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Bienestar y carencias: una paradoja de percepciones / En Cantera y Plata / Claudia Corichi

  • Claudia Corichi

El desarrollo que los países persiguen a menudo es entendido en formas distintas por la ciudadanía. La satisfacción percibida por cada persona sobre su calidad de vida, sus oportunidades y en resumen su futuro, superan por mucho a indicadores como el ingreso per cápita. Este tipo de valoraciones subjetivas se han convertido en los nuevos estándares para organismos internacionales, pero también para algunos países que están poniendo en perspectiva los impactos esperados por la gente respecto a las acciones de Gobierno y políticas públicas que implementan.

En 2008 y ante una inminente crisis mundial, en Francia surgió la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi, encargada de la medición del desempeño económico y el progreso social de los países donde se hizo hincapié de las limitaciones de las estadísticas convencionales para reflejar el progreso y el bienestar social. El bienestar subjetivo se creó como un indicador para señalar lo que las personas piensan respecto a su satisfacción con la vida, la felicidad y sus capacidades afectivas.

De esta manera, el crecimiento económico dejó de ser el elemento para evaluar el bienestar de las personas, ya que diferentes estudios coincidían en señalar que los habitantes de economías más prósperas no eran necesariamente los que exponían un mayor grado de felicidad, es decir, un mayor ingreso no significaba necesariamente la felicidad de los individuos.

México es un claro ejemplo de esto, según el Módulo de Bienestar Autoreportado (BIARE) elaborado por el INEGI en 2013, el 83.5% de los mexicanos están satisfechos con su vida, dato que contrasta con el 75.9% de los habitantes del Reino Unido, que señalan esta misma condición. Sobre la relación entre satisfacción con la vida y edad, el nivel más alto se tiene entre el grupo de 18 a 29 años con 8.1puntos; y el más bajo en el grupo de 45 a 59 años con 7.9 puntos, mientras que se muestra mayor satisfacción a mayor nivel educativo. Esta dinámica se repite en países como Colombia, Chile e incluso Turquía.

Pensando en estas posibles paradojas, la OCDE elaboró hace un par de años el Índice para una Vida Mejor, en el que se comparan variables como empleo, vivienda, ingresos, medio ambiente etc., con las percepciones sobre satisfacción y calidad de vida. México, a pesar de haber avanzado áreas de educación, salud y empleo, en el último par de décadas se encuentra en el penúltimo lugar de la medición apenas adelante de Turquía, y por detrás de Chile y Brasil.

Las dinámicas urbanas, la complejidad de la movilidad y la centralización de los servicios han generado también afectaciones en esta percepción. Encontrar el balance adecuado entre el trabajo y la vida diaria es un desafío constante, por eso en 2013, Naciones Unidas emprendió un programa para analizar la falta de tiempo como un serio obstáculo para alcanzar una vida de calidad. Los resultados para México lo ubican como el país latinoamericano con mayor pobreza de tiempo, una vez que la media de horas trabajadas por año rebasa por más de 280 horas la media regional.

Existe una buena oportunidad para afinar las políticas públicas mediante los resultados de estos instrumentos y metodologías. En la actualidad, el Índice Mexicano de Satisfacción del Usuario, es apenas un piloto con el que se pueden retroalimentar y reforzar los programas sociales atendiendo a la percepción de satisfacción de los beneficiarios.

Sin embargo, solo mediante el análisis objetivo y subjetivo del desarrollo obtendremos mejores resultados en términos de bienestar y felicidad, por un lado, como de eficiencia del gasto público.

En México es importante que pongamos en relieve este tipo de información toda vez que con una población que envejece rápidamente, un nivel de vida cada vez más estresante, así como altos niveles de trabajo y bajos niveles de ingreso, sumados a tasas de divorcios en aumento, la sociedad se enfrenta a una desafiante crisis económica -sobre todo en un México donde reina diariamente la impunidad y la inseguridad-, por lo que mantener el ánimo y generar condiciones de bienestar de manera objetiva y subjetiva debe ser una tarea que preocupe y ocupe a instituciones, ciudadanos y Gobierno.

Quizás promover que la propia Ley General de Desarrollo Social obligue a la generación de este tipo de información, sea una buena alternativa, pues se trata de insumos vitales en la planeación de políticas públicas.