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Aniv De Rev / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Cuenta la leyenda urbana que un niño llamado Aniv De Rev (apellido x, el que usted quiera) tenía que explicar cada vez que daba su nombre cómo deletrearlo y por qué se llamaba así.

El primer día de clases, como ocurría cada año, a pregunta del profesor, el niño contesta que es un nombre francés que se celebra el 20 de noviembre y señala el calendario de cementos tolteca que está colgado en una de las paredes del salón.

Es una de tantas anécdotas que grafican la pérdida total del legado del primer movimiento revolucionario del siglo XX, que produjo un millón de muertos y que derivó en un mero emblema que sirvió para legitimar algunas decisiones de los gobiernos que le prosiguieron, pero que no tardó en dejar de servir hasta para eso.

A partir de la década de los noventa del siglo pasado, los gobiernos se abstuvieron de recurrir a la Revolución mexicana como referente, pues lo consideraban ya no solo caduco y anquilosado, sino contradictorio a los ideales de “modernización” que tanto cacarearon.

Este último 20 de noviembre, pocos -fuera de quienes organicen o participen en las ceremonias oficiales- recordarán las razones por las que hubo un día feriado esta semana.

Este “Aniv De Rev” llega con un mucho más marcado contraste entre los niveles bienestar y justicia social de una sociedad caracterizada por los privilegios de la pequeñísima minoría que forman los habitantes de primera que viven rodeados de los de segunda y tercera categoría y de los indígenas, que siguen siendo el último eslabón de la cadena de beneficios de algún tipo provenientes de las instituciones y de las políticas públicas, de ésos que viven marginados en las faldas de la Sierra Madre Oriental, Occidental y del Sur y de los que viven en todo el altiplano mexicano.

Dice el médico Gonzalo Aguirre Beltrán, convertido en antropólogo, “uno de los factores causales en la evolución de las culturas y de las sociedades que las contienen, está representado por el dominio que ejercen los grupos técnica y económicamente más desarrollados sobre los grupos que participan de formas de vida y organización menos complejas”. El juego de fuerzas que hace posible la dominación de los grupos de indígenas por los blancos y los mecanismos que se ponen en funcionamiento para sustentar esa dominación es lo que llamamos ¡proceso dominical!

Con este concepto –dice el doctor Aguirre- definimos la intervención e importancia que en la evolución cultural tienen dos categorías opuestas claramente configuradas: 1) las fuerzas favorables al cambio que provienen de innovaciones generadas dentro del grupo o la invención y el descubrimiento, o fuera de él por el préstamo cultural y 2) las fuerzas opuestas al cambio que proceden de resistencias originadas dentro del grupo tradicional y fuera de él por el imperio, el control, la autoridad, la sujeción y el dominio externo.

Aguirre Beltrán en vez de eternizar esos factores de inmovilidad física e intelectual, tendría que haber propuesto con ellos un programa gubernamental para eliminarlos y erradicarlos a través de la educación y del cambio cultural, económico y político que la educación cataliza, pero sobre todo como la labor esencial de cualquier Estado moderno, con o sin revolución de por medio.