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“Aún esperamos la verdadera Reforma Educativa”: EGW (II) / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Décadas de abusos, cooptación y tráfico de influencias por los verdaderos procesos educativos son la realidad a la que -quisiéramos pensar- la actual administración federal se quiso enfrentar, pero para poderla revertir y sanear y así lograr catapultar el desarrollo de las nuevas generaciones de mexicanos, lo único que ha logrado implementar hasta ahora es un proceso de reordenamiento ajeno totalmente a una auténtica Reforma Educativa como la que el país requiere. No obstante, seamos también realistas, ninguna Reforma Educativa podrá implementarse mientras nuestra realidad continúe siendo la que es y el Gobierno federal carezca tanto de un proyecto real de transformación educativa como de la más indispensable plataforma económica, social y política que la pudiera fundamentar e impulsar. Si no, ¿por qué nuestros resultados educativos empeoran, tal y como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) lo ha advertido? Los años pasan y nuestros indicadores siguen en picada. Recientemente, con motivo de la presentación del reporte sobre el Panorama de la Educación en 2015, dicho organismo declaró que México es la economía que, dentro de sus integrantes, ocupa el primer lugar en desigualdad, con un gasto público bajo en educación y un presupuesto insuficiente por alumno.

¿Qué falta por hacer? Todo, porque la educación no es un mundo aparte. Es el corazón, el motor de toda nación, y mientras esto no sea comprendido responsable y cabalmente, de nada servirá la atomización, cese y criminalización de maestros disidentes o el encarcelamiento de líderes sindicales si nada se hace por promover con seriedad a la educación y, en cambio, solo se abona a la deslegitimación del rol magisterial. Por ello mismo, ¿cómo es posible que sostengan entonces los titulares del Gobierno federal que estamos a las puertas de la gran transformación educativa solo porque el 95 por ciento de mentores se sometió ya a la famosa evaluación oficial? ¿En qué cambia el panorama? ¿Dónde está la reforma? Y ojalá todo se circunscribiera a un mero discurso oficial demagógico. Lo crítico es que estamos muy lejos de enfocarnos hacia la construcción de un proceso verdaderamente regenerador de la educación nacional.

¿Dónde radica entonces el éxito de una Finlandia? Uno de los factores que ha impulsado su educación, a decir de los propios fineses, es el de contar con los profesores más preparados en los primeros niveles con sueldos equivalentes al de sus legisladores. Sí, tal es la importancia que un mentor tiene en dicha sociedad. Otro, esencial de su sistema, es el trinomio que integran familia, escuela e infraestructura académica, promotor de una cultura de disciplina y amor por la lectura, pero uno más, fundamental, es el superhábit de que goza esta Nación, que cuenta con solo 5 millones de habitantes. ¡Ah! Luego entonces nuestros políticos podrían decir: México tiene 24 veces más habitantes que Finlandia y su PIB es solo cinco veces mayor. Sí, ése es el reto, pero no la justificación. En países como aquél solo se imparten 600 horas de clase al año porque en los hogares continúan los procesos educativos y las bibliotecas abundan para acoger a niños y jóvenes. En México, las autoridades se ufanan porque las matemáticas, inglés y cómputo tendrán mayor presencia curricular, pero ¿dónde está la formación en valores, respeto y conciencia ciudadana? Al mismo tiempo, priva la idea de que tendremos mejor formación con más días y horas de clase, lo paradójico es que mientras en el contexto finés se busca “enseñar menos para aprender más”, aquí se promueve “enseñar más” y se termina aprendiendo menos porque de nada sirve incrementar la cantidad cuando la calidad es cada vez más deficiente. Y lo es porque no tenemos, insisto, un proyecto educativo ni tampoco un proyecto de Nación. Todo está supeditado al interés político y económico de la administración en turno.

Sí… México sufre. En sus calles la inseguridad, violencia y criminalidad imperan y en los hogares ningún proceso educativo puede continuarse porque los progenitores (si los hay) deben trabajar jornadas cada vez mayores para poder intentar sobrevivir. La crisis económica ha agudizado la descomposición social, de ahí lo impostergable de promover la transformación educativa que permita modificar nuestra realidad. ¿Tendrá tiempo para ello el titular de la Secretaría de Educación Pública? Difícilmente, porque si no lo tiene para la cultura, menos lo tendrá para la educación. Lo dramático es que su frase es un recordatorio cabal, permanente, del abandono y desprecio que tienen los políticos y funcionarios hacia la sociedad y símbolo redivivo del rancio espíritu absolutista de un Luis XVI, del que ni siquiera emulan su proclividad al impulso del arte y la cultura. Sí… sufre nuestra nación.

bettyzanolli@gmail.com                                  @BettyZanolli