imagotipo

Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Rivera y Picasso, como en los días de Montparnasse

Como en sus tiempos de Montparnasse, Pablo Picasso y Diego Rivera vuelven a entablar un diálogo a través de sus obras. Alternan también con el legado de los antiguos, del Mediterráneo y de Mesoamérica, que tanto les inspiró. Su coloquio se desarrolla en la exposición Conversaciones a través del tiempo, que presenta el Palacio de Bellas Artes, con una concurrencia nutrida y cosmopolita, dispuesta a ver, sin la mediación fotográfica, obras como La fuente (1921), del malagueño y Día de flores (1925), del guanajuatense.

LOS DÍAS DE PARÍS

Montpartnasse a comienzos del siglo XX, con su cofradía de artistas d’avant garde, ha inspirado investigaciones, novelas, documentales y películas de ficción. No siempre las tramas son rigurosas. Una lúcida novela acerca de aquellos días es Aurélien, de Louis Aragon, que la televisión pública francesa adaptó, con lúcida mezcla de evocación, agudeza y romanticismo. Menos conocida es El arte y el amor en Montparnasse. París 1923-1930. Documental novelado, del autor cubano Armando Maribona
(Ediciones Botas, México, 1950), sobreviviente de los “años locos”, quien le dedicó el libro “a todos los artistas frustrados, a todos los artistas no favorecidos por la suerte, y a todos los aspirantes a artistas,
compañeros míos”.

En París, narra Maribona, una multitud de artistas padecían la pobreza, que a menudo llegaba a la miseria. Cada año, aquellos anónimos gambusinos de la gloria organizaban una enorme exposición callejera: La horde, que se anunciaba con regocijo, porque alojaba la esperanza de alguna venta. Maribona la recuerda como un “Abigarrado conjunto amistoso de todas las tendencias, de todas las locuras, de todos los fracasos, de todos los
estilos de moda y demodés”.

Mientras La horde luchaba por sobrevivir, unos cuantos alcanzaban la fortuna. Lilí, modelo de los días bohemios, le relata al narrador protagonista, ya alejado de sus afanes pictóricos: “Tu compatriota Federico Beltrán Masses, cada día más aristocrático: solo se habla con millonarios, nobles y diplomáticos”. La novela dice la verdad: Beltrán Masses retrataba a las estrellas, como Rodolfo Valentino y Pola Negri.

Maribona, 20 años después de haber abandonado Montparnasse, preguntaba: “¿Quién hace todavía cubismo en París, y quién se
acuerda del dadaísmo…?”

En su libro Diego de Montparnasse, (Lecturas Mexicanas, Secretaría de Educación Pública/Fondo de Cultura Económica, 1985) Olivier Debroise, narra que el pintor guanajuatense vivía en el número 26 de la rue du Départ, entre una lavandería y una vinatería, junto a los andenes de la Gare Montparnasse, de la que aquellas viviendas formaban parte. Al menor descuido, el humo de las locomotoras oscurecía el interior.

Quien quiera ver el antiguo estudio de Diego Rivera, ya no lo encontrará. Debroise relata: “Desde hace mucho tiempo, el número 26 de la rue du Départ ya no existe. Adquirido en los años 30 por la Sociedad de los Ferrocarriles Franceses, desapareció al comenzar las obras de remodelación del barrio, y ni siquiera una placa recuerda que aquí vivió
el pintor” (p. 21).

El Montparnasse de las vanguardias se desvaneció para siempre, pero Picasso y Rivera. Conversaciones a través del tiempo, expone algunos de sus frutos imperecederos.

FRENTE A FRENTE

La muestra del Palacio de Bellas Artes coloca lado a lado una obra de Rivera y una de Picasso, que así dialogan ante los visitantes. Reciben al público dos piezas: Autorretrato con paleta (óleo sobre tela, 1906), del malagueño y Autorretrato (óleo sobre tela, 1906) del
mexicano. Ambos se pintaron como artistas: Picasso, a través de la síntesis moderna, con grises y blancos, de modo que la piel del rostro y los brazos es el elemento más cálido, a excepción de los rojos mezclados en la paleta de madera. El joven artista parece sosegado; Diego Rivera se retrató aún con apego al realismo, un poco al estilo art nouveau que recuerda a Saturnino Herrán, con armonías neutralizadas, bata de trabajo y los útiles del estudio al fondo.

Los dos artistas se habían formado en las academias, con el tradicional método de dibujar detalladamente las esculturas clásicas (originales o vaciadas en yeso, como en San Carlos), para que dominaran las formas, los valores, la luz, la composición. En la exposición se presentan varios de aquellos trabajos estudiantiles, que los profesores ordenaban, convencidos de la superioridad del arte
occidental.

Màs Rivera y Picasso se liberaron de la academia a través de la experimentación, que irritaba a la vieja guardia. Fabienne Bradu, en Antonieta (Fondo de Cultura Económica, México, 1991) refiere la visita de Antonio Rivas Mercado y su hija, Antonieta, a Diego Rivera y Angelina Beloff, en París. Ante los cuadros cubistas del joven, que tanto había destacado en San Carlos,
Rivas Mercado expresó su decepción y tildó aquellas obras de “horrores”. Según Bradu, Rivera repuso: “Don Antonio, no son horrores. Usted
es de otro siglo”.  Y, sin embargo, hay obras que muestran el dominio de Diego Rivera sobre la técnica. Es el caso de
La parte de Pedro (óleo sobre tela, 1907), pieza que pertenece a la Modern Art International Foundation. El cuadro tiene como protagonistas a dos miembros de la clase trabajadora, que tantas veces iba a ser esencial en la obra posterior del artista: un pescador y su esposa. Cargan sendos canastos con la modesta captura del día, comparten su esfuerzo y su vida. Sus rasgos, naturalistas, se alejan de los modelos idealizados. Son los rostros que años más tarde poblarían también las imágenes de Abel Gance y
Sergéi Eisenstein.

La obra vecina es Retrato de Sebastia Juñer Vidal (óleo sobre tela, 1903), y sus personajes son, como en La parte de Pedro, un hombre y una mujer, pero ambos se inscriben en un interior bohemio, mundano. Corresponde al “periodo azul” del pintor. ¿Beltrán Masses se vio acaso influenciado por el “periodo azul”? La museografía destaca una opinión de Diego Rivera: “No creo que haya ningún pintor posterior a Picasso que no sido influido por éste de algún modo”. Esta pieza le pertenece al Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

La era (óleo sobre tela, 1904), de Diego Rivera, es otro ejemplo de la admirable técnica académica del artista mexicano. Es el estilo de pintura que hubiera complacido la sensibilidad decimonónica de don Antonio Rivas Mercado. Rivera expresa, ya con una personalidad propia, las enseñanzas de su maestro, José María Velasco. En primer término, figura el labrador mexicano de aquel tiempo, con camisa de manta, jorongo de lana y sombrero de petate. Carga con su arado y guía a sus animales hacia la parcela, que se mira más allá del patio campirano, mientras el zaguán se abre. El horizonte lo domina el volcán que alcanza las nubes. Todo el conjunto se ilumina con el suave contraluz del amanecer. Rivera ha destacado ya en esta composición al trabajador del campo, lo que anuncia uno de los rasgos de lo que llegaría a ser la Escuela Mexicana.  La era es hoy un paisaje
inevitablemente evocador.

La niña de los abanicos (óleo sobre tela, 1913), del mismo Rivera, pertenece por completo a otro tiempo y a otra estética. La síntesis cubista aún aplica la perspectiva clásica, pero resuelve las figuras con áreas geométricas muy sutiles; la mano derecha de la niña y su abanico rojo –el elemento más cálido de la composición—expresan el movimiento a través de rastros de color, que producen sensaciones cinéticas. Para numerosos visitantes, será la primera vez que ven frente a frente esta creación. Las miradas de asombro y admiración rodean a La niña de los abanicos.

La exposición es tan rica, que se necesitaría un catálogo para reseñarla. Baste decir que el periodo cubista incluye, entre las piezas de Rivera, Hombre del cigarrillo (óleo sobre tela, 1913, propiedad de la Modern Art International Foundation), Paisaje zapatista (óleo sobre tela, 1915) y Composición cubista (Naturaleza muerta con una botella de anís y tintero), óleo, arena y carboncillo sobre tela, 1914-1915, colección particular); entre las de Picasso, figuran Paisaje de Céret (óleo sobre tela, 1911, perteneciente a la Colección Guggenheim), Hombre con bombín sentado en un sillón (óleo sobre tela, 1915, del Instituto de Arte de Chicago) y El poeta (óleo sobre tela, 1912, propiedad de la Comuna de
Habitantes de Basilea).

Picasso y Rivera, conversaciones a través del tiempo, permanecerá abierta hasta el 10 de septiembre, en el  Museo del Palacio de Bellas Artes. Avenida Juárez y Eje
Central Lázaro Cárdenas. De martes a domingo, 10:00 a 18:00 horas. Acceso, 60 pesos. Entrada gratis a estudiantes, maestros e Inapam. Los
domingos la entrada es libre.