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Brasil y México / Alejandro Díaz

  • Alejandro Díaz

Brasil y México son países con muchas semejanzas y algunas diferencias. Somos latinoamericanos multiétnicos, con disparidades económicas visibles a cualquier estudioso. La pujante clase empresarial de ambos países convive con amplios sectores depauperados y con una creciente clase media. Aunque la gran mayoría ha asistido a la escuela, sabe leer y escribir, aún hay un porcentaje importante analfabeta.

Brasil y México son Repúblicas organizadas como federación, con Estados y municipios. Tienen poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que se renuevan periódicamente mediante una democracia multipartidista con orígenes en el siglo XIX. Ambos países fueron imperios en ese siglo, cada uno con dos emperadores. En Brasil rigieron por más de 60 años y en nuestro caso por muy poco tiempo.

La vida republicana en ambos casos tuvo tanto presidentes electos como de facto; sus partidos han variado con el tiempo, con historias de alianzas y rompimientos, con periodos de avance y de estancamiento.

Pero siempre, el empresariado ha sabido adaptarse a los tiempos para crecer en tiempos de bonanza y para mantenerse en tiempos difíciles, pero las clases depauperadas siguen teniendo pocas oportunidades de crecer con consistencia para salir de la pobreza. Sus clases medias por el contrario han crecido lentamente para cimentar el futuro de ambos países.

Brasil y México tuvieron profundas diferencias en su desarrollo pues mientras nuestro país lo comenzó con el ferrocarril, Brasil lo inició con el transporte marítimo. De esa manera en nuestro país la industrialización se dio a lo largo de las vías y en Brasil a lo largo de las costas. Ambos países tienen una importante industria petrolera, si bien la brasileña es muy reciente. No ha pasado por nacionalizaciones sino que ha estado sujeta a una alta competencia por sacar provecho de ella.

Pero mientras el oro negro en México ha sido rehén del Gobierno para financiar su presupuesto, en Brasil ha sido utilizado como recurso natural, sujeto a la oferta y la demanda. Si el petróleo en nuestro país ha financiado al gobierno durante casi 80 años y alimentado a un sindicato que ha enriquecido a sus dirigentes, en Brasil ha tenido un camino diferente pero no mejor: el oro negro no lo exentó de la corrupción.

Las compañías petroleras lucharon por tener parte del enorme negocio cuando el crudo se cotizaba a más de 100 dólares. Y aunque el año pasado bajó de precio a menos de la tercera parte, el negocio siguió siendo atractivo. En su afán de ganar una parte mayor, las compañías petroleras corrompieron a las autoridades que repartían las concesiones, tocando puertas cada vez más arriba.

Aún siguen las investigaciones del Congreso y de la fiscalía para encontrar a quienes se involucraron; han investigado no solo a la actual presidente Rouseff sino también al expresidente Da Silva. Entre esta semana y la próxima se tomará la decisión de proceder o no a la destitución y consignación de cualquier involucrado, aunque sean los mencionados.

En eso sí hay una gran diferencia con México. Aquí es impensable enjuiciar a un presidente, o a uno que haya dejado de serlo. No importa que haya cargos o denuncias periodísticas, en México no ha habido, ni parece que habrá, esa posibilidad. El espíritu del Gran Tlatoani permanece entre nosotros.
daaiadpd@hotmail.com