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Anatomía de la opresión

  • Pedro Peñaloza

“Que nada nos defina. Que nada nos sujete.

Que la libertad sea nuestra propia substancia”.

Simone de Beauvoir

1. La violencia tiene rostro de mujer. Los procesos de exclusión, inequidad y discriminación son signos distintivos de contextos sociales específicos, donde las mujeres viven en condiciones de alta vulnerabilidad y cuyos patrones culturales legitiman el trato despótico y autoritario. Federico Engels nos enseñó que la construcción de las opresiones contra las mujeres tiene múltiples orígenes, que se localizan en la edificación de las familias, en los procesos productivos, en la división del trabajo y en la vida en comunidad. En efecto, no existe una sola explicación para abordar el tema. Requerimos entonces colocarnos anteojos analíticos que logren observar al conjunto de variables que hacen se presenten expresiones agudas y graves contra los elementales derechos de las mujeres.

Sin embargo, tengamos cuidado con las versiones ultimatistas que afirman que: “concluido el capitalismo se terminarán las violencias contra las mujeres”. Lo anterior ha sido refutado por la historia. Si bien es cierto que los países que eran miembros de la órbita soviética presumían y ensalzaban la presencia de la mujer en las esferas de Gobierno y en las representaciones sociales, las condiciones de dependencia y opresión en el seno de las familias se mantuvo intacto. Así, las mujeres que tenían representación pública llegaban a sus casas y reproducían las relaciones más significativas de las sociedades patriarcales. La matriz cultural de la subestimación de las mujeres se mantuvo intacta, no obstante que éstas pudieran tener mayor participación en las diversas áreas económicas y políticas. Por lo tanto, se requiere despojarnos de versiones parciales y superficiales ante la complejidad de los procesos sociales y su inserción en la simbología que entraña los fetiches impuestos y construidos acerca de la “superioridad” del hombre.

2. Datos para analizar y cambiar la realidad. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del tercer trimestre de 2016, en México 19.9 millones de mujeres que integran la Población Económicamente Activa tienen empleo, pero 23.3 por ciento de ellas trabajan por cuenta propia, 2.3 por ciento son empleadoras y 7.5 por ciento no reciben remuneración por sus labores. En nuestro país, continúa el estudio, 37 por ciento de las trabajadoras no tienen servicios de salud como prestación laboral, 41.9 por ciento no tiene contrato escrito, 33.8 por ciento carece de prestaciones, solo una de cada dos trabajadoras subordinadas disfruta de vacaciones pagadas y 62.6 por ciento percibe aguinaldo y 16.9 por ciento recibe reparto de utilidades.

Los empleos en lo que se desempeñan en 78.7 por ciento de los casos corresponde al sector terciario, principalmente como comerciantes o en servicios sociales, de alojamiento, de restaurantes o varios; 17.1 por ciento trabaja en el sector secundario y únicamente 3.8 por ciento se dedica a la ganadería, a la silvicultura, la caza o la pesca. Para nuestro análisis cuantitativo, no olvidemos que, de acuerdo a la Encuesta Intercensal de 2015, también del INEGI, las mujeres representan más de la mitad de la población total del país (51.4 por ciento), lo que significa una relación de 94.4 hombres por cada 100 mujeres.

Epílogo. El México violento de hoy tiene en las mujeres a una de sus principales víctimas. Las agresiones contra ellas han llevado a lo que se ha denominado Alertas de Violencia de Género, que decretadas en seis estados del país, aunque hay 23 solicitudes de Alerta de Género. Sí, pero las violencias contra las mujeres deben ser combatidas con nuevas políticas sociales, pero sobretodo con una radical y profunda transformación cultural, la cual solo podrá encontrar viabilidad cuando sean las mujeres las que tengan en su poder la dirección del Estado. Ni más ni menos.
pedropenaloza@yahoo.com/ @pedro_penaloz