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¿Apenas se enteraron?

  • Catalina Noriega

La corrupción en Pemex no ha tenido límite. Sexenio tras sexenio, sus sucesivos directivos, salvo honrosas excepciones, salieron millonarios. La saquearon hasta convertirla en un montón de chatarra y favorecieron cualquier tropelía. Hicieron de los sobornos (“Comisiones”) regla de operación y, en mancuerna con un sindicato podrido, dejaron a la paraestatal hecha cisco.

En cuanto a la ordeña y los huachicoleros, la historia viene de largo. O, ¿ignoraban las autoridades las denuncias de la valiente Ana Lilia Pérez? Desde las páginas de la revista Contralínea, la periodista destapó la cloaca de la paraestatal. En su libro, El Cártel Negro, aparecen dos capítulos dedicados al negociazo que, ahora en Puebla, provoca la trifulca inaudita de Palmarito.

Sus fundamentados escritos le acarrearon demandas de particulares coludidos con funcionarios de Pemex y un acoso tan brutal, que la obligó a esfumarse del panorama de la tinta impresa.

En cuanto a “Ordeñadores” escribe: “En el sexenio de Felipe Calderón, mientras que la atención de la Presidencia, la Secretaría de Energía y de los directivos de Pemex estuvo concentrada en consumar la privatización de la paraestatal, el robo de hidrocarburos se desbordó en las regiones y los campos petroleros del país”.

En el 2007 se detectaron 323 tomas clandestinas. En Puebla, de 40 que existían en el mandato de Mario Marín se pasó a ¡cuatro mil doscientas!, durante el régimen del “panista” Moreno Valle. El negociazo proliferó al por mayor.

Pérez plantea como evolucionó lo que arrancó como una pillería para sacar un salario extra –por parte de trabajadores de la paraestatal-, del que tenían que entregar una parte a los funcionarios ylíderes sindicales regionales.

Empezaron a vender lo sustraído a talleres mecánicos, gasolineras y changarros urgidos de gasolina barata. Cuando los mafiosos se dieron cuenta del futuro de la mini industria, se pasó al cobro del derecho de piso, hasta hacerse los amos.

Queda claro que es imposible llegar y agujerear un ducto, cuando no se tienen los conocimientos. De aquí que resulte indispensable la participación de los especialistas del oro negro. En cuanto a los compradores se podrían distinguir dos tipos: los propietarios de cadenas de gasolineras –que no tienen perdón de Dios- y los que solo cuentan con un changarro, que pasa las de Dios es Cristo para salir adelante.

El robo ha supuesto la pérdida de miles de millones de pesos y lo más grave es que, las bandas delincuenciales cooptaron a poblaciones enteras. En Palmarito se dijo que se colocó un escudo de mujeres y niños, en lo que –ya ni se sabe- se presumió como una emboscada al Ejército.

Los mafiosos convencen a campesinos y familias de pocos recursos, con dinero. Les lavan el cerebro con aquello de que “el petróleo es nuestro” y los estómagos vacíos hacen el resto. Se vuelven sus incondicionales. El actual gobernador, Antonio Gali, declaró que el tejido social está destruido en la región.

Esto y más es producto de la profunda putrefacción a la que se llevó a Pemex. La lista de ilícitos es interminable: sobreprecios, adjudicaciones y licitaciones al mejor postor, sobornos, gestores con influencia directa en Los Pinos –como los Bribiesca, hijos de Marta Sahagún-, las obras que otorga el sindicato a “conocidos y amigos”, pagos de arrendamiento por buques obsoletos y precios estratosféricos por servicios de pésima calidad. Enderezar semejante desastre es tarea para Hércules.
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