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Bárbaros

  • Pablo Marentes

El titular del Poder Ejecutivo Federal de Estado Unidos, Donald Trump, al llegar a Varsovia hace tres días en visita oficial, hizo un “llamado a Occidente a defender su civilización y sus valores” Lo aplaudieron prolongada y efusivamente miles de polacos que ya no recuerdan que lo mismo hizo Adolfo Hitler cuando propuso el Anschluss -unión, reunión, fusión-, de Austria y la Alemania nazi en una sola nación, el 12 de marzo de 1938, para defender los valores de la raza aria. La referencia de Occidente, para diferenciar a un conjunto de países por su situación geográfica y peculiaridades históricas y afinidades o coincidencias artísticas, deportivas, tecnológicas, es un anacronismo. Pero además es un error historiográfico.

La denominación surge como identificación de una civilización, cuyos sistemas de gobierno y nociones “culturales”, provienen de fuentes de conocimientos verificables respecto de las cuales fueron homogeneizados un conjunto de países que adoptaron sistemas sociales, culturales y económicos con ciertas similitudes. Occidente es un concepto excluyente de valores culturales calificados como orientales y que comprende etnias discriminadas como chinos, árabes, musulmanes, judíos, o semitas, indios de la India, o indios a secas por carecer de una denominación mejor para identificar a los descendientes de dos de las seis civilizaciones originarias: Mesoamérica y el Área Andina y de las cuatro restantes que son menospreciadas por Occidente: Mesopotamia, Egipto, China y el Valle del Indo.

Suele explicarse que el mundo occidental está formado por Europa, América del Norte, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. Algunos países, como Rusia o Israel, pueden ubicarse en uno u otro lado.

La necedad discriminatoria tiene su origen en el error histórico de considerar que la “cultura” madre del occidente proviene únicamente de Grecia, Roma y finalmente del proceso de cambio social, económico, político y estético denominado Renacimiento, cuya génesis se adjudican los italianos florentinos. Conviene recordar que el Renacimiento entra a Europa a través de la península Ibérica en el siglo XI.

Recordemos que los guardianes de la poesía y el teatro y de la producción intelectual, analítica, tecnológica y de ciencias aplicadas originados en Grecia, que permiten ir y volver a pie de extensas porciones de Asia, el Medio Oriente y luego efectuar las largas singladuras a través del Atlántico primero y luego del Pacífico, son producto de las geometrías griegas y del álgebra de los musulmanes. Es en la Escuela de Traductores de Toledo -establecida por los reinos musulmanes en Hispania-, donde se custodian y se rescatan para Occidente, los manuscritos de los filósofos y geómetras griegos.

Los musulmanes derrotan y conquistan a los visigodos entre 711 y 726. Y de inmediato comienzan a traducirlos. La filosofía, las ciencias puras y aplicadas entran a España en el siglo XI y comienzan a conocerse a lo largo del siglo XII en Europa. Este es el antecedente original del Renacimiento, que culmina con el exhorto de Kant: Atrévanse a pensar, el detonante del Renacimiento en Europa Occidental.

Conviene recordarles a los habitantes de “Occidente” el consejo de Kant: frente a las peligrosas necedades de Trump: Atrévanse a pensar. Y manténganse pensando. El muy diferenciado y prometedor mundo actual, se encuentra amenazado por ese hotelero animador de causas fallidas.