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Bazar de Cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vizzuet Olvera
  • “Los nahuales de la plástica”: la Oaxaca surrealista

Las exposiciones colectivas deben ser como los buenos equipos deportivos: las figuras consolidadas deben arropar a las nuevas generaciones, así el público y la crítica empiezan a conocer su trabajo. Es el caso de “Los nahuales de la plástica”, con 44 piezas de Francisco Toledo, Raúl Herrera, Claudio Jerónimo, Rubén Leyva, Francisco Monterrosa, Shinzaburo Takeda, José Villalobos y Luis Zárate. La sede es el edificio del IMSS, en Paseo de la Reforma 476. La muestra permanecerá abierta hasta el 28 de febrero.

OAXACA Y SUS ESPÍRITUS

Cada persona llega a este mundo bajo la protección y guía de su nahual, el espíritu de alguno de los animales de la naturaleza. Así lo creían los mesoamericanos, así lo creen aún muchas comunidades. El cuento “La Tona”, de Francisco Rojas González, relata esa antiquísima tradición: el recién nacido había de portar el nombre del pájaro o la bestia que primero fuera a saludarlo. Tal había de ser su tona: “Ella lo cuidará y será su amiga siempre, hasta que muera”.

Muy lejos de México, entre los pueblos de Norteamérica, también cada tribu y cada ser humano contaban con el amparo de su propio animal de poder, su tótem, que no solamente le ayudaba en sus actividades, sino también le permitía hallar la armonía con la vida.

Quien visite “Los nahuales de la plástica” deducirá que los artistas ahí presentes poseen todos sus respectivos nahuales y que lo expresan a través de sus obras. Todos tienen en común además su “nacionalidad” oaxaqueña, y, por ende, una visión del mundo muy distinta a la del arte urbano. Quizá, los habitantes de las ciudades estemos algo cansados de las piezas que se esfuerzan por seguir las tendencias “globales” en auge. Eso que los amantes de emplear anglicismos para todo, llaman afectadamente “el mainstream”.

En todas las obras que integran “Los nahuales de la plástica”, se advierten las tradiciones culturales de Oaxaca. El color y la imagen figurativa se confabulan para crear mundos y realidades paralelas. En ellas, los humanos encuentran la armonía con la flora y la fauna, como en la Edad de Oro.

El surrealismo se manifiesta a menudo en las obras de los oaxaqueños. En realidad, existía avant la letre, mucho tiempo antes de que se integrara el grupo vanguardista del siglo XX. El surrealismo existirá también en los tiempos venideros, con ese nombre o con otros.

Así lo ilustra Francisco López Monterroso, quien presenta su primera escultura en bronce, “La Mareña”, una mujer que hermana a los seres del agua y a los mundos que hay más allá del cielo. De sus faldas tradicionales emergen peces que ejecutan una especie de danza, mientras “La Mareña” levanta en su diestra a la luna creciente. Es como una deidad mitológica, obradora de prodigios.

Su creador comenta: “Me formé en la Casa de la Cultura de Juchitán, en mi tierra. Posteriormente fui a la Escuela de Bellas Artes en la ciudad de Oaxaca; estuvimos becados luego en Japón, estudiando gráfica. Fueron tres años en Japón. Trabajo en la pintura, el grabado, el dibujo y ahora en la escultura”.

Respecto a la vocación figurativa de su trabajo, López Monterroso opina: “Yo siempre he dicho que se tiene que empezar por lo figurativo, para después llegar hacia donde el corazón nos dice, hacia donde el alma nos dice.Yo empecé como figurativo, pasé por muchas etapas dentro del abstracto, del cubismo. Pasé por todo lo demás, después regresé a lo que soy: surrealista figurativo. Don Andrés Henestrosa decía que había algo extraño en mi obra, porque yo no tenía influencia japonesa, pese a que estuve mucho tiempo por allá. Le dije: ‘No, don Andrés, aquello que ya está bien cimentado no se pierde’. Incluso tengo una obra que es un centauro; habla acerca de la mitología, pero con un resplandor de tehuana. Un centauro-cebra. Y es que quiero a mi tierra, amo mis tradiciones. Decía que ni a Dalí se le hubiera ocurrido. Le dije que no porque no era de Oaxaca, no era juchiteco. Me decía mi maestro: ‘Cuando usted quiera hablar del arte siempre sea sincero, nunca diga mentiras en su obra, sea usted. Francisco Toledo es de Juchitán, por eso tiene un lenguaje que es universal, y es de Oaxaca ¿Y cuál es el lenguaje de Monterroso?’. Ahora los maestros me han acogido para caminar con ellos. Ésta es mi primera escultura, ya viene otra monumental. Se trata de involucrarnos más en la escultura”.

ENTRE LA FIESTA Y LA VIDA DIARIA

Las obras gráficas de Shinzaburo Takeda fueron de las más comentadas. También son surrealistas en una forma muy oaxaqueña y muy mexicana. Para Takeda el mundo es como un océano de aire en el que, cual hipocampos, coloridos humanos, ángeles y animales nadan con toda naturalidad, lado a lado: el cocodrilo y la vendedora de frutas, el campesino y el gallo, los novios en bicicleta y un ángel güero.

Francisco Toledo expone su mitología del Nuevo Mundo: “La Muerte mazorquera”, acuarela sobre papel en que la parca también le rinde tributo al maíz, porque como dicen los defensores de este alimento ancestral, “sin maíz no hay país”; de Toledo es también “La Mujer-Alacrán”.

Luis Zárate les dedica su quehacer gráfico a las palmeras, que en México prosperan incluso en los parques y camellones de la, a menudo, friolenta capital; las palmeras invocan las playas y los oasis, que a veces no están rodeados de arenas, sino de asfalto, cemento y legiones de vehículos
motorizados.

Marco Palma presenta sus esculturas que rememoran el arte que se ha llamado “primitivo”, y que hoy reconocemos como intemporal; el mismo que nutrió a los modernos, cansados de seguir los caminos occidentales.

Hay mariposas estilizadas, más seres mitológicos, enmascarados que vienen de otras dimensiones, música, fiesta, carnaval; hay óleo, grabado, bronce y cerámica vidriada.

Oaxaca es en sí misma una potencia internacional de la plástica. Sus artistas son originales, vigorosos, atrevidos y, sobre todo, rigurosos.

En una época en que muchos se confían a los programas informáticos, los artistas de Oaxaca dominan lo esencial: el dibujo, la composición, los materiales, soportes, instrumentos y técnicas.

Lo más importante es que todos tienen mundosy vidas que expresar. En sus trabajos aparecen las tradiciones, las fiestas, los rituales, la vida cotidiana, el paisaje, el campo, la aldea, el templo, la flora y la fauna. Aparece sobre todo la gente.

En la obra de los artistas oaxaqueños, humanos, animales, seres mitológicos y espirituales viven todos a salvo de la vorágine “urbana” y del anonimato. En el mundo de los oaxaqueños no hay multitudes de seres anónimos, ataviados con prendas que se fabrican en serie y que los vuelven a todos invisibles. No hay muchedumbre, hay gente. Cada personaje es único y vive en permanente relación con los demás.

Eso tal vez sea la principal distinción entre el arte de Oaxaca y el de las vertientes “globales”: los seres humanos nunca han perdido su identidad, existen a la vez como individuos y como seres comunitarios que forman parte a la vez de la naturaleza.

Durante el acto inaugural actuó el notable ensamble “Alma de cuerdas”, también de Oaxaca, bajo la dirección de Octavio Zárate. Sus integrantes son muy jóvenes y su maestría demuestra que otra de las grandes expresiones de la cultura oaxaqueña mantiene su vigor de siempre.

“Los nahuales de la plástica” fue inaugurada por el director general del Instituto Mexicano del Seguro Social, Mikel Arriola, quien dijo que la institución presenta a los maestros oaxaqueños con orgullo por su reconocimiento internacional.