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Arte y academia

  • Arte y Academia: Ana María Longgi

Para un valioso militante del magisterio, la filosofía y la literatura en todos sus engranajes, como lo es, Enrique González Rojo. La gran lección consiste en que la creatividad, no debe utilizarse jamás, con fines competitivos, ególatras, vanidosos o impositivos, sino que, tales dones deben ser retornados a la naturaleza, o simplemente a la sencillez de la vida misma. De esta manera, la charla que “Arte y Academia”, logró con el intelectual González Rojo, nos aportó, también, un importante obsequio de amor y humildad, que el insigne profesor con más de 33 años de aplicación laboral en preparatorias de la UNAM, CCH, Facultad de Filosofía y letras de la UNAM, o la UAM, entre muchas otras, nos proporcionó de manera tan generosa como inolvidable.

Cuando uno se atreve a concertar una charla con un intelectual de tan alto nivel como es el caso del profesor Enrique González Rojo, una sabe de antemano que todos los espacios informativos resultarán insuficientes. Ya que como se señala en todas sus semblanzas, la actividad del académico González Rojo, ha sido no solo intensa, sino incluso variada. Pues para empezar, Enrique nunca improvisó, ni se presentó jamás al salón de clases sin preparar a conciencia la materia que impartía. Sin embargo, su labor educativa no termina allí, expresan sus biógrafos, ya que durante sus largos años de militancia brindó apoyo a la capacitación de muchos compañeros en círculos de estudio.
ESCRIBIÓ DESDE MUY JOVEN

Y al responder a varios de nuestros planteamientos, empieza por aclararnos que sin ser en sentido estricto un niño precoz, sus reiterados intentos de “pergeñar obsesivamente ciertos textos que cargaban en hombros con un cierto parecido con la poesía, parecen que corroboraron a la idea, de que la vocación surge de la compleja combinación de herencia y medio ambiente”. Así, el también hijo y nieto de poetas, que respiraba cotidianamente el inalterable amor de su familia por la cultura, experimentó que la poesía era lo “suyo, y este sentimiento surgió con tal fuerza y contundencia, que no recuerda haber dudado nunca en el curso de mi larga existencia que yo vine a este mundo a entonar la silenciosa canción de la escritura. Pero como no he sido un vate bohemio que simplemente canta por el placer de cantar, y lo lleva a cabo sin hacerse las preguntas de cómo, por qué y para quién lo hace, mi complicada relación con la poesía me llevó al estudio de la Poética (de Dilthey, por ejemplo), es decir de aquella disciplina que, tras el intento de llevar a buen fin un deslinde con todo lo que es ajeno a su campo, pretende ponernos ante los ojos y el entendimiento la esencia de la poesía. La Poética, sin embargo, no satisfizo mis deseos de ir al fondo de la cuestión y si la pregunta por los soportes de la poesía me condujo a la Poética, la interrogación, por el basamento de ésta, me arrojó a la Estética primero (durante algún tiempo me la tuve que ver, verbigracia, con el Kainz) y a la Filosofía después.
ENTRE SUS GRANDES AMORES: LA LITERATURA

Y cuando nuestro entrevistado habló de sus grandes amores, lo definió así: “Lo he dicho muchas veces: los grandes amores que he tenido en mi vida, han sido la literatura (más que nada la poesía, pero también el cuento y el ensayo), la filosofía (en varias de sus expresiones), la política y el magisterio”. Y cuando responde a planteamientos relacionados con sus logros de disciplina, forma y orden, los que a nuestra opinión han posibilitado la gestación de un tratado de cultura unificada y de profunda complementariedad, el Profesor González Rojo, sin aceptar del todo nuestro concepto, sí consideró de alguna manera que su pasión por la poiesis, su perseverancia, su espíritu crítico -que lo ha conducido a deslindarse del poder político imperante y de las mafias culturales, junto con la certidumbre -agregó–, de que le resulta imposible vivir sin hallarse creando (poesía, por ejemplo, o asomándose a los problemas filosóficos esenciales) junto con la convicción de que la producción literaria como trabajo no enajenado, al tiempo de ser expresión de las potencialidades inherentes al ser humano, le dan sentido a nuestro estar en el mundo”, González Rojo, complementó sus conceptos de la
manera siguiente:
“NO” A LA IMPOSICIÓN CULTURAL Y ARTÍSTICA

Para responder al interrogante en el sentido de que si en nuestro país el auge cultural en general y literario en particular  que caracterizó al pasado siglo, se continúa en los años transcurridos del tercer milenio, el Poeta González Rojo, clarificó: “Me gustaría partir de una reflexión, acerca del carácter y significado de lo que debe entenderse por “florecimiento de las artes”. Y subrayo esto, porque desde hace muchos años, estoy en contra de que la gran riqueza artística de una nación, consiste en: (a) la presencia de un puñado reducido de artistas que se impone a los demás -reduciendo al silencio y acomodándolos en los casilleros de lo insignificante-. Y (b), un proceso de jerarquización extrema que lleva a la convicción de que, dentro de ese puñado elitista, hay un individuo que se lleva las palmas y se convierte en el “mejor poeta”, el “mejor novelista”, el “mejor pintor”, el “mejor músico” mexicano, etcétera”

Luego de que su rostro mostró su tan acostumbrado gesto de suavidad, nos explica: “Tengo un viejo poema denominado “Ars Poética”, que es un especie de manifiesto, donde me pronuncio al respecto. He aquí algunos fragmentos: “En el jardín /las flores no compiten unas con otras… /La rosa no luce una vitrina plagada de trofeos, /ni cuelga en alguna de sus espinas, la medalla del primer lugar, /el privilegio de sentarse a la diestra del infinito. /La gardenia no lanza bravatas de perfume, /parada de puntas en su megalomanía /contra las violetas y sus pobres vestidos de percal. /La magnolia no vive en un superlativo. /Ni su perfume es un incienso /por fin canonizado… /En el jardín no hay una sola flor monárquica: /ninguna tiene el atrevimiento, la soberbia /de pensarse “la belleza soy yo”… /No hay una mafia de mastuerzos, magnolias y petunias (para encumbrarse sobre las margaritas /y los girasoles. /En el jardín /cada flor tiene su espacio, su terreno, /su pedazo de estética. /La fresca calidad que la hace única. /No hay en el jardín /un par de musculaturas que midan sus fuerzas. /No hay, como en el estadio, dos luchadores que busquen, /como par de estrellas esgrimiendo rayos /o en la enredadera de su lucha libre, /la flor cuantitativa de su triunfo. /El arte es un jardín. /No un ámbito de lucha de todos contra todos. /donde la flor es loba de la flor. /En él no hay vencedores ni vencidos… /Cada creación /emprende, allá en su tiesto o su parcela, /su manera más propia, incomparable, /de andar por este mundo, /de repartir belleza a domicilio, /a nostalgia de luz, /a niña de ojos”.
UN JARDIN DONDE LAS VANIDOSAS JERARQUÍAS DESAPAREZCAN

Y el hombre de Letras, al fin Profesor, nos dejó muy claro los significados centrales de tan bella composición: “¿Qué significa el texto -demasiado largo, por lo cual pido que me disculpe el lector- y ¡qué relación guarda con la pregunta que deseo responder? Afirma lo siguiente: A partir de cierto nivel creativo, en que las obras de arte dejan a sus espaldas la mediocridad o la ausencia del menor signo de inspiración y trabajo, los productos de la práctica artística forman parte de un jardín donde las jerarquías desaparecen -salvo que hagamos intervenir el gusto subjetivo como juez dictaminador. Bach no es superior a Beethoven o Beethoven a Mozart o Mozart a Wagner. Tampoco Velázquez supera al Greco, el Greco a Goya o Goya a Zurbarán. O en lo que se refiere a México y en la poesía: Díaz Mirín no supera a Gorostiza, ni Gorostiza a Paz, ni Paz a Pellicer, etcétera. Cada uno tiene su manera muy suya de decir la belleza. En el arte no hay propiamente progreso como lo hay en la ciencia y en la técnica. No hay progreso, pero sí enriquecimiento, lo cual ocurre cuando el arte florece y da lugar a la aparición de jardines opulentos y variados.
SIGLO XX, JARDÍN DE POETAS

“En lo que a la poesía mexicana alude, no me cabe la menor duda de que el siglo XX, apareció un jardín de poetas de enorme importancia. En contra de algunos escépticos en la materia, estoy convencido de que en el tercer milenio está surgiendo una nueva generación que ha de conformar un jardín tan rico, tan pleno como los precedentes. Pero también debo declarar que, a mi entender, no ha sido todavía detectado. Por la amistad que mantengo con muchísimos jóvenes poetas, me he dado cuenta de que hay algunos que, dado su precoz florecimiento, merecen hallarse en el jardín de los nuevos valores líricos. Pero no soy un crítico, ni mi tarea consiste en reconocer a estos noveles poetas que traen ya consigo una voz que exige atención y reconocimiento. Me parece que algunos de los críticos que existen en el país y que en general se dedican al análisis de los creadores del pasado siglo o, incluso de más antes, volviera los ojos a lo que se está haciendo, realizara un inventario de los artistas que ya han aportado una obra significativa y de las promesas, con el propósito de ir avizorando la amplitud, el contenido y el carácter, no de una nueva mafia literaria o de un poder literario excluyente, sino de un nuevo jardín cultural.
¿VAMOS LENTOS?

Y en cuanto a la provocativa pregunta nuestra de que si “vamos lentos”, el artista lo resolvió así:

“No obstante mi optimismo respecto a la reproducción artística actual, soy consciente de las muchas y variadas dificultades con que la juventud tropieza en estos primeros años del siglo XXI. Creo que la tecnología -por ejemplo los ordenadores-, pudiendo ser extraordinariamente valiosos si se hace un buen uso de ellos, enajenan frecuentemente a sus usuarios. Los jóvenes artistas ya no leen como en el pasado o, si lo hacen, priva en ellos la desorientación y los prejuicios. A diferencia del mensaje contenido en mi texto Ars Poética, muchos jóvenes portaliras, influidos por la economía de mercado, no han podido rebasar una vulgar noción competitiva y hacen todo lo que esté a su alcance para ser “el triunfador”, “el mejor de todos”, “el tlatoani de la poesía mexicana”. Esto los conduce a ningunear al otro, a perder la sensibilidad ante lo diferente y a caer en el narcisismo de la megalomanía. La concepción del arte y la poesía como jardín y no como estadio en que unos compiten con otros, no solo nos aclara el papel de la cultura en el mundo actual, y de su diferencia con el concepto de productividad capitalista, sino que conlleva un elemento ético importante: no cerrarse o contraponerse a la creación ajena sino brindarle inalterablemente nuestro respeto, en la medida en que cada quien exige que se respete la
propia.

“Intenté llevar a cabo una Poética de joven, escribí un “Poema de nunca Acabar” (Para deletrear el infinito) después he escrito ya en mi tercera edad novelas-poema (novelemas) y he estructurado una propuesta filosófica (En marcha hacia la concreción). No sé si algo de mi producción va a perdurar. Es prácticamente imposible conocer las decisiones de la Señora Posteridad. Pero independientemente de lo que ocurra con mi obra después de mi desaparición, me congratulo de haber sido fiel a mi vocación y mal que bien, seguir al pie del cañón”… Y como nos encantó escuchar esto último, nos despedimos con…

Un beso… Y hasta la próxima charla

anamarialongi@gmail.com