carta Magna la pena de muerte para todos los delitos y el artículo 77 se mencionaba que “la pena capital en el estado no se impondrá por delito alguno sujeto a su competencia”.

Desde luego que si en México hubiese gobernantes honrados y jueces imparciales, que no se vendan al mejor postor, sería muy buena la pena de muerte, pero la realidad es otra. Definitivamente no se puede poner la vida de una persona en manos de un juez corrupto, que por dinero deja libre a un asesino y manda a la hora a un inocente.

El problema de la impartición de justicia inicia desde el momento del arresto. Lo mismo que la perversión con que trabaja el poder judicial en su conjunto.

En el país cuatro de cada 10 arrestos ocurren sin una orden de aprehensión y los detenidos sufren, sean culpables o sospechosos, agresiones físicas y sicológicas. Dentro de las cárceles enfrentan hacinamiento y corrupción, según fue revelado esta semana por la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad del INEGI.

De los más de 64 mil detenidos encuestados por el INEGI, el 63.8% sufrió agresiones físicas al momento de su detención y el 46% dijeron que fueron amenazados para alterar su declaración. Estas cifras increíbles permanecieron durante décadas ocultas al escrutinio nacional.

CÓMO FABRICAR A UN DELINCUENTE

Desde los procuradores generales de la República para abajo se ha practicado algún tipo de tortura para obtener declaraciones. En México se construye un expediente de culpabilidad del piso al techo y de la noche a la mañana, para perjudicar a una persona o beneficiar a otra.

A pesar de las cifras escandalosas que reveló el INEGI, el 94.2% de los reclusos que fueron víctima de corrupción y abuso de la autoridad, no presentó denuncia o queja por temor a represalias.

No resulta sorpresivo para nadie lo que ocurre en las cárceles del país. Se advierte la situación de precariedad en distintos aspectos pero por primera ocasión la ciudadanía sabe el número preciso de personas que comparten su cama con otro, que son víctimas de corrupción, que pueden identificar al agresor pero que dócilmente callan.

Son práctica común los pagos ilegales para obtener un servicio, beneficio o permiso al interior del centro penitenciario que se entregan a los custodios. El dinero manda. Quien lo tiene puede, quien no, debe servir de mozo a los poderosos. Recuérdese que mano generosa es mano poderosa.

Los guardias de las prisiones cobran por exentar el pase de lista, por tener aparatos eléctricos, para cambiar de celda, para salir al patio de visitas, tener agua potable, para acceder a un teléfono público para recibir servicios médicos y hasta para recibir comida.

Un pago especial que muy pocos pueden cubrir, es el derecho a las visitas conyugales. Los presos por narcotráfico o secuestro son quienes más dinero manejan. Sus celdas parecen cuartos de hotel de lujo, con pantallas de última generación, microondas, videojuegos y hasta con copas de cristal cortado y vajillas de Baviera para sus reuniones.

Este tipo de reclusos especiales o sobresalientes, son los que en realidad manejan las prisiones, porque tienen muy bien sobornados a los guardias y hasta al director de la cárcel.

Se trata de un mundo surrealista en donde corre lo mismo el alcohol que la sangre de los enemigos y que provocan amotinamientos para ajustar cuentas.

Mujeres de una gran belleza, dedicadas a la prostitución de alto nivel, son quienes visitan a los privilegiados en sus celdas y se quedan inclusive toda la noche haciendo compañía a los capos.

Desde luego que del secretario de Gobernación para abajo saben qué pasa en las cárceles del país y todavía no han puesto remedio.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.

manuelmejidot@gmail.com