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Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Miradas al cine mexicano: la autopsia de una industria

¿Por qué ya no producen, ustedes los mexicanos, aquellas películas tan hermosas de Joaquín Pardavé, Jorge Negrete, María Félix y Pedro Armendáriz? Con esta pregunta se enfrentan, de cuando en cuando, los paisanos viajeros por América Latina. La nueva obra que coordinó el historiador Aurelio de los Reyes, Miradas al cine mexicano (Secretaría de Cultura, México, 2017), responde a ésa y a otras cuestiones. La obra constituye, entre otros aspectos, la autopsia de una industria liquidada.

UN PRECURSOR DE LOS ESTUDIOS

Aurelio de los Reyes García-Rojas, miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, ha sido el precursor de la historiografía sobre la etapa muda nacional, con su libro Los orígenes del cine en México (UNAM, 1972), que se reeditó en 1983 (Colección SEP/80) y en 1984 (colección Lecturas Mexicanas, número 61). En 1987 publicó Medio siglo de cine mexicano 1896-1947 (Trillas, México). Unos años antes había presentado su monumental investigación Cine y sociedad en México, en dos tomos: Vivir de sueños, 1896-1920 (UNAM, México, 1983, 271 páginas. Ilustrado) y Bajo el cielo de México, 1920-1924 (UNAM, 1993, 409 páginas. Ilustrado). De los Reyes es autor también de Con Villa en México. Testimonios de camarógrafos norteamericanos en la Revolución (UNAM, 1985, 411 páginas. Ilustrado).

Durante la presentación de la nueva obra, en la Cineteca Nacional, el propio Aurelio de los Reyes García-Rojas recordó que, cuando acometió sus primeros trabajos, no existía prácticamente ningún estudio acerca del cine mudo mexicano.

Antes de las investigaciones del doctor de los Reyes, se aceptaba como un hecho que el ingeniero Salvador Toscano había abierto el primer cine en México, tras adquirir una cámara tomavistas en 1857.

Aurelio de los Reyes dio a conocer que fueron los representantes de los hermanos Lumière, quienes ofrecieron las primeras funciones cinematográficas en nuestro país: Gabriel Veyre y Ferdinand bon Bernard. El 6 de agosto de 1896, los europeos proyectaron un programa para el presidente de la República, general Porfirio Díaz, su familia y sus allegados. El 15 de agosto, comenzaron las funciones para el público en la Droguería Plateros, de la calle que, durante la Revolución, el general Villa rebautizó para siempre como Francisco I. Madero.

Otro de los autores de Miradas al cine mexicano es el investigador de la Universidad de Guadalajara Eduardo de la Vega Alfaro, quien contribuye con el capítulo IX La transición al cine sincrónico (1929-1933), que da cuenta de algunos tempranos experimentos mexicanos para el desarrollo de una tecnología fílmica nacional. De la Vega Alfaro lleva muchos años de labor especializada. Entre sus obras destaca Juan Orol (Centro de Investigaciones y Enseñanza Cinematográficas, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, Jalisco, 1987). Juan Orol recopila cuidadosamente la filmografía del gran gángster del cine mexicano, precursor del melodrama filial y de las películas tropicales.

EL DESMANTELAMIENTO DEL CINE MEXICANO

Uno de los capítulos más valiosos y reveladores es el XXXIV, El cine mexicano en los años 90: fin de una industria nacional, de Isis Saavedra Luna, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana, quien expresa una gran verdad: que, para las generaciones más jóvenes, el cine mexicano es inexistente.

Saavedra Luna expone cómo el gobierno salinista (1988-1994) desmanteló, a sabiendas, los restos de la otrora próspera industria fílmica mexicana, en aras de acatar las exigencias estadounidenses para la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La investigadora cita al productor Fernando Pérez Gavilán: “Lo que no acabamos de entender y de aprender de Estados Unidos, es que el cine siempre ha sido para ellos un asunto de Estado (…) porque para ellos representa, primero un gran negocio de importación y exportación de divisas, y, sobre todo, la invasión de tipo cultural” (pp. 370-371).

Muy elocuente es la declaración del directivo de la Motion Picture Association, Steve Solot, que Saavedra Luna rescata de una nota publicada en 1992. Solot demandaba que se eliminara el porcentaje obligatorio para la exhibición de películas mexicanas, también que se permitiera el doblaje de películas, so pena de que los empresarios estadounidenses le dieran “la espalda” a México (pp. 271-272).

El capítulo reseña hechos que habían quedado en el olvido, como las privatizaciones de los cines populares, del Instituto Mexicano de la Televisión y los Estudios América, así como la drástica reducción de los Churubusco, so pretexto de crear el Centro Nacional de las Artes.

Muy elocuente, incluso estremecedora, resulta la confesión del jefe negociador del TLC por el lado mexicano, Jaime Serra Puche, quien respecto a la industria del cine reconocía: “Yo no soy, ni mucho menos, experto en esto”. Serra Puche declaraba que no entendía por qué los canadienses se mantenían firmes en dejar fuera del TLC al cine y a sus otras industrias culturales. Los negociadores salinistas, según el propio exfuncionario, pensaban que, para México, “no había un pro ni un contra muy grande en ese sentido”. (pp. 384-385). Pocos años después, ya no existía industria del cine mexicano.

Otro capítulo muy revelador es el XXV, del propio Aurelio de los Reyes: Hacia la desaparición de la industria cinematográfica (1950-2012).

VAQUEROS A LA MEXICANA

El nuevo libro consta de dos volúmenes, de 426 y 427 páginas, respectivamente, ambos ilustrados. Algunas imágenes son muy conocidas, como la de Lorenzo Barcelata en Allá en el Rancho Grande (1936), de Fernando de Fuentes. Otras se ven por primera vez, como el retrato de la periodista Cube Bonifant, publicada en 1924. Hay fotogramas de películas relativamente poco recordadas, como Dos mundos y un amor (1954), de Alfredo B Crevenna, con Irasema Dillian y Pedro Armendáriz o La venganza de los Villalobos (1955), de Fernando Méndez, con Joaquín Cordero y Freddy Fernández El pichi.

Estos fotogramas, independientemente de los textos, expresan uno de los atributos del cine mexicano en sus mejores días: la diversidad de sus géneros y escenarios. La venganza de los Villalobos es una aventura vaquera a la mexicana, en el mejor de los sentidos, ya que los productores, directores y guionistas estaban conscientes de que el universo del oeste no era exclusivo de Hollywood, por el contrario, abarcaba a gran parte del Continente Americano. Hay elementos del oeste en el Quebec, en las pampas de Argentina o en los agrestes sertones de Brasil. El cine mexicano descubrió tales elementos en el norte de la República: vastas extensiones, montañas, cabalgatas, quebradas, cañones, pueblos rústicos; héroes ecuestres, forajidos, caciques, ranchos en constante peligro; batallas por las tierras, el agua, el ganado, el patrimonio y, sobre todo, por la justicia.

El oficio de los técnicos y el dominio del contraluz en la fotografía, vuelven a la vida desde las páginas ilustradas de Miradas al cine mexicano.

Como suele suceder en las obras colectivas, Miradas al cine mexicano resulta un libro heterogéneo: la diversidad de perfiles, ideologías e intereses personales provoca, irremediablemente, algunos altibajos: Aurelio de los Reyes, Saavedra Luna y de la Vega Alfaro, por ejemplo, se apegan a los hechos que documentan a través de la investigación, proporcionan datos y cifras que ayudan a reconstruir la historia del cine nacional, las causas de su auge y de su posterior declive. Por su parte, la investigadora independiente Mónica A. Maorenzic Benedito, especula acerca de “los estereotipos masculinos” y parece desconocer algunas películas que hubieran ayudado a deducir los temas que se le asignaron. Por citar un caso, Emilio Tuero encarnó varias veces a personajes que nada tenían que ver con los “estereotipos masculinos”, como el buen hijo, responsable, respetuoso y sensible, del Baisano Jalil. Otro ejemplo es Gustavo Rojo, el optimista obrero que se sobrepone a una mutilación en Borrasca en las almas (1954), de Ismael Rodríguez. No se debe olvidar a David Silva como el emprendedor, resuelto y gentil Roberto del Hierro, en Una familia de tantas (1949), de Alejandro Galindo.