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Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  •  Encuentro de arte popular: el talento mexicano y sus problemas

Nunca antes había padecido una realidad tan difícil el arte popular. Al cúmulo de viejos problemas –sobre todo, la falta de una valoración justa por parte de los compradores– se ha sumado en los años recientes la inseguridad, el crimen organizado que secuestra a las comunidades. Pese a todo, los maestros populares no se rinden. Prueba de ello es el “Encuentro de las colecciones de arte popular: valoración y retos”, que se llevará a cabo en el Museo Franz Mayer, del 31 de mayo al 4 de junio.
UN PUEBLO TALENTOSO

La fama del arte popular mexicano llega a países geográficamente tan lejanos como Argentina. Cuando un mexicano entra en una tienda bonaerense de arte popular, los encargados le dicen, con admiración, que no hay creaciones tan prodigiosas como las mexicanas.

En la cercana Montevideo, EduardoGaleano atesoraba los michoacanos diablitos de Ocumicho. El autor de
Memoria del fuego reflexionaba en un documental: “Estas cerámicas mexicanas prodigiosas, jubilosas, muy bandidas, han nacido de las manos de mujeres sufridas, de vida opaca, castigadas por sus maridos y a ellos condenadas, como si un marido fuera un destino. Y esas mujeres que viven sumergidas en la tristeza crean un arte sencillo, bello, de tan alta alegría, en hornos muy elementales, muy primitivos, es increíble. Pero, ayuda a vivir saber que cada mundo contiene otros mundos posibles, que cada mundo está embarazado de otros mundos, que esos mundos se llevan en la barriga, o vaya a saber adónde, hasta en el pelo. ¡Lo digo yo que no tengo!”

El talento de los artistas populares de nuestro país ha llenado museos, libros, documentales, reportajes, exposiciones y congresos. Fue el tema del cuento Canastitas en serie, de B. Traven, que llevó al cine en 1956 Julio Bracho, con Jorge Martínez de Hoyos como en tejedor de canastas, cuyo arte resultaba incomprensible para un joven matrimonio estadounidense.

Sin embargo, es en nuestro país donde parece menos apreciado el arte popular. Ruth Lechuga fue una de las coleccionistas e investigadoras más comprometidas con el estudio, la difusión y el reconocimiento de este
patrimonio.

En el Museo Franz Mayer, para platicar con la prensa acerca del “Encuentro de las colecciones de arte popular: valoración y retos”, se reunieron la antropóloga Marta Turok, coordinadora del Centro de Estudios de Arte Popular Ruth D. Lechuga; Margarita de Orellana, directora general de Artes de México; el maestro Octavio Murillo Álvarez, director de Acervos de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, y el maestro artesano Marco Antonio Miranda.

Durante los cinco días de trabajo, participarán 40 especialistas. Habrá mesas de trabajo y plenarias. Los días 2, 3 y 4 de junio se llevará a cabo una expo-venta artesanal, con talleres y demostraciones de los procesos de producción, a cargo de los propios maestros que vendrán desde diferentes comunidades de la República.

El documental Un viaje a la región Seri (1951), de Carlos y Ruth D.
Lechuga, filmado originalmente en formato de ocho milímetros, se estrenará en video, en el marco del encuentro, que culminará con una pasarela de indumentaria ceremonial indígena, en la que participarán modelos voluntarios.

Ruth Lechuga será recordada mediante tres exposiciones: “Otra forma de mirar a México”, integrada por 46 imágenes, “Mis 10 piezas favoritas”, que en realidad reúne 16 obras, y “Ruth D. Lechuga, su colección documental”.
UN ARTE MAL AQUILITADO

El arte popular mexicano, desde hace muchas generaciones, debe lidiar con la vieja incomprensión respecto al talento, el tiempo, el esfuerzo y la originalidad que encierra cada pieza: como lo relata B. Traven en Canastitas
en serie.

Este famoso cuento de Traven describe el cuidadoso trabajo del artista popular, que invierte entre 15 y 20 horas para terminar cada pieza: “En cada una se admiraban los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más de animales habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta, era parte de ella, pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artísticamente, que los dibujos podían admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estuviera acabada nadie podía saber cómo quedaría”.

Esa misma descripción expresa, con justicia, el valor de cualquier otra especialidad del arte popular mexicano: la cera, la alfarería, los textiles, el hierro forjado, el vidrio, la talla en madera, la cantera, la peletería.

El maestro Marco Antonio Miranda, especialista en el trabajo con la cera, ofrecerá un taller en el que los visitantes podrán observarlo mientras crea sus piezas. Esta experiencia puede ayudar a que apreciemos mejor la valía de sus creaciones.

La valoración injusta del arte popular es uno de los graves problemas que le han puesto en riesgo de extinción. Se trata del conflicto principal en el citado cuento de Traven. La utilidad de las canastitas era múltiple y versátil: alhajeros, costureros, estuches para pequeños accesorios o instrumentos. Sin embargo, los compradores invariablemente le pichicateaban el precio al esforzado creador.“¡Pero si no es más que petate que puede cogerse a montones en el campo sin comprarlo!, y, además, ¿para qué sirve esa cháchara?, deberás quedar agradecido si te doy 30 centavos por ella. Bueno, seré generoso y te daré 40, pero ni un centavo más.
Tómalos o déjalos”.

Traven, agudo como siempre, también expone el conflicto entre el artista y la producción industrial: “A menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado, porque en México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los objetos que se fabrican en serie por millones y que son idénticos entre sí, tanto que ni con la ayuda de un microscopio podría distinguírseles. Aquel indio había hecho en su vida varios cientos de estas hermosas cestas, sin que ni dos de ellas tuvieran diseños iguales. Cada una era una pieza de arte único, tan diferente de otra como puede serlo un Murillo de un Renoir”.

Durante la conferencia de prensa, se comentó esa absurda práctica: los clientes que no titubean en pagar al contado sumas desmesuradas por un artículo “de marca”, o bien. que se endeudan para adquirirlo mediante la tarjeta de crédito, les regatean invariablemente a los artistas populares que ofrecen sus productos en los tianguis.
NUEVOS ENEMIGOS

El México de hoy no es ya como aquel país apacible sobre el que escribió Traven, el país que míster Wintroph podía recorrer confiadamente hasta sus más remotos parajes. Ya los artistas populares no pueden dedicarse a trabajar en paz, frente a sus parcelas, como el tejedor de canastitas prodigiosas. “En muchas de las comunidades donde están situados los artistas populares, el crimen organizado ha sentado sus reales”, advierten los investigadores.

A los artistas populares nunca les resultó sencillo salir de sus comarcas, pero ahora permanecen en la incertidumbre. Quienes deseen visitarlos, deben saber que se arriesgan a sufrir alguna forma de violencia. Los investigadores ya no pueden viajar a las comunidades como lo hacía Ruth
Lechuga. Incluso una entrevista o un reportaje puede ser contraproducente para el artista popular, ya que llamará la atención de los delincuentes sobre él y le exigirán pago de protección.

Hay más enemigos: el caracol púrpura es una especie de la que se obtiene un tinte único. Los artistas populares mixtecos, con él, colorean rebozos huipiles y otras prendas típicas. Pero el caracol púrpura está a punto de extinguirse, porque se le depreda sin tregua, no para fines artesanales, sino para que los adictos a la marisquería los disfruten en cocteles, con “avocados” que se cultivan en terrenos otrora forestales.

Los vacíos legales impiden que alguna autoridad les marque un alto a los depredadores, y los congresistas no parecen muy apurados en asegurar la protección legal de la especie.

Como se puede advertir, hay mucho de qué dialogar. El Museo Franz Mayer le espera a partir del miércoles 31 de mayo, a las 9:30 de la mañana, en la Plaza de la Santa Veracruz, avenida Hidalgo 45, muy cerca de la estación
Bellas Artes del metro.