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Bazar de la cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  •  Helen Bickham, pintora  de la vida cotidiana

En los cuadros de Helen Bickham siempre habita la gente, la colectividad, la familia, los amigos, los vecinos, los padres y los hijos. También los labradores, los vaqueros, los pescadores y los operarios. A través de sus óleos, dibujos y grabados, la artista retrata los encuentros. Unos son festivos, otros intimistas. En su obra hay evocaciones, miradas al porvenir y a la vida cotidiana. Así se advierte en la muestra Fragmentos de vida. Helen Beackham, en el Palacio Postal, Tacuba y Lázaro Cárdenas, Centro Histórico.

  • La pintora de Harbin

Helen Bickham pinta las nopaleras, los magueyales, el campo, el océano y el cielo de México. Su obra es depurada, minuciosa como un encaje de alta costura. Expresa una paciencia de escribano medieval. El océano, las embarcaciones y los pescadores son otros protagonistas de su obra. Se advierte a través de ella una existencia viajera, que vino a tocar puerto en esta capital, tan lejana de las costas.

“Helen es una artista cuyo trabajo enmarca las aventuras de vida y la diversidad de paisajes que le fueron otorgados al vivir en diferentes partes del mundo”, dice el texto museográfico, que también cita a Harbin, en Manchuria, como la ciudad natal de Bickham.

Harbin, “la ciudad del hielo”, dista mucho de las imágenes que solemos asociar a China: hacia los años veinte, había 22 iglesias cristianas ortodoxas, entre ellas la iglesia de la Anunciación, la Catedral de San Nicolás, la iglesia de Santa Sofía y Nuestra Señora de Iviron, con sus cúpulas típicamente rusas. Harbin nació a fines del siglo XIX, cuando el imperio de Nicolás II, el último de los zares, acometió la construcción del ferrocarril transiberiano. A Manchuria llegaron incontables inmigrantes europeos, que erigieron una urbe a su imagen y semejanza. Harbin, con su gran estación de trenes, sus comercios y templos se convirtió en “la Moscú del Oriente”.

La propia Helen Bickham cuenta su vida en aquella ciudad a través de un monitor que reproduce una entrevista para la televisión. Su madre, Nadezna Ivanofnof Rachoak, era hija de un trabajador ucranianos del ferrocarril. La familia Rachoak integraba las raíces europeas y las orientales. El padre de Helen, Howard Montgomery, era un marino de la armada estadounidense. Pero los avatares de la historia sacudían a las familias: se desvanecieron los imperios de Rusia y China; el Imperio Japonés ocupó la Manchuria y ahí se creó el efímero país de Manchukuo, oficialmente gobernado por Pu-Yi, último soberano celeste. El oficial Montgomery cayó en combate durante la II Guerra Mundial. Nadezna Ivanofnof y Helen, que contaba ocho años, partieron hacia América, en el último barco de pasajeros antes de que la Marina Imperial del Japón atacara la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en diciembre de 1941.

A fines de la II Guerra Mundial, el victorioso Ejército Rojo llevó de nuevo las letras cirílicas a Harbin. Manchukuo volvió a ser Manchuria y se reintegró a China. Aún hoy se  celebran misas ortodoxas en Horbin, no muy lejos del monasterio budista.

Nada eso lo vieron ya Helen ni su madre. En los Estados Unidos, la niña de Horbin descubrió su talento para el dibujo. El profesor de una asignatura de apreciación artística le dijo que ella era una artista. En un museo de San Francisco, Helen vio por primera vez un cuadro original de Manet. Años más tarde, tuvo la fortuna de vivir en Florencia y recorrió los museos europeos, donde conoció las grandes escuelas del Viejo Mundo: la italiana, la francesa, la flamenca.
EL ENCUENTRO CON MÉXICO

Helen se desarrolló como artista a lo largo de muchos años, pero durante décadas no se consideró profesional. En 1962 tomó unas largas vacaciones en México, y, como les ha sucedido a tantos viajeros, el país la cautivó, al grado que resolvió quedarse en él para siempre. Entre tanto, un amigo suyo había inscrito tres pinturas de la artista para un certamen en que participaron numerosos concursantes. Las tres piezas de Bickham resultaron premiadas.

El agregado cultural de la Embajada de México en Inglaterra, Fernando Gamboa, seleccionó obras de Helen para una muestra de arte, con buen éxito; pronto la invitaron a exponer en la Gran Bretaña y se convirtió en pintora de tiempo completo.

La gente, la cultura y la naturaleza de México se convirtieron en temas constantes dentro de la obra de Helen Bickham, que siempre ha sido solidaria con las causas sociales, incluso a través del donativo de obras para fines altruistas. Su obra es esencialmente luminosa, pero también ha denunciado los acontecimientos terribles de los años recientes. Pese a ello, su trabajo, tan personal, se define por transmitir un optimismo contenido, un tanto melancólico.

La muestra en el Palacio Postal reúne piezas en varias técnicas: “Trowler coming to Port Aberdeen”, dibujo a tinta, combina los trazos lineales, sintéticos y diestros que crean a las aves marinas, con el laborioso achurado para modelar el casco de un navío de cabotaje, semejante a un refugio flotante.

Helen Bickham puede recordarnos a Hugo Pratt, llamado El dibujante que amaba el océano. Mientras el historietista de Rímini plasmaba a los mares como escenarios de la aventura, Bickham recrea la vida cotidiana de quienes laboran a bordo de las pequeñas naves pesqueras o de los buques cargueros, en la costa, en los faros, muelles y bodegas.

En la técnica mixta “Llegando a la permanencia”, las tortugas marinas se adentran en las arenas costeras para perpetuar su estirpe; en Cape Cod, obra en litografía y relieve, los pescadores de esa península de Massachussets preparan sus redes, con el muelle, el faro y los almacenes al fondo. Los hombres, las rocas y las construcciones se traman con incontables trazos, para formar sus efigies oscuras, mientras que las aguas y el cielo permanecen en el blanco del papel. Es un mundo hermoso, rudo y melancólico.

Pinta a México a través de la sinécdoque: retrata aquellas imágenes que la impresionan por su vigor, su carácter o su estética, para construir una iconografía a la vez sosegada, fiera, agreste y emotiva.

Una nopalera es cómplice de la mirada amorosa; una cactácea gigante es un monumento natural, una escultura viviente, que le otorga fuerza, poderío y grandeza al camino de los labradores. A la orilla del mar, otra técnica mixta, tiene como estrellas a las aves, los elementos y la presencia humana, que coexisten como en la Edad de Oro.

Los mexicanos que pinta Bickham nada tienen que ver con los arquetipos, no necesitan atuendos distintivos, rasgos “típicos” ni coloridos estruendosos. Y, sin embargo, son hondamente mexicanos. Algunos calzan zapatos deportivos, visten pantalones de mezclilla, llevan camisetas sin mangas. Y son genuinamente mexicanos. El políptico Pachangueándosela (óleo sobre tela) es ejemplo de ello: tres mujeres y dos jóvenes bailan en la costa, que se define por sinécdoque, mediante olas minimalistas y aves marinas.

Helen  traza sus paisajes con los elementos esenciales: las cactáceas y la arena forman el desierto, en lontananza; en los primeros términos aparece la gente, que convive en armonía, contenta, apacible. Es el caso del tríptico “Para aquéllos que caminan y sueñan en el desierto”.

La gente, los padres, los hijos, los primos, los camaradas del trabajo, los moradores del vecindario, los parientes se reúnen, festejan, se quieren en los cuadros de la artista que llegó de Manchuria. A veces, esperan el momento más importante en sus vidas, como una futura madre, o como la mujer ensimismada de la técnica mixta Pensamientos.

“El pasajero” es otra técnica mixta resuelta en ocres, presenta una escena urbana con las solas figuras de una ciclista y su acompañante. La ciudad no necesita aparecer, el papel blanco la desvanece y así los protagonistas pueden rodar en cualquier sitio y en ninguno, como decía Murnau.

La obra de Helen Bickham espera a la gente que la ha inspirado, en el palacio que las arropa, como un navío aventurero.