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Bazar de la Cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vizzuet Olvera
  • El regreso de Dalida, la gran diva mediterránea

“Dalida” triunfa otra vez en París, como cuando colmaba de admiradores el Olympia y le Palais des Sports. La película de Lisa Azuelos, que resume en dos horas la trayectoria de la diva, superó el 10 de enero en las taquillas a todos los demás estrenos y ganó las portadas de la prensa. La modelo romana Sveva Alviti, arduamente preparada para el papel, ha logrado crear la ilusión de que es realmente la bella chanteuse cairota quien actúa en las pantallas del siglo XXI. ¿Vendrá “Dalida” al XXI Tour del Cine Francés en México?

MEDITERRANEA Y COSMOPOLITA

Durante décadas la voz prodigiosa de Iolanda Cristina Gigliotti, Dalida, recreó con su acento mediterráneo las melodías populares de muchos rincones del mundo: su primer gran éxito fue la versión francesa de la canzone ganadora del Festival de Nápoles “Guaglione” “Bambino”, compuesta por Nicola Salerno y Giuseppe Fanciulli. Muchos años después, la artista dio a conocer en occidente “Salma ya Salama”, de sus paisanos egipcios Badi’ Khairi y Sayed Darwich; llevó a la fama internacional “Darla Dirladada”, el canto que entonaban durante sus jornadas en el mar Egeo los pescadores de Kaliymnos; interpretó “Tire l’aiguille”, del argelino Eddy Marnay, cuya letra expresa los consejos de una madre a su hija antes de la boda; cantó “Mi hermano el Sol”, del combativo heleno  Mikis Theodorakis; grabó también “Ay Manuela” símbolo de los republicanos durante la Guerra Civil Española, cuando todavía Franco imperaba al sur de los Pirineos. En internet existe una edición muy vigorosa que articula la voz de Dalida con las fotografías históricas de las combatientes antifascistas. Entre sus primeros éxitos incluyó “Hava naguila”, la más famosa canción hebrea, e “Historia de un amor”, del panameño Carlos Eleta Almarán; interpretó las piezas mexicanas “Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez (que enmarca el tráiler para la película dirigida por Lisa Azuelos), “El reloj”, de Roberto Cantoral, “Buenas noches mi amor”, de Gabriel Ruiz, además de “Amor, amor”, de Ricardo López Méndez y Gabriel Ruiz Galindo.

Dalida grabó en italiano, hebreo, francés, árabe egipcio, árabe libanés, alemán, japonés, griego, flamenco, inglés y español… Algunos de sus éxitos tienen versiones en varias lenguas, como “Salma ya Salama”, que interpretó en árabe, italiano y francés o “Los niños del Pireo”, en griego, italiano, francés y español.

Los coleccionistas atesoran los discos de la diva con portadas en caracteres árabes, cirílicos o japoneses. En las redes circulan profusamente las fotos donde posa junto a sus admiradores de Tokio, Beirut, El Cairo o el África al sur del Sahara. Dalida fue así, en el ámbito de la música ligera, la artista más cosmopolita; su repertorio contribuyó a que los públicos de muchos países conocieran  las melodías de otros pueblos. Seguramente esa vocación se debe a sus
propios orígenes.

En una de sus primeras entrevistas para la televisión francesa, Dalida relató que El Cairo de su niñez y adolescencia era una ciudad cosmopolita, a la que llegaba la música de todo el Mediterráneo. Musulmanes y cristianos convivían pacíficamente en una capital donde subsistían los barrios tradicionales, mientras en las zonas céntricas se levantaban los edificios modernistas. Cuando  Dalida triunfó en la industria francesa del disco, se ganó legiones de admiradores en el mundo árabe. Para ellos, Dalida era “de casa” como nativa de Shoubra, el barrio cairota que comienza en la orilla oeste del Nilo. En el otrora país de los faraones le prodigaron a Dalida una bienvenida apoteótica para el estreno de su cinta “El sexto día” (Egipto, 1986), de Youssef Chahine. Estaban muy orgullosos de su diva, la querían y se lo demostraban tanto a ella como al mundo entero.

En Serrastretta, Catanzaro, Calabria, tierra natal de los padres de Dalida, hubo muchos años antes otra bienvenida multitudinaria. El pueblo y las autoridades le declararon ese día su Hija Predilecta. Estaban quizá un poco celosos del Cairo y de París, así que reclamaron a la gran estrella como oriunda. Hoy en Serrastretta sus tres mil 200 habitantes saben que Dalida fue y será siempre calabresa. La Casa-Museo Dalida ha recibido visitantes de Uganda, Australia, Malta, Francia, Alemania, Estados Unidos y Egipto. Muy cerca está el auditorio al aire libre “Dalida” y un relieve en bronce, obra de Francesco Gallo. Ahí la Associazione  Culturale Dalidà les explicó a unos estudiantes egipcios que el apellido Gigliotti era de Serrastretta. Amablemente, los agradecidos visitantes escribieron que Dalida estaba en su corazón, como el Nilo y las pirámides.

DE SHOUBRA A LA ZONA ROSA

En pleno auge de la ola inglesa, Dalida, al fin latina, grabó “Je Prefere Naturellement”, del parisino Serge Gainsbourg, una amable pero aguda sátira sobre los insulares anglosajones, antítesis de los mediterráneos: “Los cuatro muchachos de ese grupo inglés no se visten más que con trajes
ingleses; ellos van al mismo sastre inglés. Inglés o naturalizado inglés (…) El muchacho más joven de ese grupo inglés me enseñó a decir “yeh yeh” en inglés. Eso es amable cuando uno conoce a los ingleses. Los ingleses no quieren a quien no sea inglés”. Como buena mediterránea, Dalida grabó “Amo”, una versión en italiano de “Girl”.

Aún no se había inventado la ambigua —y esotérica— palabra “globalización”. Se empleaban otros términos: “cosmopolita”, aquello que no se detiene ante las fronteras, y “universal”, aquello que surge en cualquier sitio  del mundo y resulta valioso para todas las culturas. Antoine de Saint-Exupéry hallaba lo universal en un campamento beduino y en la cabina de un avión precursor, entre los Andes.

Dalida narraba con su canto historias universales: la odisea del hombre de las arenas y las praderas sin árboles que se iba de su país en busca del paraíso; el relato de la esposa que tomó 100 veces el mismo tren para visitar a su Manuel, quien un día se extravió por los malos caminos; la vida de la anciana Justine, que habitaba la casa más vieja del pueblo; la aventura del guapo cantor napolitano Gigi “L’Amoroso”, llevado por una rica “americana” a buscar la gloria en el Nuevo Mundo; la canción del labrador desarraigado, que en un solo día saltó 100 años, de las carretas del campo a las calles urbanas, “grises como el humo”; la melancolía del bambino enamorado de una ragazza cuyos enormes ojos jamás se fijarán en él; el cansancio del viejo gitano, hijo de un país que ya no existe.

Dalida también llevó a los primeros sitios de ventas muchas melodías ligeras, abiertamente comerciales, desenfadadas y a la moda, desde el calipso antillano y el twist a la italiana hasta la locura Disco. Su silueta de sirena deslumbraba en las coreografías que evocaban las películas musicales de los años 30. De cuando en cuando les dedicaba una melodía especialmente elegida a sus fervorosos admiradores infantiles, como “Zoum-zoum” (con videoclip grabado en una juguetería) y “Amstramgram”, acompañada de un coro de escolares parisinos que posó para la foto junto a su estrella favorita.

Pese a su fama mundial, Dalida permanece hoy casi tan ignota en nuestro país como durante la era anterior al internet. Algo semejante ha sucedido con otras manifestaciones de la cultura que produce el resto del mundo, sea ésta académica, popular o de masas. En México seguimos mucho más aislados del mundo exterior de lo que solemos reconocer.

Los discos LP y los casetes de la chanteuse más admirada de Francia eran todos importados; se vendían solamente en las tiendas —hoy extintas— de la entonces todavía altiva Zona Rosa, como “Discos Briyus”, “Discos Zorba” y “El Sonido Discoteque”, así como en la ya también desaparecida Sala Margolin, de la colonia Roma. Cada acetato costaba 600 pesos cuando por un LP de moda se pagaban 80. En el cuadrante de AM solo “Radio Mundo” difundía los éxitos de la artista  franco-ítalo-egipcia, como “Ellos”, “La noche es mujer” o “Palabras, palabras”, su celebérrimo dueto con Alain Delon.

Dalida ya había partido cuando el mundo dejó de mencionar conceptos como “cosmopolita” y “universal”; se empezó a hablar en todas partes solamente de la “globalización”, sin que nadie aclarase su significado. Lo que sí se pudo advertir fue que las nuevas estrellas “globales” se atenían al pop; en la fiesta inaugural de Sudáfrica 2010 no actuaron los artistas sudafricanos; en Brasil 2014 no actuaron los artistas brasileños. Hubo pop en inglés a cargo de cancioneras-franquicias llegadas desde la América del Norte.

En la “era de la globalización” nadie escucha los cantos de los pescadores. No se graba una canción en varios idiomas. A nadie le importa el relato de un jibarito borinqueño, un emigrante arábigo o un campesino napolitano.  El mundo se empobrece cuando solamente se habla un idioma. Eso lo entienden los artistas irlandeses que componen y graban en gaélico. En Francia la ley reserva tiempo radiofónico para las canciones en la lengua del país. El Quebec libró una larga batalla para preservar su romance ante una estrategia anglosajona resuelta a que se desvaneciera para siempre.

En su regreso al cine, Dalida, encarnada por Sveva Alviti, canta en italiano, japonés francés y árabe egipcio. Dalida es un símbolo de que el mundo tiene más de una voz.