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Arte y Academia

  • Arte y Academia: Ana María Longgi

Ana María Longi


 

Cuando el Museo-Mural Diego Rivera, abrió sus puertas, a un homenaje nacional en honor al célebre muralista mexicano Arturo García Bustos “El Frido”, el histórico espacio de la alameda central, fue ocupado no solo por sus admiradores, sino incluso por los numerosos lectores de Abel Santiago, autor de: “En tinta negra y en tinta roja. Arturo García Bustos. Vida y obra”, cuyos bellos ejemplares pueden ser adquiridos en librerías del distrito federal. así, tanto el artista, como su esposa la no menos famosa pintora Rina Lazo, familiares y amigos, gozaron fraternalmente tan importante acto, acompañados, también, por los funcionarios y expertos en arte: Dina Comisarenco, Leticia López Orozco, Luis Rius Caso y Danae Pedroza, entusiastas comentaristas de la importante labor histórica y social de García Bustos, dentro de la vida artística y cultural de nuestro país, logrando que la concurrencia disfrutara no solo del acto público, sino incluso de la posterior convivencia que resultó, igualmente, grata y exitosa.


 

Y cuando “Arte y Academia”, se acercó al maestro Arturo García Bustos, para charlar acerca de la histórica labor que ha desarrollado como creador de artes plásticas en casi siete décadas de imparable entrega, el artista, enalteció en primer lugar el arte en México, y el arte de los pueblos en lucha. Una lucha política, qué él ha logrado apoyar dentro de sus nueve décadas de vida, a través de su labor plástica. Ya que como comenta el famoso muralista, ha tenido la suerte de vivir cerca de grandes espíritus de la humanidad y presenciar de cerca la labor creadora de José Clemente Orozco, por ejemplo, quien le permitió subir a su andamio mientras trabajaba, a Frida Kahlo, a quien contempló en su estudio pintando el cuadro “La columna rota”, o ver a Diego Rivera, trazar con su seguridad de maestro, sin despegar el carbón de su mano, figura tras figura como si éstas ya estuvieran delineadas y él únicamente las estuviera calcando.

En otros campos de la creación -explica el maestro García Bustos-, haber conocido a Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Nazim Hikmet y contar con la amistad de Juan de la Cabada, Carlos Pellicer, Ermilo Abreu Gómez, Alfredo Cardona Peña y muchos otros. Y que en el terreno de la lucha social, lo distinguieron con su afecto Víctor Manuel Gutiérrez, Huberto Alvarado, Juan Marinello y Ernesto “Che” Guevara, “quien al estrechar un día su mano, sentí cómo me transmitió no solo su vigoroso ánimo, sino toda esa portentosa y luminosa determinación, contenida dentro – sin duda-, de uno de los más honestos y valientes luchadores sociales de nuestra gran hermandad Latinoamericana”, expresó visiblemente conmovido el artista, y añadió: “Y te comento todo esto, Ana María, porque el pueblo mexicano con sus costumbres y tradiciones produce una magia completa, al sumar a la riqueza del paisaje, la semilla de las grandes culturas prehispánicas, que aún viven en nosotros. Y esto, junto al fundamental escenario de la Revolución Mexicana, han vivido, viven y continuarán viviendo por siempre, dentro de la esencia fundamental de mi
pensamiento pictórico”.

MÉXICO LE “DICTÓ” SUS MURALES

Arturo García Bustos, sonríe, cuando asegura que sus murales “se hicieron solitos, ya que él solo puso la pintura, para hacerlos”. Y sin dejar de sonreír agrega: “Fácil, Ana María. Y digo fácil, porque un día me di cuenta, que mi propio país, me estaba dictando mi proyecto mural. Y esto es, simplemente, porque el hombre de México con sus manos creadoras a lo largo de su historia ha ido construyendo la más preciosa herencia para la humanidad. Un arte salido de su corazón. Labrado con paciencia oriental. Y hablo así, porque nada más observemos: Ellos, todos ellos, lograron en primer lugar, transformar las piedras en serpientes. En águilas que devoran corazones. En feroces tigres que recorren los caminos. En fin. Con el primer material que tuvo en sus manos, la arcilla, modeló vasijas trípodes con patas de serpientes y formas de animales y frutas, cumbres de la imaginación creadora. Con el mismo barro hizo danzarinas de grandes ojos rasgados, símbolos mágicos de la fertilidad. Con sellos y pintaderas decoró su cuerpo, vasijas, telas, haciendo una unidad del hombre, los objetos y su arquitectura.

“¿Más todavía? Dijo el artista disfrutando su relato, pues sí. “En los libros de pinturas sobre pieles de venado y sobre papeles de corteza que ellos mismos hicieron, pintaron toda su mitología, su historia, su interpretación del Cosmos, la leyenda y la poesía. Sus modos originales de pensar. Casi siempre en forma realista y humana. Ya que sus dioses, eran recreación artística de su humanismo: No olvidemos que grandes hombres fueron los que levantaron pirámides. Habían dado nombres a la geografía y poseían una cultura y una moral de perfeccionamiento. Toltecas, así eran llamados los artífices entre los pueblos nahuas y era todo un pueblo de artistas, y hubo otros pueblos que recrearon la naturaleza en materiales perdurables -Cuicuilco, Teopanzolco, Tenochtitlán, Teotihuacán, Cholula-, cientos de ciudades de distintas culturas, fueron levantadas y en su momento fueron importantes como las más grandes del mundo, al lado de Pekín, de Tebas, de Atenas, Mitla, Palenque, Uaxactún… El pueblo mexicano aún dividido en reinos, tuvo el genio par a crear extraordinarias expresiones artísticas: Arquitectura, escultura, pintura, cerámica, orfebrería, arte plumario, música, danza
y poesía”.

LA CONQUISTA, OTRO DICTADO

¿y cómo fue el “Dictado de La Conquista”, maestro?

Nuestro entrevistado vuelve a sonreír. “Un dictado doloroso, sin duda, Ana María. Mire usted. Sobrevino la conquista y el pueblo sojuzgado tuvo que adaptarse a las nuevas formas de expresión. Durante los primeros años de la colonia se les prohibió pintar y esculpir para evitar la permanencia de su cultura, se ordenó olvidar sus cánones y sus leyendas. Tuvieron que aprender un nuevo lenguaje y transformar su modo de pensar, su ética y su estética. Sin embargo, la nueva cultura no se impuso del todo y la antigua no murió totalmente. Así nació una cultura de mestizaje, con muchas características originales y propias. Los tlacuilos, que poseían la técnica de la pintura mural, interpretando estampas europeas, pero con fuerza de su propia tradición de muralistas, hicieron de México, a lo largo de 300 años de Colonia, seguramente el país de la tierra con más pintura mural. Los corredores de los conventos se llenaron de imágenes al fresco, las iglesias, todo se decoró con expresivas formas propias para catequizar a un pueblo acostumbrado a leer ideogramas y símbolos con base de líneas y colores. Así que dígame si no voy a estar inmensamente agradecido de semejantes crónicas visuales que por doquier he encontrado desde que aparecí por este Planeta. Ya que el genio arquitectónico levantó ciudades de belleza increíble y en la que siempre se alcanza a ver la mano indígena que talló las piedras, imprimiéndoles su propio sello. Ahora bien. La imprenta llegó a México en 1537 y ellas llegaron los primeros grabadores de esta tierra. Juan Ortiz grabó maderas de pie para los impresores Pedro Ocharte y Juan Pablos, grandes artesanos del arte tipográfico, Andrés Antonio, artista indio, Antonio de Castro, son algunos de los pocos nombres que nos han legado. Aún cuando en todos los campos del arte podemos decir que el pueblo mexicano ha mostrado su genio, y dio su aportación en las turbulencias de los
difíciles días de la Colonia”.

LAS LUCES Y EL ARTE GRÁFICO

El artista galardonado cuya obra, le explicamos, representa para nosotros una de las crónicas pictóricas más completas de los siglos XX y XXI, reconoce, que en su obra, también ha expresado aspectos de la época de las luces en el mundo y la revolución francesa. “Porque en este periodo, Ana María, la Revolución Francesa inspira a los pensadores mexicanos, para iniciar la Guerra de Independencia. Ya que desde esos primeros años aparece en el arte gráfico mexicano la litografía, traída a México por el artista italiano Claudio Linati, quien construye la primera prensa litográfica para la Secretaría de Relaciones, y enseña gratuitamente la técnica a jóvenes, publica el periódico liberal El iris, ilustrado con litografías suyas y de sus discípulos, como el oaxaqueño José Gracida. Se puede decir que con Linati se inicia la gráfica social en nuestro país.

Y cuando planteamos la importancia del grabado y la litografía, en el Siglo XIX, sorprende el homenajeado con su opinión tan explícita: “Para responder con veracidad, diré que fue la litografía, más aún que el grabado, el instrumento que mejor acomoda a los artistas del agitado siglo XIX, en cuya primera mitad se hacen litografías costumbristas que nos dan una verdadera imagen de la vida en esos años, litografías de las ciudades de México y sus alrededores, dibujadas en el monumental álbum editado por Nevel y otras de Casimiro Castro J. Campillo, Anda y Rodríguez. Así como periódicos de sátira política como La Orquesta y El Ahuizote, en donde se publicaron magníficos cartones de Constantino Escalante y José María Villa, románticas imágenes de un México que describió Ignacio Manuel Altamirano en bellas prosas.

GUADALUPE POSADAS

Por cierto maestro, en su obra aparecen también aquellos ambientes de José Guadalupe Posada. ¿Cómo nos describiría esa parte de su pintura?

“Con inmensa admiración, aún cuando no considero que se pueda edificar el altar histórico que merece su obra. Simplemente diré, que en la época del porfirismo, aparece el más grande grabador e ilustrador de la vida mexicana: José Guadalupe Posada. Nacido en Aguascalientes, el 2 de febrero de 1852. Posada, se inició en la imprenta de Trinidad Pedroza, una de las mejores de aquel entonces. Colabora en periódicos liberales ilustrados como El Jicote, periódico hablador pero no embustero, el Gil Blas, el Gil Blas Cómico, El Gil Blas Cómico, El Popular, La Risa del Popular, y en numerosas hojas volantes que relatan los sucesos más importantes de la época. Así, en León, Guanajuato, tuvo su propio taller y enseñó litografía en la secundaria técnica en el año 1888, año en que acontecen las inundaciones de esa ciudad, que arruinaron por completo su amada imprenta, y dándole como opción emigrar a México donde trabaja con el editor Antonio Vanegas Arrollo. De esta manera y ya establecido en el número 5 de la calle de Santa Inés, retrata la vida que transcurre en aparente calma, pero que llevaba el germen de la Revolución en sus arterias y que por demás, ya se avecinaba”.

Un beso… Y hasta la próxima charla

anamarialongi@gmail.com