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Brasil sí, México no / Economía y Política / Miguel Ángel Ferrer

  • Miguel Ángel Ferrer

Desde hace meses son visibles en Brasil los aprestos de un golpe de Estado. Y lo mismo es observable en Venezuela, Ecuador, Argentina y Bolivia. En principio se trataría de golpes suaves, que es el último grito de la moda en materia golpista. Digamos, una versión sudamericana de las revoluciones de colores de Europa del este. O una modalidad, adecuada a las circunstancias locales, de las revoluciones de la llamada primavera árabe.

En ambas modalidades, desde luego, está presente el financiamiento exterior: Human Rights Match, la Fundación Ford, la Open Society Foundations (organización propiedad del especulador multimillonario estadunidense, de origen húngaro, George Soros), el grupo Carlyle, Freedom House y, por supuesto, la National Endowment for Democracy, la celebérrima NED, organismo fachada de la CIA para la organización y ejecución de golpes suaves.

La NED es antigua conocida de los mexicanos. En la década de los noventa del siglo pasado financió a diversas personas y organizaciones opositoras al Gobierno priísta de entonces, todas, obviamente de derecha y ligadas al imperialismo. Entre ellas estaban, por ejemplo, Ana Lilia Cepeda, Marie Claire Acosta y Sergio Aguayo Quesada. Esos nombres aparecían en el presupuesto del Departamento de Estado, seguidos de las asignaciones monetarias otorgadas, las que en algunos casos llegaban a superar los cincuenta o cien mil dólares por año.

El financiamiento de grupos políticos opositores por cuenta de las citadas organizaciones del imperialismo ha sido bien documentado en el caso de los intentos de E.U. por derrocar al Gobierno de Siria. Y se trata ahora de hacer lo mismo con los gobiernos de corte posneoliberal de Dilma Rousseff, Cristina Fernández, Nicolás Maduro, Evo Morales y Rafael Correa.

Curiosamente, en la lista de escenarios de un golpe de Estado suave no se encuentran Perú, Colombia, Paraguay o México. Los casos mexicano y colombiano son particularmente ilustrativos. Centenas de miles de muertos a lo largo de los últimos años, amplia y profunda presencia del narcotráfico en los órganos del Estado, existencia y libre actuación de escuadrones de la muerte, secuestros por miles, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas por millares, fusilamientos sumarios de personas sospechosas de ser guerrilleros, violaciones generalizadas y permanentes de los derechos humanos no son motivo suficiente para que Washington emprenda, en estas dos naciones, lo que ahora pretende en Brasil, Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia.

Y la razón es obvia: México y Colombia se ajustan perfectamente al modelo neoliberal. En tierra azteca continúan las privatizaciones salvajes de los bienes públicos para beneficio de amigos y socios nacionales y extranjeros. ¿Qué interés y conveniencia tendría tumbar a dos gobiernos amigos y serviciales?

Pero Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia son cosa muy distinta. Aquí hay que organizar, financiar y promover el cambio de Gobierno. Y como no es posible acusarlos de ser dictaduras, ya que todos ellos han llegado al poder mediante elecciones documentadamente democráticas, se les acusa de corruptos o de ineficientes en la gestión económica. Y se ha llegado al extremo de acusarlos de abandonar y traicionar las políticas antineoliberales para pasar a la aplicación de algunas medidas neoconservadoras.

Si éste fuera en verdad el caso, cómo explicar la brutal enemistad de Washington contra esas cuatro naciones. Y cómo explicar la abrumadora campaña mediática universal que busca condenarlos para justificar la necesidad de un golpe. Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia serían amigas, como México y Colombia, y no las bestias negras del imperialismo. Pretexto golpistas aparte, lo importante es comprender dónde está la mano que mece la cuna de esos golpes suaves en marcha en Sudamérica.
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