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Coches a escala, arte, diseño y pasión

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vissuet

Los coleccionistas son los salvadores del pasado, sin su pasión por preservar los objetos que el progreso relega al desuso, se perderían infinidad de piezas con gran valor estético. Los modelistas de coches agrupados en el Museo del Automóvil a Escala (MAE) han reunido ya 40 mil ejemplares históricos a lo largo de medio siglo; 450 de ellos se exponen en el Museo Franz Mayer.
MEMORIAS SOBRE RUEDAS

Un automóvil siempre es una promesa de aventura. Especialmente cuando se es niño, como los protagonistas de “Chitty Chitty Bang Bang” (Inglaterra, 1968), de Ken Hughes. En las pantallas del Museo Franz Mayer se reproducen algunas escenas de esta película, considerada de las mejores entre las dirigidas al público infantil. A comienzos del siglo XX, los hermanitos Jemima (Heather Ripley) y Jeremy Potts (Adrian Hall) se instalaban al volante de un viejo coche de carreras, arrumbado en el depósito de chatarra; con su imaginación ganaban los grandes premios de Europa. Pero el dueño del depósito estaba a punto de vender los restos del bólido. Venturosamente, el inventor Caractacus Potts (Dick Van Dyke), padre de Jemima y Jeremy, rescataba al antiguo campeón, lo convertía en un magnífico automóvil de pasajeros y lo bautizaba como “Chitty Chitty Bang Bang”.

La película, con argumento de Ian Fleming, el creador del Agente 007, alcanzó gran éxito. También desfilan por las pantallas digitales del Museo Franz Mayer el “Troncomóvil”, de Pedro Picapiedra; el “Batimóvil” de los sesenta; los bólidos de “los autos locos”; “Betsabé” (“Black Beauty”), el sedán acorazado del Avispón Verde y el “vochito” “Cupido motorizado”.

En otros tiempos, los modelos a escala se encontraban en las farmacias y en las tiendas de autoservicio: se podía hallar un “Modelo T” de 1920, un “Jaguar XK-E”, de 1962; un “Lincoln Continental”, de 1941, e incluso un suntuoso “Dussemberg”, de 1934, todos con sus detalles bien resueltos, desde los rines de rayos hasta el supercargador. En esos mismos comercios se conseguían los pegamentos y las pinturas especiales para modelismo.

Los modelistas Carlos García Cota, Juan Tascón Venegas y Víctor Ortiz Carrasco, quienes participaron en la conferencia de prensa junto al director del museo, Héctor Rivero Borrell, comentan que han desaparecido varias de las casas dedicadas a esta afición, ya no se venden los juegos de piezas en las farmacias ni en los autoservicios y son contados los negocios especializados.

El MAE no cuenta con una sede, sus modelos se atesoran en los domicilios particulares de los miembros y se prestan para su exhibición en recintos abiertos al público. La muestra del Museo Franz Mayer es el resultado de un muy largo y cuidadoso esfuerzo.
MODELOS EXTRAORDINARIOS

Los apasionados del automóvil reconocerán varios coches históricos: uno de los más singulares es el “submarino de oro”, de 1917, insólita obra del constructor estadunidense Harry Armenius Miller, quien más tarde produjo varios bólidos triunfadores en las 500 Millas de Indianápolis. En aquella época, los carroceros casi invariablemente diseñaban coches de líneas predominantemente rectas, como se puede advertir en las vitrinas. Una de las contadísimas excepciones había sido el “Alfa Romeo” 40-60, de 1914, con carrocería aerodinámica de Castagna; su forma de gota reducía la resistencia al aire. Poseía un gran parabrisas y ventanillas tipo claraboya. Era un vehículo de conducción interna, que ponía a todos sus ocupantes a salvo de los elementos, sin necesidad de instalar las ventanillas de lona y mica, ni desplegar la capota impermeable, como en tantos coches de la época.

El “submarino de oro”, de Miller, posiblemente se pudo inspirar en el diseño de Castagna, pero su propósito era la pista de carreras. El piloto Barney Oldfield, “rey de la velocidad”, deseaba un bólido innovador, de carrocería completamente cerrada y aerodinámica. El modelo que se expone en el museo reproduce detalladamente las características de aquel coche, incluso el motor de cuatro cilindros que se exhibe con el cofre abierto; la portezuela, también abierta, permite asomarse a la cabina. Las ventanillas, tan magras como el parabrisas, reducían considerablemente la visibilidad. Sin embargo, Oldfield batió varias marcas al volante de aquel “submarino de oro”, que hacía honor a su nombre, no solamente por su pintura dorada, sino por su elevado precio: quince mil dólares de la época, el pago de una estrella de Hollywood.

Otro modelo histórico presente en la exposición del Franz Mayer es el “Citroën” DS 1955, que la prensa internacional saludó como uno de los coches más revolucionario de la historia, tanto por su estilo futurista, como por sus innovaciones mecánicas. Junto al DS, todos los demás modelos parecían “demodés”. El enviado de la revista estadunidense “El automóvil americano”, a la exposición de París, W. F. Bradley, apuntó en el número correspondiente a diciembre de 1955: “Un Citroën enteramente nuevo bajo todo aspecto, arrasó con el entusiasmo de los concurrentes a la exposición de automóviles de esta ciudad”. “Extraordinariamente moderno”. “Citroën triunfa en la exhibición de París”. “…Cambios revolucionarios de ingeniería”. “Casi todas las cosas en el nuevo Citroën se accionan hidráulicamente desde una fuente central de energía -suspensión, frenos, dirección, embrague y cambio de marcha- siendo con creces la creación automovilística más destacada en años”. En contraste, John Tunstall, el enviado a la exposición de Londres, apuntaba: “Buenos coches ingleses, pero convencionales”.

Mucho menos innovador, pero sin duda majestuoso e imponente es el “Buick Roadmaster”, convertible de 1949, una de las creaciones del ingeniero Harley J. Earl, precursor del diseño profesional en la industria automotriz estadunidense. Earl concibió la idea de los cambios anuales en el estilo de los modelos en la posguerra, que se convirtieron en una tradición para los entusiastas consumidores en una época de prosperidad. Cada año se llevaba a cabo, además, el espectacular “Motorama”, exposición de los nuevos modelos, con sus innovaciones más irresistibles y con una vocación futurista que ponía a soñar a los visitantes.

Earl creó los distintivos que volvieron inconfundibles durante muchos años a los coches más prestigiosos de la mayor compañía automotriz en el mundo: las calaveras en forma de “cola de pato” para los Cadillac -coche favorito de Tin Tan- y las pequeñas “ventilas” redondeadas que adornaban el cofre o las salpicaderas frontales de los Buick. El número de “ventilas” identificaba la categoría de la serie: tres para los Súper, cuatro para los Roadmaster, que se equipaban con motor V-8, llantas de cara blanca, transmisión automática, frenos de potencia, dirección hidráulica, ventanillas y capota motrices, amén del monumental radio de bulbos con botones de cambio rápido para programar las cinco estaciones favoritas. A lo largo de las nuevas autopistas de Estados Unidos surgieron entonces los “palacios para los automovilistas”, lujosos moteles con jardines, albercas, aire acondicionado y juegos infantiles. El turismo en automóvil comenzó su auge, mientras el ferrocarril de pasajeros entraba en declive.
LOS PRECURSORES

Los modelistas también han reconstruido los primeros vehículos que prescindieron de la tracción animal, como el automóvil de vapor que diseñó hacia 1763, el oficial de ingenieros del ejército francés, Nicolás-Joseph Cugnot, con fines militares. El modelo experimental, que se probó el 23 de octubre de 1763, se reconoce como el primer automóvil de la historia, ya que consiguió circular por sus propios medios, aunque a la postre no pudo superar los problemas que se le presentaron.

En las vitrinas del Franz Mayer aparecen igualmente los “locomóviles” y las diligencias impulsadas por vapor en la Inglaterra victoriana, que tuvieron que acatar unas leyes muy restrictivas, que las autoridades justificaron con motivos de seguridad.

No falta el primer automóvil de gasolina verdaderamente práctico, el triciclo de Karl Benz, que se presentó exitosamente en público el tres de julio de 1886 en Mannheim, Alemania. Aquel primer verdadero automotor de gasolina entró en la historia como el “Motorwagen”, alcanzó los 16 kilómetros por hora e inauguró una nueva era en el transporte terrestre.

Hay dioramas que recrean los talleres, los caminos rurales, las carreras épicas entre París y Pequín y los modernos autódromos. Solamente la pasión explica el tiempo, los recursos, el ingenio y el esfuerzo que empeñan los modelistas. Como dice Héctor Rivero Borrell: “Algún vicio debíamos tener”.

La muestra puede visitarse de martes a viernes, en Avenida Hidalgo 45, de 10:00 de la mañana a 5:00 de la tarde; los sábados y domingos, de 10:00 de la mañana a 7:00 de la noche. Hay descuentos para estudiantes, maestros y mayores de 60 años. Los menores de 12 años entran gratis.