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Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • La estudiante y el señor Henri: una comedia sobre los encuentros

En París, todos los días hay miles de aspirantes a conseguir un alojamiento. A veces tienen que formarse y aguardar largamente su turno para entrevistarse con quienes ofrecen un dormitorio en alquiler. La joven Constance Pipponier (Noemí Schmidt), recién llegada de Orleans para presentarse a un examen de admisión, descubre que su potencial casero (Claude Brasseur) es un octogenario misántropo, decidido a ahuyentar a todo posible inquilino. Así comienza La estudiante y el señor Henri (Francia, 2015), de Iván Calbérac.

“Ella necesita un alojamiento, él no necesita a nadie”, reza el cartel de esta grata comedia dramática, que se basa en la exitosa obra de teatro homónima de Calbérac, y que se estrenó el viernes 2 de junio en las pantallas mexicanas. Como lo advierte el lema publicitario, el humor de la anécdota se basa en los contrastes contundentes entre sus protagonistas: la fresca mocedad de Constance se tropieza con los gruñidos del señor Henri Voizot, un anacoreta urbano, reacio a cualquier clase de compañía.

El señor Henri lleva muchos años solo: le heredó su acreditado despacho de contabilidad a su hijo Paul (Guillaume de Tonquédec). Solamente sale de su muy clásico departamento para comprar alimentos o alguna revista.

Un “investigador social” de alguna institución u “ONG”, con su involuntario humor negro, nos diría que no es correcto referirse al señor Henri como un anciano solitario. Que se trata, en realidad, de “los Voizot, una familia unipersonal”.

El lenguaje políticamente correcto no cambiaría un hecho irreversible: el señor Henri ya no puede bastarse por completo a sí mismo, y para no verse internado en un asilo, para proseguir la vida en su entrañable mundo particular, acepta a regañadientes la sugerencia de Paul: rentar un dormitorio. El inquilino, a cambio de un alquiler accesible, tendrá el compromiso de constatar que su casero se apegue a los tratamientos médicos.

A ningún inquilino le resultaría sencillo convivir con el huraño exprofesionista, que ni a su propio hijo trata con diplomacia. Cuando Paul le visita, el octagenario se las arregla para que la fugaz estancia le resulte un suplicio al ya cuarentón contador. Y no faltaba más: el señor Henri detesta a su nuera, Valérie (Frédérique Bel) a quien considera boba, insulsa y afectada. Se puede sospechar un agravante: al suegro le fastidia particularmente que, conforme a la ley francesa, Valérie ostente su mismo apellido: Voizot.

Más, como todo buen personaje, el señor Henri posee relieves: una breve toma muestra al ermitaño cuando, luego de comprar su austero mandado, se sienta en el parque para contemplar, a través de las frondas, la ciudad que se extiende hasta el horizonte. Además, cuida con esmero a su mascota y atesora el piano que tocaba su difunta esposa. La sensibilidad del señor Henri permanece oculta, pero sigue viva.

LA HIJA DEL LOCATARIO

En otra esquina del cuadrilátero, Constance Pipponier se prepara a dar una pelea decisiva para su porvenir.

Los adultos, que tienden a idealizar su propia juventud, la rememoran como una etapa de plenitud física, despreocupación y diversiones. Suelen olvidarse de la estrechez económica, las constantes dudas, los desengaños, los tropiezos y los conflictos familiares. Constance atraviesa precisamente por una etapa de crisis, marcada por su decisión de elegir su propio camino, lo que implica una batalla con su señor padre.

El señor Pipponier (Stéphan Wojtowicz), un próspero locatario, no tiene ninguna confianza en las capacidades de su hija mayor. El comerciante pretende que Constance se olvide para siempre de los sueños universitarios, tras un rechazo en el examen de admisión. Según él, para la joven no hay más futuro que heredar el puesto de verduras.

La madre de Constance (Valérie Kéruzoré) es más amable con su retoño, pero tampoco muestra gran confianza en el talento de la muchacha, que acaba de reprobar, por quinta vez, su examen de manejo, que en Francia es muy estricto y costoso. Por cierto, la acreditada actriz Anne Loiret interviene en un pequeño papel, como la funcionaria que le aplica a Constance el examen de manejo, lo que da idea de que Calbérec sigue el viejo principio de John Ford: pone sumo cuidado en los personajes secundarios e incidentales, lo que fortalece el conjunto.

La lucha contra los mayores cuando pretenden imponer una vocación-un matrimonio, un proyecto de vida- es un antiquísimo conflicto humano, presente en todas las generaciones, culturas y clases sociales. Es el eje de la novela autobiográfica del escritor sardo Gavino Ledda, Padre, padrone, que los hermanos Taviani llevaron al cine en 1977.

En aquella novela, y en la película, el protagonista, obligado a alejarse de su aislada tierra para prestar el servicio militar, terminaba por cuestionar más definitivamente el destino que su padre le tenía trazado. Las experiencias que vive en el continente y la amistad que descubre en un camarada, le revelan sus propias posibilidades.

La comedia dramática francesa es, desde luego, mucho más amable. Pero es tan inteligente como la italiana. Bajo circunstancias más benignas, Constance atraviesa la misma situación que el muchacho de Cerdeña.

Como les sucede a tantos jóvenes, a Constance los vivales experimentados le conectan frecuentes golpes bajos, y en la vida no hay jueces que sancionen las trampas: su amante, un tenorio que la despide con premura mientras mira el reloj, exclama “¡Genial! ¡Bravo!” cuando ella le informa que halló alojamiento en París. Con un evidente desencanto, Constance le contesta que parece darle igual si ella se va o se queda. El galán, que entiende la liberación de la mujer a su conveniencia, repone: “Estaba previsto. Sabíamos que así terminaría. ¿No?”
L’APPRIVOISEMENT DE UN ANACORETA

El padre de Constance resulta beatífico al lado del señor Henri, pero a veces, los gruñidos del viejo parisino llegan a resultarle divertidos a su inquilina. En realidad, no existe una “brecha generacional” entre ambos: aunque ella escuche música pop en sus audífonos, le gustan igualmente las obras para piano de Chopin y le simpatiza la mascota del anciano. La relación entre inquilina y casero parece encaminarse a la venalidad cuando, por un interés estrictamente monetario, Constance acepta un trato maquiavélico: tenderle una trampa a Paul, a quien su padre pretende “librar” de Valérie. Mas, en el transcurso del enredo, se producen varias sorpresas, que ayudarán a que todos los personajes crezcan como individuos, y también, como miembros de sus familias.

La película guarda algunos puntos de contacto con El chofer y la señora Daisy, famosa vv obra teatral de Alfred Uhry, cuya adaptación para el cine dirigió, en 1989, Bruce Beresford, con los veteranos artistas Jessica Tandy, como la señora Daisy Werthan, y Morgan Freeman como Hoke Colburn.

Al igualque la señora Daisy, el señor Henri vive en un mundo pequeño y propio, sembrado de recuerdos. Ninguno de los dos desea que nadie se inmiscuya en su reducto. Es el declive físico lo que les obligaa convivir con “extraños”. En ambas películas, a los recién llegados (Hoke Colburn y Constance Pipponier, respectivamente) se les trata como intrusos. A duras penas se les tolera. La dama de Atlanta yel anacoreta parisino son orgullosos, conocieron tiempos de estrechez, se forjaron su porvenir, fueron útiles para la sociedad durante muchos años. Ella como profesora de primaria, él como contador. Les indigna que ahora se les considere incapaces de arreglárselas solos.

Como en la cinta de Beresford, en La estudiante y el señor Henri, la obligada convivencia entre los personajes centrales, pese a sus conflictos, acaba por suscitar el encuentro. Ambos descubren que poseen algunas características de seres marginales y que cargan varias heridas: la vejez, la juventud, el retiro, el rechazo en un examen de acceso a la facultad, una vocación abandonada, una obligación árida, una pérdida.

El señor Henri llega a apreciar mejor las potencialidades de Constance que el propio padre de la joven; a su pesar, le nace un afecto leal por la “intrusa” y secretamente procura apoyarla para que reencuentre una vocación que ella había descartado.

Hay una evocación implícita de lo que De Saint-Exupéry llama l’apprivoisement, es decir el recíproco “amansamiento” entre dos seres, que pasan de la mutua reserva a la amistad.

La estudiante y el señor Henri ha tenido muy buenas críticas en Europa, y ahora llega a nuestras pantallas para demostrar que las brechas generacionales pueden ser tan imaginarias como la lámpara de Aladino.