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Cambio climático y economía / Horizonte Económico / Luis G Álvarez Tostado Valdivia

  • Luis G Álvarez Tostado Valdivia

Aprovecharé la reunión que se dio esta semana en París, Francia, denominada Cumbre sobre Cambio Climático (COP21), con la participación de más de 190 países y 150 jefes de Estados, mostrando además del interés por el tema, la solidaridad a Francia por los atentados terroristas del pasado 13 de noviembre.

El problema del cambio climático, y en particular las acciones que hay que realizar para revertir sus efectos, se puede definir como económico en varios sentidos.

Lo que se entiende por cambio climático es que a partir de la emisión de gases de efecto invernadero, que son provocados por la generación de energía con combustibles fósiles, básicamente petróleo, carbón y gas natural y que provocan la generación de gases contaminantes que contienen bióxido de carbono (CO2), estas emisiones según algunos estudios científicos han provocado el calentamiento global de la Tierra, y a este calentamiento se le ha denominado cambio climático.

Resumiendo, el cambio climático es el aumento de la temperatura en la Tierra, que si no se hace nada se estima en algún momento en el presente siglo aumentará dos grados centígrados; esta situación tendría efectos catastróficos, como la desaparición de algunos países, pequeñas islas, habrá huracanes devastadores y pérdida de la biodiversidad, entre otros muchos efectos.

Ahora sí, entrando de lleno en cómo se afecta la economía, de lo que estamos hablando es que hay que cambiar el actual modelo de producción mundial, basado en el consumo de combustibles fósiles, por lo que nos preguntamos: ¿Qué estarán pensando las primeras 10 empresas petroleras en el mundo? Las cuales relaciono a continuación, Saudí Aramco, Gazprom, National Iranian Oil Co., Exxo Mobile, Rosneff, Petrochina, British Petroleum, Royal Dutch Shell, Pemex, Kuwait Petroleum Corp., Chevron; es decir, hablamos de algunos de los países más ricos del mundo y de las empresas más poderosas de la economía mundial. Esto explica en gran medida la resistencia a avanzar en este tema; de hecho, desde el Protocolo de Kyoto, firmado el 11 de diciembre de 1997, el avance ha sido insignificante en los hechos y muy importante en el discurso político y la conciencia ciudadana.

El Dr. Nicholas Stern, profesor de la London School of Economics and Political Science, concluyó en su informe de este tema que el costo de actuar para reducir los impactos del cambio climático es menor que el costo de la inacción. Los riesgos de la inacción afectan la salud humana, la biodiversidad y la manera de producción de acuerdo a los sectores económicos tradicionales como la agricultura, la ganadería y el aspecto hidráulico, es decir, el agua. Hay que invertir en investigación y nuevas tecnologías; en otras palabras, la inacción atenta contra la salud y la alimentación de los seres humanos y por lo tanto en contra de la especie humana.

Por lo anterior, se sugiere participar en acuerdos internacionales que definan una estrategia para mitigar el cambio climático; hay que transitar entre un crecimiento basado en carbono (petróleo) a una economía limpia y renovable con generación de energía como las siguientes: eólica (viento), solar, geotérmicas (aprovechar el calor que se genera en la tierra), mareomotriz y undimotriz (del mar y sus olas); pero estos cambios tecnológicos cuestan y mucho, generalmente la energía limpia es más cara porque son nuevas tecnologías no tan comerciales, y a veces ineficientes, pero que disminuyen la emisión de gases invernadero.

En resumen, cambiar el modo de producción basado en el petróleo, invertir en nuevas tecnologías más caras y que seguramente irán disminuyendo sus precios y al final garantizar un mejor modo de vida del ser humano son algunas de las consecuencias de apoyar todas las políticas mundiales y nacionales tendientes a disminuir los efectos del cambio climático, y esto siempre será más barato que no hacer nada al respecto, pues se pone en riesgo al ser humano.

Solucionar el cambio climático implica cambiar los hábitos y patrones de producción, distribución y consumo, apoyar nuevas tecnologías limpias y desincentivar la producción basada en carbono (petróleo, gas y carbón).

México asumió un compromiso que normativamente pudiera avanzar con la Ley de Transición Energética, que en diciembre de 2014 fue autorizada por la H. Cámara de Diputados; quién sabe que intereses obscuros sean los que estén moviendo los hilos para que no se avale esta Ley.

Ojalá y los países cumplan con los compromisos del COP21, pues esto en algún sentido estaría garantizando la supervivencia de la especie humana y de muchas más especies de la biodiversidad de la Tierra.
gerardo_tostado@yahoo.com.mx

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