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Arte y academia

  • Arte y Academia: Ana María Longgi

“El legado literario que Juan Rulfo entregó a todos los mexicanos, constituye sin mayores preámbulos, una herencia cultural perfecta”, señaló ayer en conferencia de prensa, el presidente de la Asociación de Bibliófilos y Amigos del Arte, Antonio Artemio Moreno Campos. Y por esta razón, a 100 años de su nacimiento y  64 de la aparición de su primera obra, continuamos agradeciéndole sus cuentos de El llano en llamas, publicados en 1953, y su novela Pedro Páramo, que igualmente inundaron las librerías a partir de 1955. Así que cuando utilizo el adjetivo de “perfección”, estoy en lo cierto, al referirme de manera fundamental a nuestra Lengua Castellana, ya que Rulfo (Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno), logró honrarla desde siempre, mediante la elaboración de un lenguaje tan rico en sencillez, desenvoltura y espontaneidad, como en enfatizada elegancia. A ello se debe que el universo rural que el sayulense entregó a Hispanoamérica desde antes de que se declarara el “Boom”, logró lo que muy escasos maestros logran: conducir a sus alumnos, y en este caso a sus lectores, por las aristócratas sendas de la cotidianidad lingüística, mediante una estructura perfumada de magnificencia ortográfica, ritmo narrativo, puntuación, exacta descripción de imágenes y de vocablos, ¿y más todavía? Sí. Claro. Pero mejor ¡internémonos, en otra fresca, amorosa y muy bien explorada relectura”, aconsejó el conferenciante.

La Asociación de Bibliófilos y Amigos del Arte fue ocupada nuevamente por todo público, cuando su presidente, Antonio Artemio Moreno Campos, tomó nuevamente la tribuna de Coyoacán, para honrar la memoria de Juan Rulfo, a 100 años de su nacimiento y 64 de la aparición de su primera obra literaria. Y fue así, como don Artemio recordó también sus ayeres, los cuales, aclaró sonriente: “les faltan todavía varios años para ser centenarios. No obstante, pertenezco a esos movimientos libreros de nuestro país, en los cuales y con todo el corazón, fueron integrados por editores, escritores, maestros de humanidades de todas las universidades de la República y lectores.

“Lo primero que recuerdo, -comentó el directivo de la ABAA-, fue cuando nadie soltaba a dos escritores fundamentales: Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. Me acuerdo que la chamacada de los bachilleratos se enojaba cuando alguien negaba haber leído a Rulfo o a Borges. ¡Ignorante!, se escuchaba gritarle una chica a su galán, mientras se daba la media vuelta indignada. Y como explican algunos críticos, Rulfo no estaba enfilado centradamente en el “Boom”, sino antes de éste. Es decir, que incluso se le debe reconocer que estaba un tanto adelantado al fenómeno literario que se abrió con Carlos Fuentes, en México, Julio Cortázar, en Argentina; Mario Vargas Llosa, en Perú, Augusto Roa Bastos, en Paraguay, Gabriel García Márquez, en Colombia, o los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, por poner algunos ejemplos aparte de Isabel Allende, José Donoso, Manuel Scorza, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante o Manuel Puig.
LIBRERÍAS LLENAS, PERO SIN DINERO

Así, nuestro entrevistado vuelve a recordar: “a un México, recargado de gente leyendo, pero… nada más que gratis. Porque los libros eran colocados en su lugar, después de que el “cliente” leía las primeras 15 páginas, y claro, con el “sano propósito” de regresar a terminarlo de leer al día siguiente y comprobar, sin prisas, que el producto realmente valía la pena. Sin embargo, libreros y profesores, sabíamos desde entonces que lo más conveniente desde aquella época y de todas las épocas, es el fomento a la lectura. México es un país de grandes escritores, claro, pero el modelo cultural prioritario que toda nación persigue, debe estar basado fundamentalmente en su ascendencia de lectores. Ya que siempre serán insuficientes.

“Y viene a consideración, porque Juan Rulfo, según sus biógrafos, fue desde siempre un gran lector. Y como toda persona inteligente, hablaba poco, pero actuaba siempre con generosidad, fluidez y eficiencia. Por esta razón, dijo Moreno Campos a sus escuchas, le bastaron una novela y un libro de cuentos para ocupar un lugar de privilegio dentro de las letras hispanoamericanas. Así, como el gran genio que era, logró crear un universo rural inconfundible, ya que plasmó no solo las peculiaridades de la idiosincrasia mexicana, sino el drama profundo de la condición humana. El llano en llamas (1953) reúne quince cuentos que reflejan un mundo cerrado y violento, donde el costumbrismo tradicional se desplaza para vincularse con los mitos más antiguos de Occidente: La búsqueda del padre, la expulsión del paraíso, la culpa original, la primera pareja, la vida, la muerte. Pedro Páramo (1955) trata los mismos temas de sus relatos, pero los traslada al ámbito de la novela rodeándolos de una atmósfera oscura pero innegablemente poética y bella. El libro, ostenta además, una prodigiosa arquitectura formal, que fragmenta el carácter lineal del relato”.

¿Y cómo funciona esa arquitectura formal? preguntamos

“Con un escenario muy especial, Ana María. La mítica ciudad de Comala, que puede considerarse como una inmensa llanura en la que nunca llueve. Imagínate. Solo valles abrasados, lejanas montañas, aldeas habitadas por gente solitaria y misteriosa. Imágenes, que no están muy alejados de Apulco, pequeño pueblo en los bajos del estado de Jalisco, donde el 16 de mayo de 1918, nació nuestro escritor homenajeado.
UNA BIBLIOTECA PARA LEER

“Solo soy un modesto comentarista de Rulfo. Y lo hago, con el afán de que mis alumnos de Lengua y Literatura se entusiasmen con el tema. Por eso leo sus legados y me enriquezco con sus biógrafos. Resulta interesante saber que su imaginación se nutrió justamente de libros. Y la razón fue que Rulfo dividió su infancia entre su pueblo natal y San Gabriel (durante algún tiempo llamada Ciudad Venustiano Carranza) donde realizó sus primeros estudios y pudo contemplar algunos episodios de la sublevación cristera, violento levantamiento que al grito de “¡Viva Cristo Rey!” y ante el cómplice silencio de las autoridades eclesiásticas, se opuso a las leyes promulgadas por el presidente Plutarco Elías Calles, para prohibir las manifestaciones públicas del culto y
subordinar la Iglesia al Estado.

Así y con todo, Rulfo vivió en San Gabriel hasta los 10 años, en compañía de su abuela, para ingresar luego en un orfanato donde permaneció cuatro años más. Puede afirmarse sin temor a incurrir en error, que la rebelión de los cristeros fue determinante en el despertar de su vocación literaria, pues el sacerdote del pueblo, con el deseo de preservar la biblioteca parroquial, la confió a la abuela del niño. Rulfo tuvo así a su alcance, cuando apenas había cumplido los ocho años, todos aquellos libros que no tardaron en llenar sus ratos de ocio.
UNIVERSIDADES NO… TRABAJO SÍ

“Ahora bien. Yo en lo personal lo admiro mucho, porque a Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, no se le dieron las cosas fáciles. Por ejemplo, a los 16 años intentó ingresar a la Universidad de Guadalajara, pero no pudo, porque los estudiantes mantuvieron, por aquel tiempo, una interminable huelga que se prolongó a lo largo de año y medio. En Guadalajara publicó, sin embargo, sus primeros textos, que aparecieron en la revista Pan, dirigida por otro genio llamado Juan José Arreola. Poco después se instaló en México D. F., ciudad que, con algunos intervalos, iba a convertirse en su residencia definitiva, ya que el 7 de enero de 1986, le sorprendería la muerte.

“Ya en la capital, intentó de nuevo entrar en la Universidad, alentado por su familia a seguir los pasos de su abuelo abogado, pero fracasó en los exámenes, consolándose con un cargo interesante en la Secretaría de Gobernación, dónde como agente de inmigración, era necesario localizar a los extranjeros que vivían fuera de la ley. Así, desempeñó primero sus funciones en la capital para trabajar luego en Tampico y Guadalajara y recorrer más tarde, durante dos o tres años, extensas zonas del país, entrando así en contacto con el habla popular, los peculiares dialectos, el comportamiento y costumbres de las distintas regiones y grupos de población.

“Importante explicar que Rulfo se ganó la vida en trabajos muy diversos: Uno de ellos fue en una compañía que fabricaba llantas de hule, aunque también se registró su ingreso al Instituto Nacional Indigenista siendo asesor literario del Centro Mexicano de Escritores, institución que en sus inicios le concedió una beca”.
FAMA MUNDIAL

El abogado sonríe a su público, cuando asegura que la obra de Juan Rulfo, pese a contar solo de dos libros, le valió general reconocimiento en todo el mundo de habla española; reconocimiento que se concretó en premios tan importantes como el Nacional de Letras (1970) y el Príncipe de Asturias de España (1983), (además) fue traducida a varios idiomas. En 1953 apareció el primero de ellos, El llano en llamas, que incluía 17 narraciones (algunas de ellas situada en la mítica Comala), que son verdaderas obras maestras de la producción cuentista. Y cuando en 1955 aparece Pedro Páramo -la única novela que escribió Juan Rulfo- el acontecimiento señala el final de un lento proceso que ha ocupado el escritor durante años y que aglutina toda la riqueza y diversidad de su formación literaria. Una formación que ha asimilado deliberadamente las más diversas literaturas extranjeras, desde los modernos autores escandinavos, como Halldor Laxness y Knut Hamsun, hasta las producciones rusas y estadounidenses. “Basta con acercarse a la novela, indica el entrevistado, para dase cuenta que su estructura es más poética que lógica”.
LOS LIBROS QUE JAMÁS LLEGARON

Afirmó el directivo de la ABAA, que desde 1955, año de la aparición de Pedro Páramo, Rulfo anunció, varias veces y en épocas distintas, que estaba preparando un libro de relatos de inminente publicación, Días de floresta y otra novela titulada La cordillera, que pretendía ser la historia de una inexistente región de México desde el siglo XVI hasta nuestros días. Pero que el autor no volvió a publicar libro alguno. Yo escuché que en una entrevista de 1976, Rulfo confesó que la novela proyectada había terminado en la basura. De vez en cuando, algunos textos suyos aparecían en las páginas de las publicaciones periódicas dedicadas a la literatura. Así en septiembre de 1959, la ‘Revista Mexicana de Literatura’ publicó con el título de Un pedazo de
noche, un fragmento de un relato de tema urbano; mucho más tarde, en marzo de 1976, la revista “¡Siempre!” incluía dos textos inéditos de Rulfo: una narración, “El despojo”, y el poema “La fórmula secreta”.
Y bueno, tengo mucho más que platicar, solo que será, si el tiempo lo permite, en otro homenaje más que los mexicanos le rindamos a nuestro valioso e inolvidable escritor: Juan Rulfo. Y nosotros, quien nos agradó entrar a la conferencia para charlar después con el Maestro Moreno Campos, nos despedimos con
Un beso… Y hasta la próxima charla

anamarialongi@gmail.com