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Año Nuevo, año viejo / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

La ceremonia del Fuego Nuevo era un ritual que celebraban los mexicas cada 52 años en el Cerro de la Estrella (Huizachtecatl), eminencia orográfica que se levanta en el centro de la Delegación de Ixtapalapa; aunque algunas interpretaciones basadas en los códices Borgia y Vindobonensis señalan que tenía lugar cada año. Ocasión aquella en la que nuestros antepasados renovaban todas las imágenes y objetos de culto lo mismo que sus enseres domésticos, es decir, tanto lo sagrado como lo profano. Quizá, se me ocurre pensar, algo de eso ha quedado en nuestra conciencia colectiva, sumergido en los pozos casi insondables del subconsciente. Pero los políticos, o algunos de ellos, tienen una habilidad milenaria para rescatar esos misterios, para hacerlos aflorar en su beneficio. Hoy no se trata de cada 52 años o de cada año sino de cada sexenio y, en ocasiones, de varias veces dentro de un sexenio. Aunque Unamuno fue quien dijo que “el progreso consiste en renovarse poco a poco”, el jilguereo popular la cambió por “renovarse o morir”. Nada más que los políticos, o algunos de ellos, renuevan frecuentemente las cosas dando al traste con pasado, presente y hasta futuro. Lo que se ve incluso, y por desgracia, en los espacios de la legislación. No se respeta la tradición, que es cultura, o la cultura, que es tradición. Tal pareciera que se ganan votos, o se consolida el poder, inventando lo ya inventado o destruyendo lo inventado con paciencia y sabiduría. Por eso la frase “año nuevo, año viejo” da a entender que lo viejo es obsoleto y, en consecuencia, necesario tirarlo a la basura o relegarlo al olvido.

Ahora bien, ejemplo tangible y palpable de lo que digo es la creación, al margen de peripecias y vicisitudes históricas, de la Secretaría de Cultura. Vayamos por partes. Hay una Secretaría de Educación. ¿Qué es la educación y cuál es su posible diferencia, si la hay, con la cultura? Educar, en términos generales, es desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales de la persona (lo que se comienza en la niñez). ¿Cómo? Por medio de la cultura que es el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. En tal virtud educar es culturar y culturar es educar. Para José Ferrater Mora, el eminente filósofo y discípulo de Ortega y Gasset, “la cultura es el mundo propio del hombre”, no siendo solo lo creado, lo formado y transformado sino también el acto de esa transformación, “el proceso de la actividad humana que se objetiva en los bienes”. ¿Y cómo se logra esto? Evidentemente con la educación, que es “la apropiación por el individuo de los productos culturales creados por el espíritu objetivo”. Pienso en José Vasconcelos que educó y culturó al mismo tiempo, o en Agustín Yáñez que siguió ese camino, o en Jaime Torres Bodet que también lo siguió. En suma, sin tanta filosofía, que a veces confunde, sin darle tantas vueltas al asunto, yo hago votos porque el Año Nuevo no implique desconocer la experiencia, el pasado, la cultura, la tradición, queriéndose “inventar el hilo negro” de un plumazo. La mala costumbre es suponer equivocadamente que hay un cambio generacional radical y constante en todo, en el modo de hablar, de pensar, de actuar. La vida individual, política y social no es eso. Hay una continuidad renovadora que rechaza el hábito de buscar cambios donde no los hay o donde no los debe haber. El progreso no es la negación del pasado sino su renovación, ya que en caso contrario echaríamos por la borda la tradición cultural. Desde luego hay cosas del pasado que no hay que repetir. No todo es bueno en la historia aunque ella sea constante. Y es precisamente la depuración moral, la facultad del hombre de elegir entre lo bueno y lo malo, entre lo positivo y lo negativo, la que impulsa su evolución. No quememos todo en el Cerro de la Estrella. Sepamos seleccionar sin la vana pretensión de querer inventar lo ya inventado o de negar lo que a la humanidad le ha costado siglos de esfuerzo.
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