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Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Tamayo, éxtasis del color

Los seres de Rufino Tamayo son habitantes del cosmos. Viajan por el tiempo y el espacio a bordo de este “planeta errante”, como lo llamó Antoine de Saint-Exupéry; el Museo de Arte Moderno, con su intemporal futurismo, ha sido su nave espacial. Lo fue desde que el recinto abrió sus puertas, en septiembre de 1964, con una retrospectiva del pintor oaxaqueño. Desde entonces, Tamayo siempre viaja a bordo de sus salas. Rufino Tamayo, éxtasis del color es la nueva muestra individual en el conjunto de Chapultepec.

La exposición se inauguró el 10 de junio y permanecerá abierta hasta el 27 de agosto. Habían transcurrido ya 41 años desde la última muestra dedicada a Tamayo en el museo que se estrenó, precisamente, con sus obras. De las 50 piezas que viajan a bordo del Museo de Arte Moderno, 34 forman parte de su propio acervo. 13 provienen de colecciones particulares y tres más, del vecino de enfrente, el Museo Tamayo Arte Contemporáneo.

La curaduría estuvo a cargo de la directora del MAM, Sylvia Navarrete, con la asesoría de la Fundación Olga y Rufino Tamayo, así como del estudioso especializado en la obra del oaxaqueño, Juan Carlos Pereda.

La exposición se plantea como una serie de diálogos entre las obras de Tamayo, y también como un recorrido a través de tres ejes temáticos: “En busca del arquetipo”, “De México al cosmos” y “Por una geometría del espacio”.
LA EXPERIMENTACIÓN CONSTANTE

Sylvia Navarrete dialogó con este columnista acerca de la exposición, que ha despertado gran interés del público y los medios.

“Tamayo era un pintor de su generación, de la generación de los contemporáneos. Vemos cómo partió de las vistas urbanas, de los interiores, de los bodegones; cómo poco a poco abrió la perspectiva, hacia el vacío, hacia el abismo, hacia el cosmos. ¿Por qué? Por una razón puramente plástica, experimental: para poder experimentar con la estructura del cuadro, pulverizar la perspectiva. Y, por otro lado, para realizar sus investigaciones acerca del color”, comenta la
directora del MAM.

La especialista describe los hallazgos del artista: “Un fondo vacío de cualquier referencia, a un paisaje, por ejemplo, le permitió extraer todas esas gamas que el acostumbraba, los rojos, los malvas, los azules, los grises, los blancos, los verdes; logró extraer de un solo color todos sus matices. O bien, logró crear contrastes y contrapuntos entre los colores. Yo creo que es una razón plástica. Una razón
metafísica también”.

Añade: “Porque Tamayo es uno de los artistas que abordan un problema que preocupa mucho a la sociedad de su época, que es la sociedad de la posguerra, que es la amenaza nuclear, los avances tecnológicos, la conquista del espacio, el alunizaje en 1969. Un miedo al abismo, una especie de atracción al abismo. Y, al mismo tiempo, este goce, que remite a una experiencia mística, de la contemplación, del vacío y del cosmos”.

Respecto a la figura de Olga, esposa del pintor, Sylvia Navarrete explica: “Tamayo hizo en total unos 20 retratos de Olga, desde sus inicios. El día de su boda le regala un retrato, y él aparece apenas esbozado en el pensamiento de Olga. Los retratos de Olga siguen la evolución de su estilo, de sus investigaciones pictóricas. En un principio la retrata de una manera muy hierática, que subraya la presencia tan importante de Olga como un pilar. Un pilar de su vida y de su carrera. Olga fue su manager. Y la retrata también como un arquetipo de lo femenino, de la raza”.

Sylvia Navarrete señala con la diestra hacia Homenaje a la raza india, el mural eje de la exposición. En él, una Olga majestuosa impera sobre el mundo creado por el artista.A través de Olga, la mujer es uno de los temas torales en la obra de Rufino Tamayo. La mujer mexicana, pero también la mujer universal, la mujer de todas las épocas, la mujer como origen de la vida y eje de la familia. La mujer como piedra angular de la civilización.

La entrevistada agrega: “Le permite realizar experimentaciones plásticas también, en términos de transición entre la figura y lo abstracto. Y se permite de pronto un retrato humorístico de Olga, con una actividad frenética, que consiste en promover su obra. Olga fue su pareja, su esposa, también su musa, y quien le dio tanta relevancia a su carrera”.

Cuando se le comenta que hay obra de Tamayo optimista, luminosa, a diferencia de muchas visiones finiseculares, Navarrete responde: “Tiene toda la razón. Es también el aspecto de Tamayo que quisimos mostrar. El Tamayo gran clásico del siglo XX, pero también el Tamayo simpatizante de su época, simpatizante de los movimientos juveniles. Tiene muchos cuadros dedicados a fenómenos sociales, como era el jipismo, por ejemplo. Como era la marihuana, como el rocanrol. ¡A los 90 años, pinta un cuadro dedicado al rocanrol! Y ése también es el Tamayo que queremos introducir aquí. No es tanto el Tamayo acartonado, y puesto en el cartabón del gran clásico, el gran pintor del siglo XX, sino también un artista abierto y perceptivo a todos los fenómenos de la sociedad y abierto siempre a la experimentación”.
LA MEMORIA Y EL PORVENIR

Hay un retrato de Madero, lo que resulta muy raro en la obra de Tamayo, quien, a diferencia de otros grandes artistas, pocas veces retrató a los personajes históricos.

Sylvia Navarrete confirma: “En efecto, pintó muy pocos. Hizo un Juárez, hizo un Madero. Y aborda la figura histórica, no con ese enfoque que tuvieron los muralistas, que es una especie de exaltación de la historia y exaltación del héroe que permite forjar una identidad mexicana. Por lo general, sus retratos de figuras heroicas tienen algo que ver un poquito con una cosa teatral. Una fijación del personaje como si fuera una estatua nada más. Una estatua que fuera el testimonio de un acontecimiento pasado. Pero nunca hay en él una exaltación de la historia. A él lo que le interesa es lo que está antes de la historia. Es lo que está en los orígenes y lo que va para
adelante. El futuro”.

Otro de los temas esenciales en Tamayo es el hombre intemporal y a la vez contemporáneo. El hombre como varón y como especie; individuo, compañero de la mujer, padre de familia. El hombre adulto y el hombre en su niñez, que el oaxaqueño retrata gozoso, en rojo y en actividad festiva o lúdica. Empero, también el hombre moderno, tal vez desorientado dentro de una sociedad tecnológica, una sociedad que empieza a asomarse a un cosmos mucho más inmenso de lo imaginado en otros siglos. Tal vez un hombre que ha pagado un tributo al progreso, y ha perdido el
amparo, la fortaleza de la fe.

Al respecto, Sylvia Navarrete reflexiona: “También la figura, en su caso, se transforma en un espectro, se transforma en un esquema. Parte de unos retratos con rasgos mestizos o indígenas, contornos muy pronunciados, de trazo rudimentario, de paleta terrosa. Y poco a poco va despojando a la silueta humana de sus características, de su morfología y más bien la va asociando a la mecánica. A una especie de robot, a una suerte de arquetipo de todos los hombres”.

La tecnología siempre ha provocado unas reacciones ambivalentes en los seres humanos. Thea von Harbou y Fritz Lang lo expresaron en Metrópolis (Alemania, 1926). En la novela y en la película Futura, la androide que usurpa como impostora la personalidad de la mística María, es una amenaza que se escapa del control que pretenden ejercer sobre ella sus creadores, el genio científico Rotwang y el poderoso magnate Joh Fredersen. Otra inquietante cinta de ciencia ficción fue Coloso 1980, el proyecto Forbin (EU, 1970), de Joseph Sargent. En ella, una computadora diseñada para gobernar los sistemas de defensa occidentales, se convierte en arma del mundo. Tamayo no fue ajeno a las inquietudes de su generación ante las tecnologías que, hasta entonces, habían sido fantasías, y que para su época empezaban a irrumpir en la vida real.

Sobre la relación entre la estética de Tamayo y ese contexto, la entrevistada establece: “Esto, también por razones plásticas. Esta geometrización de la figura humana le permite incorporar el movimiento en una imagen abstracta, en un fondo abstracto, la presencia del ser humano es la que introduce el movimiento, y también el rito de la imagen. A través de este arquetipo, lo que Tamayo quiere abordar es la deshumanización, una idea que atravesaba la época que le tocó vivir: la deshumanización del hombre, el contacto con la máquina, el contacto con las computadoras, que estaban empezando a entrar en la vida cotidiana. Y, por otro lado, este contacto del ser con la naturaleza, con el instinto. Y eso nada más lo podía transmitir a través de una figura que no fuera
individualizada”.

Finalmente, Sylvia Navarrete concluye: “Yo creo que es un Tamayo muy completo el que vemos aquí, un Tamayo que domina perfectamente bien todos los recursos de la pintura. Es un gran clásico, pero también es una mente que está perpetuamente reinventándose y perpetuamente explorando sus propios recursos hasta el límite”.

El Museo de Arte Moderno le espera en Paseo de la Reforma y Gandhi, Bosque de Chapultepec.