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América Latina en presente y en perspectiva / Blanca Alcalá

  • Blanca Alcalá

El Premio Nobel de Economía 2015, Angus Deaton, señala que sin capacidad estatal y buenos gobiernos, difícilmente la humanidad podrá dar un salto de bienestar y prosperidad, así como terminar con la pobreza global. Esta reflexión representa todo un reto para los gobiernos del mundo, no solamente de México o de América Latina y del Caribe, sobre todo, cuando el 40 por ciento de la población mundial vive en condiciones de pobreza y poco más del nueve por ciento en pobreza extrema.

Las sociedades contemporáneas se han vuelto complejas y sus relaciones mucho más. La desigualdad a nivel global es un fenómeno que se expresa a través de grandes asimetrías entre las naciones en desarrollo y las economías emergentes, por un lado, y las naciones desarrolladas, por el otro. A pesar de que estamos alcanzando acuerdos para lograr una acción conjunta para reducir, por ejemplo, los efectos del cambio climático, poco ha avanzado la comunidad de naciones en reglas sobre comercio justo, basado en las posibilidades reales de cada país.

A nivel interno, prácticamente en todos los países existe una paulatina pérdida de credibilidad en la política y en las instituciones del Estado. Cada vez los ciudadanos ven con mayor escepticismo la capacidad de los gobiernos para resolver los problemas y demandas de la sociedad. Además, la política no goza de sus mejores momentos; su descrédito ante amplios sectores sociales es una circunstancia que incentiva el alejamiento de los ciudadanos de los asuntos de interés público, de hecho, las tasas de votación bajan sustancialmente cuando se eligen a los representantes populares.

No obstante, América Latina vive una de las etapas más promisorias en la historia de su desarrollo político. La mayoría de los países de la región cuenta con democracias estables y un fortalecimiento paulatino de las sociedades civiles de cada país. Aunque debemos reconocer que la permanencia de regímenes democráticos en términos de acceso al poder, no siempre se corresponde con efectividad institucional deseable para sus gobiernos.

A pesar de la regularidad de los procesos electorales en la región, las democracias latinoamericanas se han visto desafiadas por un contexto de crecientes expresiones de inseguridad, ligadas a riesgos sociales como el crimen organizado, la inseguridad ciudadana y la violencia social, los cuales vulneran el ejercicio de la ciudadanía y los derechos humanos. Las drogas, la trata, el contrabando, las armas y la pobreza significan un riesgo permanente de desestabilización de las democracias.

América Latina tiene amplias zonas de paz y, al mismo tiempo, un conjunto de ciudades con un alto riesgo de seguridad. San Pedro Sula, San Salvador, Sao Paulo, Macieó, Cali, Acapulco o Caracas, constituyen verdaderos complejos sociales en donde el crimen organizado ha afectado la vida económica y social de las comunidades además de haber infiltrado a los cuerpos de seguridad.

Pero al mismo tiempo, América Latina, como conjunto, es la región de los países en desarrollo y de las economías emergentes que más ha avanzado en cuanto al desarrollo humano de sus habitantes. De acuerdo a la medición de este indicador, en 2013 presentó un índice de 0.740, superior a los Estados Árabes (0.682), a la región de Asia Oriental y el Pacífico (0.703), al conjunto de países de Europa y Asia Central ((0.738), a Asia Meridional (0.588) y a África Subsahariana (0.502). De acuerdo al indicador, un índice muy elevado es equivalente a 0.890 y uno alto igual a 0.735.

De la misma forma, el régimen presidencial adoptado por los países, poco a poco se ha acreditado a nivel mundial por la estabilidad política de la región, salvo casos excepcionales. Desde aquí ya no se ve al sistema parlamentario como la única vía para la resolución de los conflictos de orden político. También, es de destacarse que en 2013, en términos del crecimiento del Producto Interno Bruto, América Latina califica medianamente: Asia registró el PIB más alto (4.2 por ciento), África (3.8 por ciento), Oriente Medio (3.0 por ciento), América Central y del Sur (3.0 por ciento), la Comunidad de Estados Independientes (2.0 por ciento), Norteamérica (1.8 por ciento) y Europa (0.3 por ciento).

Hace falta mucho por hacer. Pero, poco a poco, se está superando la fragilidad de las instituciones estatales y la insuficiente capacidad estatal para cumplir con sus funciones básicas de seguridad y desarrollo social. Estamos convencidos de que América Latina y el Caribe tienen mucho que ofrecer al mundo y todo para dar un nuevo salto en su desarrollo, lo que permite avizorar un futuro promisorio para la región.