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Bazar de la Cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vizzuet Olvera
  • Juan Rulfo: Pedro Páramo y la parábola del abandono

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo”. Una novela de alcances universales y una realidad  que nos abruma comienzan con estas letras de Juan Rulfo. Porque “Pedro Páramo” es la parábola de cómo los abandonos, los vacíos, los secretos y los silencios frustran desde hace siglos las existencias colectivas e individuales, no de una región remota y desolada, sino de toda una cultura. Una cultura que abarca naciones.

UNA REFLEXIÓN SOBRE EL AMO

Rulfo es el mayor heredero de la gran narrativa revolucionaria mexicana, vertiente que produjo la crítica más rigurosa y profunda, tanto a ese movimiento social como a las realidades que lo desencadenaron. El universo de Rulfo, construido en “El llano en llamas” (1953) y “Pedro Páramo” (1955), es consecuencia de “Los de abajo” (Mariano Azuela, 1916), “Tropa vieja” (Francisco L. Urquizo, 1931), “La sombra del caudillo” (Martín Luis Guzmán, 1929),  “El resplandor” (Mauricio Magdaleno, 1937), “Las manos de mamá” (Nellie Campobello, 1937)  y tantas otras novelas de la vertiente revolucionaria, que a la par del relato ejercen el ensayo social e histórico.

“Pedro Páramo” guarda a la vez paralelismos con las obras universales cuyos protagonistas son hombres poderosos o padres terribles: Fiodor Pavlovich Karamazov, en la novela de Dostoyevski; Eugenio Grandet en “Eugenia Grandet”, de Honorato de Balzac; Don Fabrizio de Salina en “El gatopardo”, de Lampedusa, que adaptó a la pantalla Luchino Visconti, ganador de la Palma de Oro en 1963;  “El ciudadano Kane” (Estados Unidos, 1941), en la película de Orson Welles; Vittorio Corleone en “El padrino”, de Mario Puzzo, que con tanto acierto llevó al cine Francis Ford Coppola en 1972; el feroz comandante cosaco en “El guarda del melonar”, de Mijail  Sholojov.

“Pedro Páramo” es en esencia una reflexión rigurosa sobre el amo, el oligarca sin escrúpulos, y sobre el mal que ese amo le inflige a toda una comarca. El amo es un tardío señor feudal, personaje que definió en gran medida las relaciones sociales en el campo mexicano y en otros ámbitos de la nación. El relato de esa barbarie se teje a través de un lenguaje literario hondamente mexicano y a la vez universal, que se nutre de las voces coloquiales campesinas, para crear una estética de vanguardia, pronto llevada a múltiples idiomas.

Juan Preciado no lleva el apellido de su padre biológico, el amo. Mientras los hermanos Karamazov padecieron a un padre brutal, vicioso, aborrecible, Juan Preciado creció sin conocer siquiera la existencia de Pedro Páramo. Ese abandono, ese vacío, es otra forma de violencia, tan cruenta como la que sufrieron los personajes de Sholojov y Dostoyevski. Juan Preciado comparte su destino con muchos otros hijos desperdigados del amo, de Pedro Páramo. En un sinfín de aldeas, haciendas y barrios, la historia de Juan Preciado se repite y se hereda hasta llegar al siglo XXI.

“Nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar”, le cuenta un arriero a Juan Preciado, cuando ambos se encaminan a Comala, el feudo del cacique. Los dos caminantes resultan así medios hermanos, hasta entonces desconocidos. Y sin embargo no surge ningún vínculo entre ellos. No se volverán a ver jamás.

Solamente Miguel Páramo, violento y violador, hereda el apellido del amo. “Estiró los brazos de su maldad con ese hijo que tuvo. Al que él reconoció, sólo Dios sabe por qué”, rememora el sacerdote de Comala, quien escuchaba en confesión los pecados de la comarca: “‘Me acuso padre que ayer dormí con Pedro Páramo’. ‘Me acuso padre que tuve un hijo de Pedro Páramo’. ‘De que le presté mi hija a Pedro Páramo’. Siempre esperé que él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo”.

Para cuando Juan Preciado emprende la búsqueda de su padre, el amo lleva muerto muchos años. Ya es muy tarde para todos. Entre todos los conflictos sociales que expresa la compleja novela de Rulfo, esa paternidad sin vínculos ni obligaciones se merece un tratado extenso, no basta con verla como un componente de la condición caciquil del protagonista. Es una cuestión toral de la obra, ya que simboliza uno de los rasgos que más daño nos han causado como cultura y como sociedad.
UNA TIERRA SIN PADRES

La jerarquía caciquil de Pedro Páramo no lo convierte en ninguna excepción: abundan sus semejantes en otras clases sociales, en el campo y en las ciudades.

Si Gabino Barrera dejaba mujeres con hijos por dondequiera, Juan Charrasqueado “a las mujeres más bonitas se llevaba” y en aquellos campos no dejaba ni una flor. Estos corridos populares de Víctor Cordero, expresan la misma barbarie que define al hacendado Pedro Páramo, aunque Gabino Barrera usara huaraches y a veces “a raiz” anduviera.

Muy lejos de Comala, en el arrabal urbano donde se desarrolla “Los olvidados” (México, 1950), de Luis Buñuel, el vacío paterno es constante. Los personajes de Meche (Alma Delia Fuentes), Pedro (Alfonso Mejía) y “El Jaibo” (Roberto Cobo) crecieron sin padres. La madre de Pedro (Stella Inda) maltrata al hijo mayor porque advierte en sus rasgos, aún infantiles, los del burlador: “¿Por qué lo voy a querer? No conocí a su padre. Yo era una escuintla y ni pude defenderme”.

Tanto Pedro Páramo como sus pares sin fortuna, son consecuencia tardía de la Conquista y de las etapas que le siguieron. Como lo informan las diversas investigaciones históricas, los españoles, incluso aquéllos casados legalmente con una esposa ibérica, practicaban la poligamia con las indígenas. Los estudios sobre aquellos siglos dan cuenta de un elevado porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio. Sus progenitores rara vez los reconocían. La Independencia no trajo grandes cambios, según explica la historiadora Pilar Gonzalbo Aizpuru, del Colegio de México: “Los nacimientos ilegítimos se mantuvieron en proporciones elevadas, lo que muestra hasta qué punto las expectativas femeninas de conseguir un compañero que las sostuviera, se frustraban al quedar nuevamente solas y con la carga adicional de los hijos.” (“La familia en México en la época colonial” http://www.h-mexico.unam.mx/node/6550).

Pedro Páramo y Juan Preciado simbolizan el vacío en que se deja a una parte significativa de la infancia mexicana, que crece precariamente sin la figura paterna. El discurso “de género” que celebra como un avance social la abundancia de “hogares monoparentales” dirigidos por “una guerrera que es padre y madre a la vez”, le hace un muy flaco favor tanto a las madres solas como a sus vástagos. En el fondo legitima la vieja barbarie mediante una fraseología supuestamente progresista.

Gonzalbo Aizpuru informa que en el siglo XVIII las familias encabezadas por mujeres alcanzaban entre el 24 y el 30 por ciento. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, los hogares mexicanos sin padre ascendieron al 41.5% en 1999.

Las estadísticas ratifican lo que “Pedro Páramo” expresa en la literatura. Ese vacío trae consecuencias para la mujer y para sus vástagos. Sobre ello coinciden numerosos estudios. Alguna vez citamos a la doctora en Filosofía Christina Hoff Sommers: “El padre parece ser fundamental en ayudar a los hijos a desarrollar una conciencia y un sentido de hombría responsable. Los padres enseñan a los muchachos que ser hombre no significa ser depredador ni agresivo. En contraste, cuando el padre está ausente, los hijos varones tienden a obtener sus ideas de lo que significa ser hombre por sus compañeros. Los padres juegan un indispensable papel civilizador en el ecosistema social; por lo tato, menos padre, más violencia masculina” (“La guerra contra los niños, página 180).

Llevamos varios siglos de ser una sociedad en que numerosos niños de ambos sexos crecen sin una figura paterna y en ello se originan en gran parte nuestros problemas de desintegración, criminalidad, adicciones y violencia. Si a la ecuación le sumamos los sucesivos padrastros, el resultado empeora. “Pedro Páramo” nos plantea una metáfora acerca del costo por “tantos años de abandono”, como dice Dolores, la madre de Juan Preciado.

“A medida que aprendemos más acerca de las razones de la violencia juvenil, se vuelve más claro que el progresivo debilitamiento de la familia –particularmente la ausencia del padre en el hogar—juega un papel importante”, añade Hoff Sommers.

“Pedro Páramo” debe haber tenido hijas también. Muchas. Ellas habrán crecido en medio de un vacío aun peor. Porque el padre determina cómo será el trato de las hijas con los varones. “Tantos años de abandono”, las podrán llevar a repetir las historias de sus madres, con algún otro Pedro Páramo. Tal vez sufrirán el ultraje de alguna “nueva pareja” de sus madres. Quizás luego se desquiten con el hijo nacido de aquel agravio y el ciclo terrible volverá a comenzar. “Pedro Páramo” es así nuestra gran parábola del abandono.