imagotipo

Camino al desastre

  • Alejandro Díaz

Alejandro Díaz

En un viaje a Caracas hace más de veinte años tuve oportunidad de observar escenas que ahora suceden en nuestro país. Después de años de vivir en democracia, los partidos políticos estaban desgastados y la gente deseaba un cambio. Porteros, taxistas y camareros comentaban su
desagrado por políticos, partidos y la política en general; querían ver caras nuevas y un Gobierno que de verdad sirviera a los ciudadanos.

El Presidente había llegado al poder sin el apoyo de un partido político tradicional. A éstos los había vencido con una organización que él mismo había formado, al estilo que en 2015 usara “El Bronco” para ganar la gubernatura de Nuevo León. Aunque el Presidente tenía sus seguidores, “la gente de a pie” prefería a un personaje oscuro que en esos momentos estaba en la cárcel por haber intentado un golpe de Estado.

El coronel Hugo Chávez era tan popular que muchos jóvenes portaban su imagen en sus camisetas. Su postura antisistema tenía el atractivo del discurso populista y la fascinación de estar contra lo que les repelía: corrupción, prepotencia y autoritarismo. Aun estando en prisión ganó apoyos de muchos sectores y cuando dejó la cárcel su carisma ganó suficientes voluntades como para llegar a la Presidencia sin dificultad.

Dominada la arena política, sus partidarios asumieron la mayoría de posiciones en la Asamblea Nacional como para cambiar la Constitución y las leyes, manteniendo el poder hasta su muerte en 2012. Aunque sustituyó a quienes dominaban el escenario nacional, en realidad continuó con las mismas prácticas que molestaban a la población. Su sucesor, Nicolás Maduro, sin el carisma de Chávez, intentó seguir sus huellas, con el paso del tiempo perdió apoyos e incluso el control de la economía y del Poder Legislativo. El desabasto y el desempleo cundieron, el nivel de vida cayó por los suelos y la violencia se ha vuelto
incontrolable.

Sin intentar describir el caos que sucede en Venezuela ahora que se establece la desaparición del Legislativo allá, sí enfatizo el paralelismo con lo que sucedió allá y lo que ahora sucede en México. El líder carismático de la izquierda mexicana ciertamente no ha intentado dar un golpe de Estado ni ha pisado la cárcel, pero su lenguaje parece copiado del de Hugo Chávez: establecer programas sociales para fomentar el acceso a alimentos, vivienda, salud y educación, instaurar consejos comunales democráticos y usar el recurso petrolero para detonar el desarrollo. Solo falta que también hable de nacionalizar empresas para copiar totalmente el programa de Chávez.

Sus críticas al sistema político actual, a la corrupción y la impunidad imperantes han encontrado un terreno fértil en la población sin que haya certeza de que corregirá esas lacras. Cansados de ver gobernadores y presidentes municipales deshonestos, legisladores aprovechados, jueces venales y un aumento de la inseguridad, los ciudadanos están muy receptivos a sus mensajes. Y eso a pesar de que cuando manejó la Ciudad de México invirtió más en obras que le dieran prestigio a él que en mejorar el transporte público.

Si su particular forma de hacer política tiene suficiente apoyo popular en 2018 y gana no solo la Presidencia, sino también el control del Congreso, estaremos en peligro de ver en los años por venir cómo el deterioro de la vida nacional sigue los malos pasos de Venezuela.