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“Aún esperamos la verdadera Reforma Educativa”: EGW (I) | Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

El Gobierno de la República ha declarado que “el gran propósito de la Reforma Constitucional en materia educativa es hacer de la educación la fuerza transformadora de México. Esta reforma es fruto del compromiso y la determinación de todos. El Ejecutivo federal, en coordinación con las autoridades educativas locales, determinará los planes y programas de estudios, con la participación de maestros y padres de familia”. La cuestión es, como se ha denunciado, que esta reforma ha sido instrumentada operando en cualquier campo menos en el sustantivo: el educativo. Desde un inicio se pronunció para refrendar que la educación pública es laica, gratuita y obligatoria en los niveles básico y medio superior; incluyente y promotora de la igualdad de oportunidades. “Novedades” que se encontraban ya en el espíritu educativo desde la época del constitucionalismo reformista de 1857 y 1917. Sin embargo, su objetivo central ha sido, a pesar de pretender valorar “la gran labor del magisterio nacional, en beneficio del desarrollo de nuestro país”, la implementación de una reestructura eminentemente laboral. Con el pretexto de implementar procesos de evaluación docente para detectar necesidades de regularización y formación continua, lo único que ha logrado es afectar derechos laborales adquiridos que el Estado consintió para un sector de por sí violentado en su interior debido a las grandes pugnas nacidas de un sistema sindical que lejos de apoyar a los maestros y, sobre todo, a la educación de la niñez y juventud mexicanas, creció y se posicionó como uno de los grandes motores cupulares del poder político en las últimas décadas, pervirtiendo con ello el espíritu del verdadero sindicalismo y lesionando, en consecuencia, al sector que más debería haber sido protegido y apoyado por el Estado mexicano, en tanto depositario fundamental y decisivo de la responsabilidad de impulsar la verdadera transformación social de la nación.

Difícilmente habrá quien se pudiera oponer a una transformación educativa en bien del país, pero cuando las acciones tendientes a ello no inciden justamente en el proceso educativo y quedan restringidas a cuestiones eminentemente laborales, administrativas y políticas, lo único que se obtiene en consecuencia es la reacción virulenta de los actores involucrados. El escalamiento de conflictos en este sector era pues inminente, máxime si los líderes y grupos de poder del sindicalismo magisterial perdían sus añejas y desmedidas prebendas, pero el movimiento de los disidentes deriva también del embate a la estabilidad laboral que les asiste. Hasta ahora todo parecía marchar en ese sentido. Innumerables voces se habían pronunciado en los últimos meses en torno a la ausencia de un verdadero espíritu reformista de carácter educativo en la reforma, mientras las acciones del Gobierno han seguido adelante sin freno, como ha sido en el caso de los primeros docentes rescindidos por no cumplir con los nuevos lineamientos de evaluación que ha agudizado la oposición magisterial en estados como Guerrero, Oaxaca y Chiapas.

Lo alentador es que cuando parecía que ya en el panorama nacional nadie cuestionaría más lo acontecido, se eleva una voz nueva, finalmente crítica, la del Dr. Enrique Graue Wiechers, recientemente designado rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, nuestra máxima casa de estudios, desde cuyo papel fundamental en el devenir nacional ha declarado: Las “modificaciones constitucionales fueron administrativas… Es un primer paso, pero no es la Reforma Educativa. Hasta este momento son transformaciones en la forma de contratación de los profesores y evaluación de ellos; esperamos ver la verdadera reforma pronto… modelos, contenidos, materias”. Y he aquí el gran reto, porque de nada habrá servido agitar y afectar a un sector coyuntural de la sociedad mexicana como el magisterial, si al final nada se hace verdaderamente por transformar a la educación.

Por lo pronto, la atención está dirigida hacia la aprobación por el Legislativo federal de la nueva Secretaría de Cultura, el nuevo elefante blanco, sin sustento constitucional, que a su vez solo contribuirá a desmantelar la tarea esencial que cumple la propia Secretaría de Educación Pública, a engrosar la burocracia y a desvirtuar la razón de ser de Institutos Nacionales como el de Antropología e Historia y el de Bellas Artes y Literatura, con las afectaciones a nuestro patrimonio cultural correspondientes, pero ¿cuándo se trabajará verdaderamente por instrumentar el cambio educativo y cultural que requiere nuestro país?

¡Qué deplorable resulta tener siempre que remontarnos a paradigmas ajenos, como el famoso modelo educativo finlandés, pero tampoco podemos autojustificarnos diciendo: ésa es otra realidad, otras sus circunstancias! ¡No más! Para aspirar al verdadero cambio social y moral y, por ende, estructural de nuestra nación tenemos que asumir que el futuro de ella está en la educación. Mientras nos enfoquemos en cuestiones ajenas a ella y, sobre todo de índole política, seguiremos dejando pasar la oportunidad de avanzar y, con ello, solo contribuiremos a perder nuevas generaciones que seguirán naciendo ancladas a viejos modelos y sin identidad, porque hasta ahora no hemos sabido construir un proyecto auténtico y comprometido de nación.

bettyzanolli@gmail.com       @BettyZanolli

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