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¿Bourne, Jason Bourne?

  • La moviola/ Gerardo Gil

Para entender a un personaje como Jason Bourne, creado por el novelista ya fallecido Robert Ludlum, hay que ver el contexto, la forma y el fondo. Porque resulta muy fácil compararlo con su ejemplo más inmediato, el flemático James Bond, salido de la mente de Ian Fleming. Sin embargo, en el universo detectivesco, ya sea en el cine o la literatura, hay un abismo que los separa. Aunque para efectos de franquicia cinematográfica pueda ser conveniente buscar el símil.

En realidad Bourne (interpretado por el güerito Matt Damon) es un personaje que llena más las necesidades colectivas del público millennial, por lo menos en su adaptación cinematográfica. Bond ha tenido que ajustarse a este sector para penetrar en las necesidades de la industria.

Porque ya visto en su conjunto, la franquicia de Bourne integrada por cinco películas de las cuales tres se basan en novelas de Ludlum: The Bourne Identity, The Bourne Supremacy y The Bourne Ultimátum, escritas entre 1980 y 1990, son más apegadas al público norteamericano. Bourne es más ascético, más limpio. Es dentro de todo, políticamente correcto vaya.

Y en esto último radica la fortaleza de Bourne, que es un personaje cercano a la tradición novelística detectivesca actual. Ludlum es más parecido a Tom Clancy por ejemplo, que ha Ian Fleming y su desmemoriado agente es prototipo del héroe norteamericano pero de fin de siglo, que a un personaje como Bond, que como sea trabaja al servicio secreto de su Majestad.

En el universo de Bourne, de hecho, el leivmotiv es la teoría de la conspiración ¿hay algún asunto más gringo que esto? Guarda incluso distancia con personajes como Mike Hammer, creado por Mickey Spillane o el antihéroe detectivesco de Dashiell Hammett. Autores y personajes norteamericanos sí, pero producto de la postguerra.

En la franquicia de Bourne el enemigo siempre será interno. Aunque hay un matiz entre la publicación de los libros y su llegada al cine: las novelas fueron publicadas aun en el marco de la Guerra Fría y sus películas después del 11 de septiembre de 2001.

Llega pues una nueva entrega de este personaje. El filme se llama simplemente Jason Bourne y regresa a la dirección Paul Greengras, luego de haber dejado la estafeta en la anterior entrega en una suerte de spin-off a Tony Gilroy y a Jeremy Renner como protagonista, en la regular Bourne: El Legado de 2012.

En esta ocasión Bourne se gana la vida en peleas ilegales, hasta que se da cuenta que está recuperando la memoria y con ello su pasado. Nicky Parsons (Julia Stiles) es una hacker que descubre operaciones encubiertas de la CIA que revelan el origen del agente insumiso y decide buscarlo. El momento de la venganza ha llegado.

En realidad el filme sigue la estructura de toda la franquicia: establecer un hilo conductor, que pasada la primera media hora, solo servirá para desarrollar escenas de acción y persecuciones, eso sí, muy bien logradas. El principal mérito de la película, que no es poca cosa, radica en un montaje al servicio de escenas de acción que mantienen al espectador atento. Es un cine de acción clásico, con coqueteos al thriller político.

El regreso del hábil Greengras, responsable de La Supremacía Bourne en 2004 y Bourne: El Ultimátum en 2007, resulta afortunado porque el director entiende muy bien las necesidades del personaje en su adaptación al cine. Ni Doug Liman en la primera entrega de 2002 Identidad Desconocida, logró entender tan bien por donde va la apuesta de las adaptaciones: sus pilares son la acción bajo cualquier pretexto y la teoría de la conspiración.

Un héroe-antihéroe que va de la Guerra fría en las novelas, al momento actual en el cine y que ni agitado ni revuelto puede ser comparado por el espía de su Majestad. Eso sí, la moda de estas novelas norteamericanas ya viene con todo porque Tom Cruise ya se hizo de la franquicia Jack Reacher. Y más faltaba, porque se le va a dejar ese nicho a Damon.
En corto (la otra opción)

Y está también en cartelera Te Prometo Anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015) crónica social honesta y desgarradora sobre la juventud urbana actual. La veracidad de los personajes es su principal fortaleza. Puede ser cercana a Hasta Morir (Fernando Sariñana, 1993) o incluso Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007).