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Armando Amaya en la escultura mexicana

  • Salvador del Río

Del muralismo en las artes plásticas, generador de un nacionalismo en busca de las raíces de nuestro país, surgieron los movimientos que dieron vida a las corrientes y tendencias de un figurativo en el arte que se mantiene vigente en la actualidad.

Falleció el escultor Armando Amaya, uno de los representativos de la plástica de nuestro país, cuyas obras quedan plasmadas en exposiciones, galerías, muros y colecciones privadas, han trascendido las fronteras para alcanzar una dimensión internacional.

Escultor por vocación desde los primeros años de su vida, Armando Amaya fue, en principio, un autodidacta, aunque realizó estudios lo mismo en la academia de San Carlos que en la escuela de la Esmeralda, de la que muchos años fue profesor y formador de varias generaciones de artistas.

Desde su juventud, Armando Amaya se dedicó con ahínco  a la búsqueda de nuevas formas de expresión a través de todas las corrientes del mundo, hasta encontrar su propio estilo, el figurativo del que se sirvió para plasmar en el bronce la identidad nacional, que evoluciona desde lo prehispánico hasta nuestros días.

Sin abrazar totalmente la corriente de la escuela mexicana de los años posteriores a la Revolución, Amaya se mantuvo fiel al figurativo en contraposición a las corrientes abstractas en la pintura y en la escultura. Sus figuras pesadas, en buena parte inspiradas en el cuerpo de la mujer de las diferentes etnias  del país, son manifestación de ese nacionalismo figurativo que Amaya profesó desde su juventud.

Armando Amaya participó en el trazo y realización de los altorrelieves ejecutados en el Centro Médico del IMSS, realizados por Francisco Zúñiga, el iniciador de esa corriente del figurativo nacional, de quien el entonces joven escultor fue ayudante, alumno y seguidor. En el desarrollo de su búsqueda hasta encontrar su propio estilo, Amaya recibió influencias de artistas como Alfredo Zalce, con quien compartió la cátedra y el trabajo en la escuela de Artes Plásticas de Morelia, Michoacán.

Contemporáneo de escultores como el propio Zúñiga, de José Kuribreña, así como de los artistas de generaciones formadas en los años 50 y 60 del siglo pasado en la escuela de pintura y escultura de San Carlos, como Fermín Rojas, Francisco Corzas, Leticia Ocharán, Mario Gómez Clausel y los maestros agrupados en la Sección de Enseñanzas Artísticas de Bellas Artes a partir de los años 50.

Participante en importantes exposiciones, las obras de Armando Amaya se encuentran en las principales galerías de México, pero también en Nueva York, San Francisco y otras ciudades del mundo.

De muchos años atrás Armando Amaya estableció su taller en el barrio de Coyoacán, convertido en una escuela de diversas disciplinas de la plástica, en donde ahora trabaja y produce su hijo, Armando A. Romero, seguidor de la escuela figurativa, pero en busca de nuevas formas de expresión que abren caminos a la plástica mexicana.

Por su originalidad, que no se aparta de las más valiosas tradiciones del arte mexicano, de sus raíces y de su genuina cultura, la obra de Armando Amaya queda como un ejemplo para las futuras generaciones de  artistas de nuestro país. Su fallecimiento mueve a reflexión: ¿Para qué sirve el arte, en un mundo en el que predomina la tecnología al servicio de la economía de mercado? Para su desarrollo la sociedad necesita también de las manifestaciones y las búsquedas del espíritu, del impulso a la sensibilidad y el interés por el arte. Armando Amaya, como tantos otros artistas, lo mismo en México que en el resto del mundo, es uno de los exponentes de esa necesidad de alimento espiritual.