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Asfixia por pobreza

  • Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Todos los días hay temas internacionales o noticias sensacionales que nos distraen de nuestros más graves problemas y por eso hemos llegado a la situación pasmosa en la que México se encuentra sumido. Los inagotables viajes que realizan nuestros gobernantes al extranjero lo demuestran palmariamente. Nada más hay que ver cuántos viajes al extranjero realizan “servidores públicos” de los tres Poderes, de todos los niveles y rincones patrios, para darnos cuenta de que ello no solo significa una sangría espantosa para el erario, sino una desatención pertinaz de los gravísimos asuntos nacionales que sufren los mexicanos.

En primer lugar, la pobreza. Ya ni siquiera el vocablo mismo mueve a atención, ya ni siquiera conmueven las palabras de depauperación, miseria, hambre u orfandad. Se convirtieron en cifras del mañoso manoseo vergonzoso. El desempleo no es una desgracia solamente, sino una cifra propiedad de los economistas gordos y centaveados, lo mismo la desnutrición infantil, la obesidad o la diabetes, el alcoholismo o la desintegración familiar, los guarismos de las madres solteras o de los desparecidos o asesinados agotan nuestra capacidad de comprensión y de sensibilidad.

México vive el peor momento de su historia desde Acamampichtli hasta la fecha. Nunca habíamos estado tan mal. Lo que hemos perdido de patrimonio, de soberanía, de dignidad o de paz en estos últimos años, es más grave que el despojo y la mutilación del territorio nacional en el siglo XIX. Las ciudades son amontonaderos de seres humanos paupérrimos y angustiados con su situación, de mal comidos y de aturdidos o de atemorizados ante la inseguridad. Hay más de cien mil desaparecidos cuyos cadáveres las familias buscan sin orden ni concierto, tus muertos son tus muertos, tus asaltados son tus asaltados, tus hijas violadas son solo tuyas, tus hijos braceros o sicarios solo a ti pertenecen, no al entramado colectivo solidario o justiciero. Tu desdicha es individual, aunque se sume a la desgracia conmovedora y cruel de cien millones de mexicanos.

“Cada quien para su santo” reza el refrán. Las penas son de nosotros, las vaquillas son ajenas, sermonea el estribillo cadencioso. Arriba está la burbuja de la corrupción y de la ineficiencia que ya no sabe siquiera cómo afrontar sus propios demonios. Víctor Hugo, en Los Miserables, se quedó corto con lo que se ve en nuestros hacinamientos suburbanos. Charles Dickens sería hoy nuestro retratista más aproximado y Gustavo Alatriste, en QRR, filmando en Nezahualcóyotl de los sesenta resulta infantil. Hoy las situaciones en los barrios de Guadalajara o en las laderas de Guerrero, o las serranías de Oaxaca o en los ghetos turísticos de nuestras penínsulas o en las barriadas de la capital de la república son de terror y de un desconsuelo irreversible.

Generaciones enteras perdidas por la penuria, por la falta de alimento, o el exceso de alcohol, de drogas o de oportunidades. Nada define tanto a la ineficiencia de un Gobierno como el número de pobres que acumula. La pobreza no solo ha empeorado cuantitativamente, sino cualitativamente. Valga el “jeux de paroles” (juego de palabras): no solo somos más los pobres, sino también somos más pobres. Es mayor el número de pobres que nunca y también los pobres están más pobres que nunca antes. Junto con la miseria es inseparable la enfermedad, el desánimo, la desnutrición, la ignorancia, el resquebrajamiento ético, la irritabilidad, el caos familiar, el frío y la soledad. Esta navidad deséale a tus gobernantes los mejor. Ellos merecen todo.
rojedamestre@yahoo.com